Viernes 23 de Octubre de 2026

Las sociedades no suelen romperse de un día para otro. Primero se acumulan las inconformidades, después se normaliza la precariedad y, finalmente, llega un momento en que aquello que parecía soportable deja de serlo. Entonces alguien sale a la calle, otros se suman y una demanda que parecía aislada termina exhibiendo un problema colectivo.

Las movilizaciones que hemos visto en Europa y México tienen causas distintas, pero comparten una preocupación: cada vez resulta más difícil acceder a condiciones de vida dignas. En Francia, las protestas han puesto sobre la mesa el costo de vida, la vivienda y las condiciones de los servicios públicos. En México, las exigencias de agua limpia en Jalisco y las movilizaciones de trabajadores del IMSS por mejores condiciones laborales y abasto de insumos evidencian problemas que difícilmente pueden reducirse a simples molestias pasajeras.

Agua limpia, vivienda, salarios dignos, medicamentos. No parecen exigencias extravagantes.

Sin embargo, cuando alguien protesta, la conversación suele cambiar. El problema deja de ser la falta de agua y pasa a ser el bloqueo de una avenida; deja de ser la precariedad laboral y se convierte en la molestia de llegar tarde al trabajo.

El síntoma termina ocupando el lugar de la enfermedad.

No pretendo decir, estimado lector, que toda movilización sea impecable o que detrás de una causa legítima no existan intereses políticos. Los movimientos sociales también tienen liderazgos, ambiciones y disputas de poder. Pero una cosa es cuestionar a quienes encabezan una protesta y otra muy distinta descalificar las demandas que la originaron.

¿Por qué nos resulta más fácil cuestionar a quien protesta que exigir soluciones a quien tiene la responsabilidad de ofrecerlas?

Quizá parte de la respuesta esté en la manera en que hemos aprendido a interpretar el mundo.

El capitalismo no es solamente un sistema económico; también influye en nuestras aspiraciones y en la forma en que explicamos el éxito y el fracaso. Una de sus narrativas más eficaces es la meritocracia: la idea de que el esfuerzo, la disciplina y la perseverancia bastan para alcanzar el bienestar.

Desde luego, el esfuerzo importa. Lo que suele omitirse es que no todos parten del mismo lugar.

No es lo mismo emprender con una familia que puede sostenerte durante dos años que hacerlo con una deuda que vence el próximo mes. No es lo mismo estudiar sin preocuparte por pagar la renta que hacerlo después de una jornada laboral de diez horas.

Pero basta con que una persona consiga superar esas barreras para convertir su historia en prueba de que cualquiera puede hacerlo. Si triunfa, el sistema funciona; si fracasa, quizá no se esforzó lo suficiente.

La excepción se convierte en regla y la desigualdad, en responsabilidad individual.

Qué conveniente resulta un sistema en el que hasta el fracaso parece ser culpa exclusiva de quien lo padece.

A esta narrativa se suma un fenómeno más cotidiano: las redes sociales. Nunca habíamos estado tan expuestos a la vida de otras personas, sus viajes, sus compras, sus rutinas perfectas y sus colaboraciones con marcas.

Todo parece posible, siempre que tengas la actitud correcta, sigas la rutina adecuada y, de preferencia, compres el curso que te enseñará a cambiar tu vida.

Si ellos pudieron, tú también puedes.

Y si no puedes, seguramente todavía te falta trabajar en ti mismo. El mercado siempre tendrá una solución que venderte, aunque el problema sea mucho más grande que tú.

No se trata de culpar a todos los influencers ni de suponer que cada publicación es una operación ideológica. El asunto es más sutil: las plataformas premian ciertos contenidos, la publicidad financia determinadas aspiraciones y, poco a poco, una idea de éxito basada en consumir, competir y exhibir resultados termina pareciendo natural.

Así aparecen los nuevos soldados del sistema: no necesariamente quienes lo defienden de manera consciente, sino quienes reproducen sus valores sin advertirlo. No necesitan uniforme ni consignas; basta con que las reglas del juego se conviertan en sentido común.

Mientras tanto, la solidaridad pierde terreno. Los problemas compartidos se interpretan como fracasos individuales y quien exige mejores condiciones corre el riesgo de ser señalado como conflictivo, improductivo o incapaz de salir adelante por sus propios medios.

La paradoja es que podemos terminar criticando hoy una protesta por el agua, los salarios o los servicios públicos y mañana encontrarnos reclamando exactamente lo mismo.

Porque quien exige insumos médicos no defiende únicamente sus condiciones laborales: también reclama una atención adecuada para los pacientes. Quien exige agua limpia no pide un privilegio, sino una condición básica para su comunidad.

Las demandas particulares pueden revelar problemas colectivos. Ignorarlo no los hace desaparecer.

Por supuesto, protestar no garantiza soluciones. Una movilización puede perder fuerza, ser instrumentalizada o terminar capturada por intereses ajenos a su causa. Pero también puede obligar a las instituciones a escuchar aquello que preferían mantener fuera de la agenda pública.

Y quizá eso sea lo verdaderamente incómodo: que las personas dejen de aceptar como inevitables las condiciones que las perjudican.

Estimado lector, recuerde que en política no todo es lo que parece. Detrás de una marcha puede haber una causa legítima; detrás de un discurso sobre el mérito, una explicación demasiado sencilla de la desigualdad; y detrás de un contenido aparentemente inofensivo, una idea de éxito que nos invita a competir entre nosotros mientras dejamos intactas las reglas del juego.

Las rupturas no siempre comienzan con una multitud frente a un edificio público. A veces empiezan cuando alguien deja de culparse por todo y descubre que aquello que parecía un fracaso personal tiene raíces colectivas.

Quizá las rupturas sean inevitables cuando la distancia entre las promesas de bienestar y la vida cotidiana se vuelve demasiado grande.

La pregunta es si seremos capaces de comprender las causas del hartazgo antes de que vuelva a expresarse en las calles.