Lunes 26 de Octubre de 2026 |
Brasil logró en tres semanas hacer un milagro: cambiar su destino, el de la región y, en buena medida, el tablero de un mundo que se inclinaba hacia la ultraderecha. El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con alrededor de 47% de los votos. Lula quedó cerca de 45%. Las cuentas para la segunda vuelta no ayudaban: el tercer lugar fue Augusto Cury, con 2.89%, y entre él, Renan Santos, Ronaldo Caiado y Romeu Zema sumaron 7.6%. Caiado y Zema ya habían dicho que irían con Flávio. A eso se le sumaba un país partido por la mitad y una campaña que denunciaba trabas en las redes. El equipo de Lula acusó a Meta de impedirle promocionar publicaciones en Instagram y de sacar su perfil, y el de otros dirigentes de izquierda, del buscador antes de la primera vuelta. Meta dice que es falso; sin embargo, varios trabajadores constataron las acusaciones. Yo pensé que se perdería la elección y recuerdo decir que solo un milagro podría dar el giro. El domingo 25 de octubre, con casi el 100% de las actas contadas, Lula tiene 51.74% contra 48.26%. Son unos 4.4 millones de votos de ventaja. Entre una vuelta y otra sumó 10.4 millones de votos; Flávio sumó 3.7 millones. La abstención bajó de 21.08% a cerca de 19.2%. Será el primer presidente de Brasil con cuatro mandatos y asumirá el 5 de enero de 2027. Hay pocas travesías así en la democracia reciente: remontar millones de votos en veintiún días, contra las encuestas y contra el cansancio. Lo que se jugaba no era solo Brasil. Es la mayor economía de América Latina y tiene casi la mitad del territorio y de la población de Sudamérica. Y desde julio estaba bajo presión directa: Washington le impuso aranceles de 25% a más de 3,000 productos, cerca de un tercio de lo que Brasil exporta a Estados Unidos. Las pérdidas se calculan en unos 11 mil millones de dólares. El gobierno de Lula los calificó de injustificados y de injerencia electoral. Se reportó que el propio Flávio pidió a Trump aplazarlos hasta después de la votación, por temor a que ayudaran a Lula, y su agenda incluye indultar a su padre y sumarse al “Escudo de las Américas”, el proyecto de Trump para alinear a la región. Su hermano Eduardo fue sentenciado a cuatro años por promover sanciones estadounidenses contra su propio país. Frente a eso, Lula dijo en la ONU que Brasil “no cabe en el patio trasero de nadie”. Esa frase fue, en el fondo, la pregunta de toda la elección: ¿quién manda en casa? Por eso la prensa del mundo la leyó así. The New York Times la planteó como una prueba de la influencia de Trump en América Latina. The Washington Post, como una interrupción del giro a la derecha en la región. Y llega a nueve días de las elecciones intermedias en Estados Unidos, el 3 de noviembre. ¿Quién lo hizo? Lula lo ha repetido y tiene razón: no ganó él solo. Lo hicieron quienes se organizaron en un grupo de WhatsApp, el “Ejército de Lula”, que llegó a más de 10 millones de personas. Lo hizo una campaña que cambió a su dirección, reconoció errores del gobierno y se atrevió a ser creativa, como la adaptación al portugués de “Lo que le pasó a Hawaii”, de Bad Bunny, que defendía la soberanía de Brasil y se acercó a los siete millones de reproducciones. Lo hicieron Guillermo del Toro, Pedro Almodóvar, Javier Bardem, Tilda Swinton, Gael García Bernal y Mark Ruffalo, que pidieron en video votar por Lula. Lo hicieron las y los trabajadores que viajaron para llegar a su casilla, hasta el punto de que en Bahía los problemas de transporte obligaron a extender dos horas la votación. Lo hizo la izquierda brasileña, que con todas sus diferencias y sus cosas por reclamar decidió que la urgencia era otra. Y lo hizo gente como Thiago Ávila, activista de las flotillas a Gaza, detenido tres veces en Israel en el último año, que decidió incursionar en la política e ir por una diputación federal. También lo hizo la memoria. Los datos que Lula llevaba a la mesa no son menores. El desempleo cerró 2025 en 5.4%, el nivel más bajo en 14 años, con más de 103 millones de personas ocupadas, la cifra más alta de la historia. La pobreza extrema ronda 4.4%, la menor desde que el IBGE mide esta serie. A mediados de 2025, la FAO sacó a Brasil del Mapa del Hambre, al que había regresado en 2021. El gobierno calcula que unos 30 millones de personas dejaron la inseguridad alimentaria en dos años. En educación, la apuesta es seguir con las escuelas de tiempo completo y con el Pé-de-Meia, el incentivo económico para que las y los estudiantes de bachillerato público no abandonen, y llegar a que 80% de la niñez lea y escriba a la edad correcta. Y hay algo más para el mundo entero, que tiene forma de selva. Brasil fue sede de la COP30 en Belém. Entre agosto de 2025 y julio de 2026, la deforestación en la Amazonia fue de 2,874 kilómetros cuadrados. Es 37% menos que el año anterior y el nivel más bajo desde que existe este monitoreo. En 2022 llegó a 10,278. Para quienes vivimos en un planeta que se calienta, que el país con la mayor selva tropical siga con una meta de deforestación cero en 2030, y con inversión en biocombustibles, hidrógeno de baja emisión y baterías, no es un asunto ajeno. Sin Brasil no hay agenda climática posible, y con un presidente negacionista tampoco. Pero el mapa político que Lula recibe no es el de 2002. De las 14 elecciones presidenciales más recientes de la región, 11 las ganó la derecha y solo 3 la izquierda, según el análisis de Daniel Zovatto. Gobiernan Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, Rodrigo Paz en Bolivia, Daniel Noboa en Ecuador, Nasry Asfura en Honduras. A la izquierda le quedan Brasil y México, las dos mayores economías, además de Uruguay y Guatemala. En ese contexto, el triunfo de Lula es un dique. Y hasta la derecha lo entendió: Kast, Noboa, Santiago Peña y Rodrigo Paz lo felicitaron. Claudia Sheinbaum lo resumió en una frase: “¡Viva la democracia, ganó el pueblo de Brasil!” Lula no gobierna solo para la región. Su plan habla de responder a los aranceles diversificando socios comerciales, de acercarse a los BRICS y al Sur Global, de fortalecer el Mercosur y de reformar la ONU, la OMC, el FMI y el Banco Mundial. Propone un mercado común de energía en Sudamérica y procesar en Brasil sus minerales críticos y tierras raras, justo los que hoy disputan las potencias. Es una forma distinta de pararse en el mundo: sin alineamiento automático, con soberanía y con la idea de que el Sur no tiene que escoger amo. De sus propuestas, la que más me importa es la más sencilla. Acabar con la escala 6x1, esa jornada de seis días de trabajo por uno de descanso, y pasar a 40 horas semanales sin bajar el salario. Ya fue aprobada en la Cámara y espera al Senado. Propone además reglas para las y los trabajadores de aplicaciones, con remuneración, protección laboral y transparencia de los algoritmos, y una política de soberanía digital. Es decir, tiempo de vida para quienes sostienen el país. En 2002, cuando Lula ganó por primera vez, la región empezó a girar. Después vinieron Néstor Kirchner, Tabaré Vázquez, Evo Morales, Rafael Correa. Fue la prueba de que la izquierda podía gobernar sin pedir permiso. Hoy el triunfo se repite en otro momento, con la ultraderecha envalentonada, aranceles de Trump y una región agotada de promesas rotas. No es el mismo Brasil ni el mismo Lula, que tiene 80 años y llega a un Congreso donde el partido de Bolsonaro es la mayor bancada. Sin embargo, hoy es innegable la felicidad que nos inunda y la esperanza que nos brinda ver a un pueblo organizado que defiende con todo su soberanía y su derecho a vivir bien.
|