Lunes 26 de Octubre de 2026

Después de varias colaboraciones dedicadas a ciudades y lugares fuera de México, un viaje reciente me hizo regresar la mirada a nuestro país. Y quizá tenía que ser Oaxaca. Fueron apenas dos días, pero suficientes para volver con una sensación muy clara: Oaxaca tiene pausa.

Por cuestiones de logística, esta vez no llegué por carretera. Estando en la Ciudad de México decidí tomar un avión y desde el primer momento Oaxaca comenzó a sorprenderme. Me llamó mucho la atención su aeropuerto: moderno, claro, sencillo de recorrer y fácil de entender. Hay aeropuertos que desde la llegada complican al viajero; éste, en cambio, permite entrar al destino prácticamente sin fricciones. Y quizá esa primera impresión anticipaba algo de lo que encontraría después.

Oaxaca es la ciudad más importante y la capital de su estado, pero conserva algo cada vez más difícil de encontrar: una escala humana. Tiene movimiento, turismo nacional e internacional, hoteles, restaurantes, galerías, comercios y una actividad cultural extraordinaria, pero no transmite la sensación de una gran ciudad que obliga a correr. Aquí todavía se puede caminar, mirar, entrar a una librería porque apareció en el camino, detenerse frente a una galería que uno no estaba buscando o sentarse sin sentir que el día se está perdiendo. Eso es lo que quiero decir cuando hablo de pausa: no es una ciudad detenida ni una población pequeña, sino una capital que conserva cercanía.

En Oaxaca aparecen galerías prácticamente sin buscarlas. Hay arte detrás de una puerta, en una casona o en un pequeño taller. Hay librerías, exposiciones, diseño, textiles y propuestas contemporáneas que conviven con tradiciones que llevan siglos ahí. Existe ambiente en las calles. Se escucha, se huele y se come México. Y Oaxaca también tiene desorden, ese desorden mexicano que nosotros mismos muchas veces criticamos y que, curiosamente, ante los ojos del extranjero puede convertirse en parte de la naturalidad y el encanto del destino. No hablo de justificar aquello que funciona mal. Una ciudad necesita limpieza, seguridad, movilidad y buenos servicios. Hablo de otra cosa: de no confundir orden con uniformidad.

Oaxaca todavía no parece una escenografía creada para el turista. Sus mercados siguen siendo mercados, sus calles siguen perteneciendo a quienes viven ahí, las tortillas se siguen haciendo, el chocolate se sigue batiendo y las iglesias continúan formando parte de la vida cotidiana. Ese es, probablemente, el Oaxaca que queremos visitar.

También hay una Oaxaca moderna que ha aprendido, en algunos casos, a convivir con ese entorno sin tratar de dominarlo. Durante este viaje me hospedé en el Grand Fiesta Americana Oaxaca, frente al Parque Juárez, conocido simplemente como El Llano. Me llamó particularmente la atención su integración con el entorno. Desde el exterior no aparece como una gran construcción que pretenda competir con la ciudad; buena parte del desarrollo se resuelve hacia el interior y en niveles inferiores. Es un buen ejemplo de algo que las ciudades históricas necesitan discutir permanentemente: modernizarse sin perder aquello que las hace diferentes. La modernidad no tiene necesariamente que destruir el pasado; también puede dialogar con él.

Pero Oaxaca no solamente se mira. Oaxaca se come. Hay que entrar al Mercado 20 de Noviembre y conocer su famoso Pasillo de Humo, donde el tasajo, la cecina enchilada y el chorizo pasan directamente a los asadores y llegan acompañados de tortillas, cebollas, chiles y salsas. Muy cerca está el Mercado Benito Juárez, extraordinario para recorrer entre quesillo, chocolate, moles, chiles, chapulines y productos que nos recuerdan que una gastronomía no se construye solamente con grandes restaurantes. Y hay que probar el tejate, esa bebida ancestral elaborada principalmente con maíz y cacao, hueso de mamey y rosita de cacao, que se sirve fría y cuya característica espuma aparece en la superficie. Oaxaca nos recuerda constantemente que detrás de un alimento aparentemente sencillo pueden existir siglos de conocimiento. El maíz aquí no es solamente un ingrediente. Es cultura.

Y después de comer hay que seguir caminando. Jalatlaco, Xochimilco, sus calles, sus talleres y sus pequeñas plazas permiten descubrir una ciudad diferente a la de los grandes monumentos. Aunque si alguien me preguntara qué lugar no debería dejar de conocer en Oaxaca, mi respuesta probablemente sería Santo Domingo de Guzmán. Hay que entrar y levantar la mirada. El conjunto es una de las grandes expresiones del barroco novohispano. La riqueza ornamental, los dorados, relieves, pinturas y retablos producen precisamente aquello que buscaba el barroco: sorprender, emocionar y envolver al visitante.

Pero Santo Domingo es mucho más que su templo. El antiguo convento alberga el Museo de las Culturas de Oaxaca, donde se encuentran extraordinarias piezas procedentes de la Tumba 7 de Monte Albán. Y a un costado está el Jardín Etnobotánico, que no es simplemente un jardín de plantas bonitas, sino un espacio que explica algo mucho más profundo: la relación entre las plantas y los pueblos de Oaxaca. Especies utilizadas durante generaciones para alimentarse, curarse, teñir, construir o producir fibras muestran que también existe una historia que puede contarse a través de la naturaleza. En unos cuantos metros conviven así diferentes Oaxacas: la prehispánica, la virreinal, la natural y la contemporánea.

El regreso fue distinto. Esta vez sí tomé carretera rumbo a Puebla y tuve el gusto de compartir el viaje con un gran amigo, el chef poblano Iván Pérez, chef ejecutivo de Grand Fiesta Americana Puebla. Durante el camino platicamos de comida, de hoteles, de ciudades, de experiencias y, naturally, de Oaxaca. Fueron horas de conversación que terminaron convirtiendo el regreso en una parte más del viaje. Porque viajar también es eso: no solamente el lugar al que llegamos, sino las conversaciones que ocurren mientras vamos de un punto a otro. Y en aquel trayecto nos unía precisamente eso: las ganas de seguir conociendo Oaxaca.

Quizá ahí entendí mejor esa pausa que sentí durante estos dos días. Oaxaca no tiene prisa por explicarse. Está ahí. Hay que caminarla, sentarse, entrar a un mercado, levantar la mirada, encontrar una galería que no estábamos buscando, entrar a una librería, probar algo que no conocemos y permitir que la ciudad marque el ritmo.

En un mundo turístico que parece obsesionado con acumular lugares, fotografías y experiencias, Oaxaca todavía nos propone algo mucho más sencillo: quedarnos un poco más. Tal vez ese sea hoy uno de sus mayores lujos: una capital de escala humana, profundamente mexicana, con arte y desorden, tradición y modernidad, sofisticación y cercanía.

Una ciudad que todavía tiene tiempo.

Viajemos juntos.