Lunes 26 de Octubre de 2026 |
En política, y particularmente en la 4T, pocas credenciales resultan tan rentables como presumir un origen humilde. Haber crecido entre carencias, estudiar en escuelas públicas, trabajar desde joven o ser el o la primera de la familia en llegar a la universidad se han convertido en elementos recurrentes de los discursos de campaña. La llamada cultura del esfuerzo funciona como una carta de presentación o eslogan que quiere despertar simpatías, generar identificación y, sobre todo, otorgar autoridad moral. El problema comienza cuando esa historia personal se utiliza para justificar privilegios que nada tienen que ver con el mérito. Hay trayectorias genuinamente admirables. Personas cuyos familiares trabajaron jornadas interminables, abuelos que apenas tuvieron acceso a la educación y familias enteras que hicieron sacrificios para que una nueva generación alcanzara oportunidades antes impensables. Son historias reales de movilidad social, construidas a partir del trabajo, la disciplina y la perseverancia. Despreciarlas sería tan absurdo como negar las profundas desigualdades que debieron superar. Pero conviene revisar con cuidado esa narrativa. Prácticamente nadie asciende solo. Detrás de una trayectoria exitosa suele haber una madre que postergó sus aspiraciones, un padre que multiplicó sus horas de trabajo, docentes que abrieron horizontes y, con frecuencia, instituciones públicas que hicieron posible estudiar, recibir atención médica o acceder a oportunidades. El mérito individual existe, pero rara vez alcanza para explicar por completo una historia de éxito. La distorsión llega cuando algunxs beneficiarixs de esa movilidad social llegan al poder político y comienzan a comportarse exactamente como las élites que antes cuestionaban. Descubren las ventajas del cargo, las relaciones convenientes, los contratos, las influencias, los presupuestos y las puertas que se abren con una llamada telefónica. Pronto, su historia de sacrificio se transforma en una justificación íntima: Después de todo lo que me costó llegar, merezco disfrutarlo. Y ahí ocurre una de las metamorfosis más interesantes de la nueva clase política en México: el esfuerzo deja de ser un valor y se convierte en una coartada. Personas que alguna vez conocieron las limitaciones económicas terminan normalizando gastos excesivos con dinero público. Quien sufrió la falta de oportunidades considera natural colocar a familiares o personas cercanas en posiciones de ventaja. Quien criticaba a los poderosos acaba utilizando sus relaciones para obtener aquello que jamás conseguiría bajo las mismas reglas que enfrenta el resto de la población. Lo verdaderamente revelador es que muchas ni siquiera perciben la contradicción. Han construido una interpretación de su biografía en la que las dificultades del pasado parecen concederles derechos especiales en el presente. Confunden la recompensa legítima del trabajo con la posibilidad de aprovechar un cargo público en beneficio propio. Así, el viejo privilegio de los grandes apellidos encuentra una nueva forma de legitimarse. Antes bastaba pertenecer a determinadas familias, heredar relaciones o formar parte de los círculos correctos. Ahora, las y los nuevos integrantes de esas élites ofrecen su historia de superación como certificado de merecimiento. Cambia el relato de origen, pero sobreviven el favoritismo, el influyentismo y la convicción de que las reglas son para los demás. La ironía es profunda: personas que lograron superar barreras sociales terminan administrando esas mismas barreras en beneficio de su círculo. No cuestionan los mecanismos de exclusión cuando finalmente tienen acceso a ellos; simplemente celebran haber conseguido un lugar entre quienes los controlan. El clientelismo, el acarreo, la coacción del voto y la acción política son mecanismos que amplifican la exclusión y las desigualdades. También existe una trampa ideológica en utilizar la cultura del esfuerzo como explicación universal del éxito. Si quien llegó arriba lo consiguió exclusivamente porque se esforzó, entonces quienes permanecen abajo serían responsables de su propia situación. Bajo esa lógica desaparecen las diferencias de origen, la concentración de oportunidades, los contactos familiares y las condiciones materiales que determinan buena parte de las posibilidades de una persona. La cultura del esfuerzo como discurso reivindica el tan criticado “El pobre es pobre porque quiere”. El discurso resulta especialmente conveniente para quien ya ocupa una posición privilegiada: convierte sus ventajas en merecimientos y las desventajas ajenas en fracasos individuales. Es una manera bastante cómoda de hablar de justicia social sin tener que modificar ninguna de las estructuras que producen desigualdad. También hay que tener cuidado con las narrativas de la derecha y sus plumas extremistas. Nacer en una familia humilde no obliga a vivir modestamente para siempre. La prosperidad conseguida mediante el trabajo honesto es legítima. Nadie tendría por qué disculparse por mejorar sus condiciones de vida, adquirir patrimonio o aspirar a una posición económica superior a la de sus padres y madres. La crítica no está dirigida al ascenso social, sino a quienes confunden ese ascenso con una autorización para disponer de lo público como si fuera una recompensa personal. Lo que en su momento Andrés Manuel López Obrador señaló como forma crítica al “aspiracionismo” y todo mundo entendió mal. En el ejercicio del poder, la verdadera prueba del esfuerzo no está en recordar cuántas dificultades se enfrentaron para llegar, sino en la conducta que se adopta una vez que esas dificultades quedaron atrás. Especialmente cuando se tiene la capacidad de reducir las barreras que otros siguen padeciendo. Quizá por eso convendría desconfiar de los y las políticas que repiten demasiado su historia de superación. Haber conocido la pobreza no garantiza sensibilidad social, así como haber padecido injusticias tampoco impide cometerlas. La cultura del esfuerzo tiene un enorme valor cuando reconoce el trabajo de quienes construyen mejores condiciones para sí mismos y sus familias. Pierde ese valor cuando se transforma en una ideología del merecimiento que pretende convertir los sacrificios personales en permisos para ejercer privilegios. Hasta la próxima.
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