Miércoles 21 de Octubre de 2026 |
La humanidad lleva siglos aprendiendo a mirar de otra manera. Prácticas que alguna vez parecieron naturales o incuestionables hoy nos resultan difíciles de comprender. No porque seamos mejores personas que quienes nos precedieron, sino porque las sociedades cambian, el conocimiento avanza y nuestra sensibilidad también se transforma. Poco a poco hemos aprendido que el sufrimiento de otros importa, incluso cuando durante mucho tiempo nos acostumbramos a no verlo. El debate sobre las corridas de toros en México forma parte de esa evolución. Durante generaciones, la tauromaquia fue parte de la vida cultural de muchas comunidades. A su alrededor se construyeron fiestas, oficios, expresiones artísticas y memorias compartidas. Negar esa historia sería tan poco útil como pensar que, por el solo hecho de existir, deba repetirse indefinidamente. Porque las tradiciones también cambian. Algunas encuentran nuevas formas de permanecer y otras se despiden, dejando su huella en nuestra memoria colectiva. Hoy sabemos mucho más sobre la sintiencia animal: la capacidad de experimentar dolor, miedo, placer y otras sensaciones. Este conocimiento transforma nuestras preguntas éticas. Si sabemos que los animales pueden sufrir, ¿qué responsabilidad tenemos frente a ese sufrimiento? ¿Hasta dónde alcanza nuestro derecho a convertir sus vidas en entretenimiento? Estas preguntas ya están cambiando las leyes mexicanas. En diciembre de 2024, la Constitución incorporó la prohibición del maltrato animal. En 2025, la Ciudad de México reformó su legislación para establecer espectáculos taurinos sin violencia, eliminando las heridas y la muerte de los toros. Mientras tanto, en Puebla, la Ley de Bienestar Animal todavía contempla excepciones para la tauromaquia. Son ejemplos de cómo una misma sociedad puede avanzar a distintos ritmos. Y los cambios rara vez ocurren sin resistencias ni contradicciones. En septiembre de 2026, el Senado aprobó la Ley General en Materia de Bienestar, Cuidado y Protección de los Animales, cuya discusión continúa pendiente en la Cámara de Diputados. Organizaciones animalistas exigen que se cumpla el mandato constitucional y han intensificado la vigilancia ciudadana sobre el trabajo legislativo. La falta de quórum que impidió sesionar el 8 de octubre y los nuevos aplazamientos han aumentado las exigencias de respuestas y compromisos públicos. También hay preocupaciones sobre el contenido de la ley. Observatorios ciudadanos de protección animal en Puebla, Jalisco y Tlaxcala han advertido posibles retrocesos y demandan definiciones más claras que garanticen el cuidado y la protección de los seres sintientes. Porque hablar de derechos animales significa mirar más allá de las plazas de toros: también hacia quienes viven en granjas industriales, laboratorios, espacios de explotación o situaciones de abandono. No todas estas realidades son iguales, pero todas merecen una reflexión ética sobre el sufrimiento que podemos evitar. Desde la cultura de paz, transformar nuestras costumbres también implica escuchar a quienes construyen su vida alrededor de ellas, reconocer sus preocupaciones y encontrar alternativas cuidadosas. Podemos respetar la memoria de una tradición sin renunciar a imaginar un futuro diferente. Quizá una de las transformaciones más hermosas de nuestro tiempo sea precisamente esa posibilidad de ampliar el círculo de cuidado. Comprender que la paz no es únicamente una aspiración entre seres humanos, sino también una forma de relacionarnos con las demás vidas que habitan el planeta. La historia nos enseña que ninguna sociedad permanece inmóvil. Cambian nuestras leyes, nuestros afectos y nuestra manera de entender la dignidad. Avanzamos lentamente, entre desacuerdos y preguntas todavía por resolver, pero también con nuevas generaciones dispuestas a imaginar otras formas de convivencia. Y aunque todavía nos falte mucho por recorrer, la protección de los derechos de los animales se dibuja como uno de los puertos hacia los que avanza nuestra idea de justicia. Un horizonte donde la ternura no sea una excepción, sino una manera cotidiana de habitar el mundo. |