Martes 20 de Octubre de 2026 |
Durante décadas, los adultos hemos repetido que los jóvenes son el futuro, y esta es una frase que suena esperanzadora, hasta que uno se pregunta qué futuro les estamos dejando. Entonces se vuelve trillada. Algo está cambiando en las calles del mundo. Las nuevas generaciones están protagonizando movilizaciones que deberían obligarnos a revisar no solamente nuestras decisiones políticas, sino también el modelo de sociedad que hemos construido. Como ejemplo internacional, en Francia, miles de estudiantes han salido a protestar por el deterioro de la educación pública, la falta de profesores, los recortes presupuestales y las condiciones en las que estudian. Las manifestaciones comenzaron en septiembre y terminaron por incorporar a sindicatos y otros sectores inconformes con el costo de vida. Aquí, en nuestro país, en Guadalajara, miles de personas marcharon para exigir algo todavía más elemental: agua limpia. Este 11 de octubre, una movilización que llegó hasta Casa Jalisco terminó en enfrentamientos con policías y 39 personas detenidas, entre ellas estudiantes universitarios. Una semana después, las protestas continuaban. Dos países, realidades distintas y una coincidencia preocupante: la sociedad está saliendo a las calles para defender derechos que suponíamos garantizados. Durante buena parte del siglo XX, los grandes movimientos sociales lucharon por conquistar derechos civiles, ampliar libertades, combatir la discriminación, reconocer la diversidad y abrir espacios de participación política; las mujeres, así como las minorías, reclamaron igualdad y generaciones enteras lucharon contra gobiernos autoritarios. No fueron batallas sencillas, pero permitieron ampliar los límites de lo que entendemos por democracia. Hoy esas luchas continúan, y me permitiría decir que están más vigentes que nunca, pero algo se ha invertido. Los jóvenes ya no solamente protestan para conquistar nuevos derechos, sino que tienen que movilizarse para evitar perder las condiciones materiales que permiten ejercerlos. ¿De qué sirve hablar de igualdad de oportunidades cuando estudiar resulta cada vez más difícil? ¿De qué sirve reconocer constitucionalmente el derecho a la salud si conseguir atención médica puede convertirse en una batalla? ¿De qué sirve prometer prosperidad cuando acceder a una vivienda parece una aspiración inalcanzable? Y, sobre todo, ¿cómo explicamos que en pleno 2026 haya personas enfrentándose a la policía para exigir agua potable? Quizá el problema sea que los adultos seguimos interpretando las protestas juveniles con categorías que ya no alcanzan para comprenderlas. Les llamamos inconformes, radicales, impacientes o generaciones de cristal. Nos molesta que cuestionen las instituciones, que desconfíen de los partidos y que no compartan nuestra idea de progreso, pero pocas veces nos preguntamos si esa desconfianza es consecuencia de nuestras propias decisiones. Porque nosotros crecimos escuchando que estudiar garantizaría mejores oportunidades, que trabajar permitiría construir un patrimonio y que el desarrollo tecnológico mejoraría inevitablemente nuestras condiciones de vida, pero hoy, para muchos jóvenes, ninguna de esas promesas está asegurada. Estamos frente a una generación que comienza a preguntarse si ese mundo todavía tiene espacio para ella. Y quizá ahí radique nuestro fracaso: presumimos los derechos que conquistamos, mientras las nuevas generaciones tienen que salir a las calles para defender los que creíamos resueltos. Les dijimos que eran el futuro, pero les estamos obligando a luchar por el presente. |