Viernes 30 de Octubre de 2026 |
Zygmunt Bauman acuñó el concepto sociológico y filosófico de “sociedad líquida”, una época en la que las instituciones sociales, las normas y, sobre todo, los vínculos humanos pierden solidez y mutan. El concepto hace referencia a lo cambiante, lo volátil e inestable de los entes que pensábamos que se mantenían constantes y pétreos. En Ruinas líquidas, de Zeth Arellano, nuestros recuerdos se trastocan y cambian. Esas transformaciones derivan en nuevos recuerdos y nuevas experiencias: aquello que un tiempo nos conformó ya no tiene certeza de existir. Dieciocho cuentos son los que integran el libro y cada uno de ellos transforma la realidad. Algunos redundan en una evolución de sus protagonistas y otros pareciera ser que los hacen retroceder algunos pasos. De eso está hecha la vida: el aprendizaje no puede —ni debe— ser un continuo. Ruinas líquidas encierra una contradicción —muy característica de nuestros tiempos del siglo XXI— que en ocasiones dispara a la reflexión: actividad pensante en movimiento. Lo pétreo y desaparecido de las ruinas —nuestro pasado, nuestros recuerdos en sí— se enfrenta a lo cambiante, a lo que se mueve y se reacomoda. ¿Cuántas veces no hemos deseado cambiar nuestros recuerdos y que se generen nuevas experiencias a partir de lo aprendido? Siempre existe una posibilidad. En el libro no sólo los recuerdos son volátiles, sino que tenemos la posibilidad de tomar recuerdos prestados. Estamos ante la posibilidad del subjuntivo en carne viva: ¿y si hubiera ocurrido…? “El marco atravesó sus manos como si por un segundo hubieran dejado de existir y cayó al piso, el vidrio se estrelló en cientos de pequeñas sonrisas ladeadas, en aquel rostro conocido. Con que esto es, se dijo, con que esto es lo que se siente tener nueve de los diez dígitos correctos para ganar la lotería.” (Página 35). Zeth Arellano escribe cuentos cuyos finales parecieran ser el reflejo de una realidad ante el espejo, que es idéntica y al mismo tiempo es cambiante. Este libro debut nos muestra a una narradora con experiencia. Las letras de Arellano se mueven con soltura y se explayan para construir historias extraordinarias con las que, por su grado de cotidianidad, nos sentimos identificados: sismos, lazos familiares, estados oníricos en donde la protagonista es una sirena que se destaca de entre todos los seres para que la comprendamos distinta. Lo fantástico —y podría decir, hasta lo real maravilloso— tiene un espacio en los cuentos de Zeth: la experiencia que da una vuelta de tuerca, no a la narrativa, sino a la vida misma, es lo que parece interesarle a la narradora cachanilla. El interés existencial puesto sobre los detalles que, por mínimos que parezcan, tienen la capacidad de cambiarlo todo: “El día de mi muerte no lo tengo claro, recuerdo tropezar con el ciclista y luego la oscuridad. Aparecí en la mente de Fausto tal vez unos minutos después, no lo sé, aquí el tiempo es diferente.” (Página 119). Lo simbólico destaca. Lo icónico es la casa de Ruinas líquidas. Zeth Arellano abre una invitación a revisitar nuestros recuerdos con la intención de tomarlos entre los dedos y observar cómo se nos escapan para convertirse en una realidad distinta, etérea y certera.
Ruinas líquidas, de Zeth Arellano. Universidad Autónoma de Nuevo León, 2025. 123 páginas. |