Lunes 26 de Octubre de 2026 |
¿De qué sirve recordar cada noviembre a quienes lucharon por la justicia si una niña no puede aprender, una madre no consigue atención médica o un joven trabaja sin seguridad social? A 116 años del inicio de la Revolución Mexicana, la pregunta no es cuánto hemos celebrado su historia, sino cuánto falta para cumplir su promesa. Madero reclamó democracia; Zapata exigió tierra y libertad. Nuestra generación enfrenta otra batalla, pacífica pero urgente: convertir los derechos escritos en la Constitución en oportunidades que puedan sentirse en la mesa, la escuela, el trabajo y el hogar. No basta tener un derecho en el papel cuando ejercerlo depende del dinero o del lugar donde se nace. Las cifras obligan a reflexionar. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), con datos de 2024 (los últimos de la medición oficial de pobreza), 24.2 millones de mexicanos tenían rezago educativo; 44.5 millones carecían de acceso a servicios de salud y 62.7 millones, de seguridad social. Otros 18.7 millones presentaban carencia de alimentación nutritiva. Detrás de cada número hay una persona, no una estadística. El artículo 3.º promete educación; lo pendiente es que cada estudiante aprenda y encuentre caminos para seguir estudiando. El artículo 123 protege el trabajo; lo pendiente es que un empleo alcance para vivir dignamente, respete la jornada y permita ahorrar, enfermarse sin perderlo todo y llegar a la vejez con protección. El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) advirtió en 2026 que más escolaridad no se ha traducido suficientemente en nuevos empleos formales. El artículo 4.º reconoce salud, alimentación, vivienda, agua y un medio ambiente sano. Pero esos derechos pierden sentido si falta una medicina, si la comida nutritiva es inaccesible, si el techo es inseguro, si el agua no llega o si la contaminación enferma. En 2024, 14.1 por ciento de la población todavía carecía de servicios básicos en su vivienda. Un país justo no debe pedir paciencia infinita a quienes viven estas carencias. En Oaxaca, esta deuda pesa todavía más. Nuestra riqueza cultural, nuestras comunidades y el esfuerzo de nuestra gente merecen algo más que admiración: merecen escuelas que funcionen, caminos seguros, atención médica, agua y empleos formales. La verdadera movilidad social significa que el origen de una niña en la sierra, la costa o el Istmo no decida hasta dónde podrá llegar. También debemos preguntarnos quién escucha a las familias que cargan agua, a quienes esperan meses por una consulta y a los jóvenes que abandonan la escuela para trabajar. No hay libertad plena cuando elegir entre estudiar, comer o curarse parece inevitable. Desde COPARMEX Oaxaca proponemos una alianza verificable entre autoridades, escuelas, empresas y sociedad: recuperar aprendizajes; abrir formación técnica, becas y primeros empleos formales; facilitar que los pequeños negocios crezcan; y exigir metas públicas sobre salud, vivienda, agua y cuidado ambiental. Que cada compromiso tenga responsable, presupuesto, fecha y resultados visibles. Necesitamos menos discursos y más resultados medibles, barrio por barrio, comunidad por comunidad. La dignidad no debería tener código postal. La Revolución no nos pide repetir sus batallas, sino atender las que viven las familias. Honrar a sus protagonistas es lograr que los derechos dejen de ser promesas y se conviertan en oportunidades. Que la próxima generación no tenga que heredar las mismas carencias: esa es la revolución que nos falta.
Alejandro L. Cruz Macías Presidente de COPARMEX Oaxaca
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