Martes 27 de Octubre de 2026 |
Como humanidad, aseguramos que lo sucedido en Auschwitz jamás volvería a repetirse. Después del Holocausto, pronunciamos un compromiso que parecía inquebrantable: nunca más. Nunca más el exterminio sistemático de un pueblo; nunca más la deshumanización convertida en política de Estado; nunca más la indiferencia frente a la aniquilación del otro. Sin embargo, quizá nos equivocamos al imaginar cómo terminaría el mundo. Durante décadas pensamos que una tercera guerra mundial podría destruirlo todo, pero no imaginamos que, antes de acabar con el mundo que conocemos, podríamos terminar destruyendo aquello que nos hace humanos: la capacidad de reconocer en el otro a alguien cuya vida tiene el mismo valor que la nuestra. La película NAZA nos coloca frente a esa contradicción. No se trata solamente de observar imágenes de una tragedia lejana, sino de enfrentarnos a una pregunta incómoda: ¿cómo pudimos permitir esto? Lo que ocurre en Palestina obliga a mirar de frente una de las mayores fracturas morales de nuestro tiempo. La devastación de Gaza, la muerte de civiles, la destrucción de hogares y el desplazamiento de familias enteras nos recuerdan que las promesas de la posguerra no bastan cuando los principios se subordinan a los intereses políticos, militares y estratégicos. Pero hay algo particularmente inquietante en esta tragedia: la manera en que la tecnología ha transformado la relación entre quien decide atacar y quien termina muriendo. La guerra ya no necesita siempre del soldado que mira directamente a los ojos de su adversario. Puede ejecutarse desde un centro de operaciones, frente a una pantalla, mediante sistemas que identifican objetivos, procesan información y contribuyen a determinar dónde y cuándo atacar. La distancia física crece mientras la responsabilidad moral se diluye. La inteligencia artificial introduce una dimensión adicional a este problema. Cuando los sistemas automatizados participan en la identificación de objetivos militares, surge una cuestión que trasciende lo tecnológico: ¿quién asume la responsabilidad por las decisiones que terminan con vidas humanas? ¿El programador, el operador, el comandante, la institución militar o el Estado que despliega esas herramientas? La tecnología no elimina la responsabilidad humana. Sin embargo, puede hacer que la violencia parezca un procedimiento técnico, que la muerte se convierta en una coordenada y que una familia entera termine reducida a una cifra en un informe operativo. Es ahí donde la película adquiere una dimensión compleja, que va más allá del cine: nos obliga a preguntarnos si el progreso tecnológico también ha significado un retroceso en nuestra capacidad de reconocer el sufrimiento ajeno. El ataque perpetrado por Hamás el 7 de octubre de 2023 marcó un antes y un después. Cualquier muerte de civiles y cualquier toma de rehenes son actos que deben condenarse sin reservas. Pero aquel crimen no suspendió el derecho internacional humanitario ni convirtió a la población palestina en responsable colectiva de lo ocurrido. La seguridad de Israel no puede justificar castigos colectivos, ni el dolor de unas víctimas puede utilizarse para despojar de sus derechos a otras. La respuesta militar israelí en Gaza ha dejado una devastación humana de dimensiones extraordinarias. Familias enteras han muerto bajo los bombardeos; hospitales, viviendas e infraestructura esencial han sido destruidos, y millones de personas han enfrentado desplazamientos, hambre y condiciones de vida insoportables. La magnitud de ese sufrimiento exige algo más que declaraciones diplomáticas: exige rendición de cuentas, protección efectiva de la población civil y respeto al derecho internacional. ¿Qué ocurre cuando un Estado dispone de una capacidad tecnológica cada vez mayor para localizar, vigilar y atacar, pero la población que vive bajo ese poder carece de medios equivalentes para proteger su propia vida? La asimetría deja de ser solamente militar. Se convierte también en una asimetría entre quien observa desde una pantalla y quien intenta sobrevivir entre los escombros; entre quien calcula una operación y quien busca a sus hijos; entre quien autoriza un ataque y quien jamás tendrá la oportunidad de conocer las razones por las que su casa desapareció. El problema no es la existencia de la tecnología en sí misma. Es la estructura política y moral que determina para qué se utiliza, qué límites se le imponen y quién responde por sus consecuencias. La inteligencia artificial puede contribuir a mejorar la medicina, ampliar el conocimiento y resolver problemas que durante siglos parecieron imposibles. También puede incorporarse a sistemas de vigilancia y operaciones militares que incrementen la capacidad de ejercer violencia a gran escala. Cuando su utilización contribuye a producir decisiones letales sin controles suficientes, la promesa de eficiencia puede convertirse en una coartada. Ningún algoritmo puede sustituir el juicio moral; ningún cálculo estadístico puede volver prescindible la obligación de distinguir entre combatientes y civiles; ninguna innovación puede colocarse por encima de la dignidad humana. La historia ya nos había advertido sobre el peligro de deshumanizar a una población hasta convertirla en un problema que debe eliminarse. En Auschwitz, el exterminio nazi se apoyó en una maquinaria burocrática, administrativa e industrial que hizo posible la persecución y el asesinato masivo de millones de personas. La historia no se repite de manera idéntica, y reconocer las diferencias entre el Holocausto y la tragedia palestina es indispensable para comprender ambos acontecimientos. Pero la memoria de Auschwitz sí nos obliga a identificar las señales de alarma: la deshumanización, la normalización del sufrimiento y la aceptación de que determinadas vidas valen menos que otras. Por eso, NAZA no es solo una película sobre una guerra o sobre un territorio devastado. Su valor reside en la posibilidad de convertir la imagen en conciencia y la indignación en una exigencia de responsabilidad. Quizá lo más perturbador es lo que sucede después de la violencia: compartimos las imágenes, discutimos sus interpretaciones y, después, continuamos con nuestra rutina. La distancia geográfica no debería producir distancia moral. Tampoco deberíamos aceptar que el lenguaje de la seguridad nacional, la geopolítica o la innovación tecnológica vuelva invisible el sufrimiento de quienes no tienen responsabilidad por las decisiones de los poderosos. La pregunta del título no involucra solamente a Israel ni a sus dirigentes. También interpela a los gobiernos que guardan silencio, a las instituciones internacionales que no consiguen proteger eficazmente a la población civil y a las sociedades que, por cansancio, polarización o indiferencia, terminan aceptando lo que alguna vez juraron impedir. ¿Como humanidad, cómo pudimos permitir esto?
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