Martes 03 de Noviembre de 2026

Hay viajes que se planean durante años y otros que, sin saberlo, llevan años esperándonos.

Esta historia comenzó con un viaje que nunca ocurrió.

Tenía previsto viajar a España, a la Universidad de Salamanca, y aprovechar aquella oportunidad para cumplir uno de mis anhelos: recorrer el Camino de Santiago. Me atraía esa experiencia que tantas personas describen como una peregrinación exterior que termina convirtiéndose en un viaje hacia uno mismo. Sin embargo, por circunstancias ajenas a mi voluntad, el viaje se pospuso un año.

Lo que entonces parecía una oportunidad perdida terminó siendo la puerta de entrada a una experiencia extraordinaria.

Una tarde, entre la curiosidad y esa inquietud que nos invade cuando sentimos la necesidad de salir de lo cotidiano, comencé a explorar en las redes sociales lugares donde fuera posible desconectarse para conectar. No buscaba simplemente un destino turístico. Quería encontrar un territorio que todavía conservara algo de misterio, un lugar donde la naturaleza fuera más grande que nuestras certezas.

Y apareció Alaska.

Montañas interminables, glaciares milenarios, bosques que parecían no conocer el silencio porque estaban llenos de vida, ríos donde los salmones nadan contra la corriente y cielos que, durante ciertas noches, se convierten en escenarios de luces imposibles.

Me cautivó una idea: viajar hasta uno de los extremos del continente para descubrir qué sucede cuando el ser humano deja de ocupar el centro de todo.

Comencé a conversar con una agencia de viajes sobre la posibilidad de organizar una expedición y buscar las auroras boreales. Abrimos dos posibles fechas, todavía sin saber quiénes estarían dispuestos a emprender aquella aventura.

Durante una sesión del Diplomado de Liderazgo en Valores que tengo el privilegio de dirigir, compartí la invitación con mis alumnos. No había una gran campaña publicitaria ni una estrategia comercial particularmente elaborada. Había una propuesta, una ilusión y una pregunta: ¿quién se atreve?

En menos de un mes éramos once viajeros, empresarios de Puebla y Chiapas, dispuestos a encontrarnos en una tierra que ninguno de nosotros conocía verdaderamente.

Lo que comenzó como una expedición terminó convirtiéndose en una universidad.

Y no exagero.

He tenido la oportunidad de estudiar en distintas instituciones, escuchar a grandes profesores, compartir aulas con empresarios y reflexionar durante años sobre el liderazgo, la ética y la condición humana. Pero Alaska me recordó algo que con frecuencia olvidamos: la vida también tiene cátedras que no se imparten entre cuatro paredes.

Nuestra universidad fue la montaña. El aula, un escenario de dimensiones casi inconcebibles. Los maestros fueron los glaciares, las águilas, los osos, los salmones, los caribúes, las auroras boreales y, sobre todo, las personas con quienes compartimos el camino.

No hubo exámenes escritos, pero sí decisiones. No hubo calificaciones, pero sí consecuencias. No hubo diplomas, pero sí aprendizajes que difícilmente se borrarán de la memoria.

Quiero compartir algunas de aquellas lecciones, no porque pretenda haber comprendido Alaska, sino porque Alaska me permitió comprender un poco mejor la vida.

Primera lección. No todo lo que se cancela es una pérdida.

Si aquel viaje a Salamanca no se hubiera pospuesto, probablemente esta expedición no habría existido.

Cuántas veces interpretamos una cancelación, una negativa, una puerta cerrada o un proyecto frustrado como una derrota definitiva. Nos aferramos tanto a lo que imaginábamos que nos cuesta reconocer las posibilidades que aparecen cuando nuestros planes cambian.

Alaska me recordó que la vida no siempre nos conduce por los caminos que elegimos, pero eso no significa que haya dejado de ofrecernos destinos extraordinarios.

No se trata de romantizar el fracaso ni de suponer que todo sucede por alguna razón misteriosa. Se trata de reconocer nuestra capacidad de resignificar lo que nos ocurre.

No siempre podemos elegir lo que sucede, pero sí podemos decidir qué hacemos con aquello que sucede.

Tal vez esa sea una de las formas más profundas de la libertad.

Segunda lección. La montaña no se conquista; la montaña te permite pasar.

En Alaska las montañas no parecen levantarse sobre la tierra: parecen sostener el cielo.

Sus cumbres se pierden entre nubes que cambian de forma en cuestión de minutos. Los valles se extienden hasta donde la mirada deja de distinguir los colores. El viento atraviesa los árboles y recuerda, con una contundencia difícil de describir, que somos visitantes.

Frente a esa inmensidad, nuestras preocupaciones cotidianas adquieren otra proporción.

Estamos acostumbrados a hablar de conquistar metas, conquistar mercados, conquistar posiciones y conquistar cumbres. Incluso hemos convertido el liderazgo en una especie de carrera permanente hacia la cima.

Pero la montaña no necesita ser conquistada.

Estaba allí mucho antes de nosotros y probablemente seguirá allí cuando nuestros nombres hayan sido olvidados.

Caminar entre aquellas montañas me hizo pensar que el liderazgo auténtico no consiste en demostrar que somos más grandes que los demás, sino en reconocer que pertenecemos a algo mucho más grande que nosotros mismos.

La humildad no es sentirse pequeño por inferioridad. Es comprender nuestra verdadera dimensión.

La montaña no premia al más arrogante; exige respeto al más preparado.

Y esa lección vale tanto para un sendero como para una empresa, una familia o una sociedad.

Tercera lección. Los glaciares enseñan que las transformaciones profundas son silenciosas.

Hay algo profundamente conmovedor en contemplar un glaciar.

Ese inmenso cuerpo de hielo, con sus tonalidades blancas y azules, sus grietas, sus fracturas y sus paredes que parecen catedrales congeladas, es el resultado de incontables inviernos acumulados.

Un glaciar no se forma de un día para otro. Nace de la nieve que cae, permanece, se comprime y termina transformándose en hielo. Con el paso del tiempo, aquel hielo adquiere la capacidad de desplazarse, modelar montañas y abrir valles.

Su fuerza no proviene de la prisa.

Proviene de la persistencia.

En una sociedad obsesionada con la velocidad, los resultados inmediatos y la necesidad de demostrar constantemente nuestros avances, los glaciares nos ofrecen una enseñanza extraordinaria.

Las grandes transformaciones humanas también necesitan tiempo.

Construir el carácter, recuperar la confianza, formar una familia, desarrollar una cultura organizacional o educar a un líder son procesos que rara vez pueden acelerarse sin consecuencias.

Pero los glaciares también están retrocediendo. Algunos de los paisajes que hoy admiramos no serán iguales para las generaciones que vienen.

Aquella belleza encierra una advertencia: incluso lo que parece eterno puede ser vulnerable.

No todo avance necesita velocidad, porque las transformaciones más profundas suelen ser graduales, silenciosas y persistentes.

Y no todo lo que parece sólido es indestructible.

Cuarta lección. El salmón no nada contra la corriente por rebeldía, sino por propósito.

Pocas imágenes de Alaska me resultaron tan poderosas como la historia de los salmones.

Nacen en agua dulce, migran hacia el océano y, después de años, regresan a sus ríos de origen para reproducirse.

El viaje de regreso puede exigirles superar corrientes violentas, obstáculos naturales, grandes distancias y depredadores.

Muchos no llegan.

Y aquellos que completan su ciclo reproductivo, en las especies de salmón del Pacífico, mueren.

Hay algo extraordinariamente profundo en esa paradoja: el final de una vida contribuye al comienzo de muchas otras.

Los salmones que mueren devuelven nutrientes a los ríos, a los bosques y a otras especies. Aquello que termina se convierte en alimento para lo que continúa.

Contemplar ese ciclo me hizo pensar en el propósito.

No basta con moverse. No basta con esforzarse. No basta siquiera con resistir.

Hay que saber hacia dónde y para qué.

En nuestras organizaciones encontramos personas que trabajan incansablemente sin comprender el sentido de lo que hacen. Líderes que avanzan por inercia, empresas que crecen sin preguntarse a quién benefician y sociedades que confunden progreso con movimiento.

El salmón ofrece una metáfora poderosa, aunque no debamos convertir su comportamiento natural en una receta humana.

No vale la pena nadar contra todas las corrientes. Vale la pena hacerlo cuando sabemos qué estamos defendiendo.

El propósito transforma el esfuerzo en significado.

Quinta lección. En la naturaleza, sobrevivir no es una tarea individual.

Alaska está llena de vida, pero también de muerte.

En sus bosques, ríos y montañas, la existencia se manifiesta sin los adornos con los que solemos protegernos de su crudeza.

El oso que busca alimento antes del invierno. El águila que observa desde las alturas. El caribú que atraviesa grandes extensiones de territorio. Los árboles que resisten temperaturas extremas. Los animales que migran, se refugian, cazan o son cazados.

Todo forma parte de una red extraordinariamente compleja.

La naturaleza no es una postal romántica donde todo permanece en armonía. Es un escenario de cooperación, competencia, adaptación, pérdida y renovación.

Y precisamente por eso nos enseña tanto.

Nosotros también somos seres interdependientes.

Sin embargo, hemos construido una cultura que frecuentemente glorifica al individuo autosuficiente: el empresario que presume haberlo conseguido todo solo, el líder que se atribuye cada victoria, el profesional que confunde independencia con aislamiento.

Alaska desmantela rápidamente esa fantasía.

En un territorio donde el clima puede cambiar inesperadamente, donde una lesión modifica los planes y donde la distancia entre un sendero y la ayuda puede ser considerable, la confianza deja de ser un concepto abstracto.

Se convierte en una necesidad.

La autosuficiencia puede hacernos sentir poderosos; la interdependencia nos permite llegar más lejos.

Sexta lección. El liderazgo se revela cuando alguien se cae.

Esta enseñanza no la aprendí observando un paisaje.

La aprendí con el cuerpo.

Durante una caminata nocturna en Fairbanks, mientras buscábamos contemplar las auroras boreales, resbalé y sufrí un fuerte golpe en el costado derecho.

De pronto, algo tan sencillo como incorporarme, girar el cuerpo, toser o respirar profundamente se convirtió en una experiencia dolorosa.

En cuestión de segundos pasé de sentirme un explorador entusiasmado a reconocer mi propia vulnerabilidad.

Y allí apareció una de las lecciones más importantes del viaje.

Durante años he enseñado que el liderazgo no se reduce a una posición, un cargo o una capacidad de influencia. Pero hay ocasiones en las que la vida nos obliga a comprobar si realmente creemos aquello que enseñamos.

Cuando alguien se cae, el grupo tiene que decidir qué significa caminar juntos.

La comunidad no se demuestra únicamente en las fotografías de las cumbres, las cenas compartidas o los momentos de celebración.

Se revela cuando alguien necesita ayuda.

Cuando debemos modificar el ritmo. Cuando la fortaleza de unos compensa temporalmente la fragilidad de otros. Cuando comprendemos que el objetivo no consiste simplemente en llegar, sino en procurar que nadie quede abandonado.

Aquella caída me recordó que todos somos vulnerables y que tarde o temprano necesitaremos de alguien.

El verdadero liderazgo no consiste en ser siempre el más fuerte, sino en construir una comunidad donde nadie tenga que serlo todo el tiempo.

Quizá por eso hoy estoy más convencido de que el liderazgo no es conquista.

Es comunidad.

Séptima lección. Las auroras aparecen cuando dejamos de controlar el cielo.

Hay experiencias que ninguna fotografía consigue reproducir completamente.

La aurora boreal es una de ellas.

Imaginen la oscuridad de una noche helada, el silencio de un paisaje inmenso y, de pronto, una luz verdosa que comienza a extenderse sobre el horizonte.

A veces parece una cortina suspendida en el universo. Otras, una pincelada que se desvanece lentamente. En ciertos momentos, el cielo parece adquirir movimiento, como si una fuerza invisible estuviera escribiendo sobre la noche.

Pero las auroras no obedecen nuestros itinerarios.

Podemos estudiar los pronósticos geomagnéticos, consultar la nubosidad, desplazarnos kilómetros y esperar durante horas.

Y aun así, no hay garantías.

Su aparición depende de fenómenos solares, del campo magnético terrestre y de condiciones atmosféricas que escapan a nuestra voluntad.

Qué extraordinaria lección para quienes estamos acostumbrados a planear, organizar, dirigir y controlar.

La vida exige preparación, pero también apertura a lo inesperado.

Podemos crear las condiciones para que algo suceda, pero no siempre podemos producirlo.

La amistad, el amor, la confianza, la inspiración y muchas de nuestras experiencias más significativas comparten algo con las auroras: no aparecen simplemente porque las ordenemos.

Hay cosas que no se conquistan ni se compran. Se preparan, se esperan y, cuando llegan, se agradecen.

Octava lección. Desconectarse no es huir del mundo, sino regresar a él de otra manera.

Durante la expedición descubrí cuánto ruido llevamos dentro.

No me refiero únicamente al sonido de los teléfonos, las notificaciones o las conversaciones interminables.

Me refiero al ruido de nuestras preocupaciones, nuestros pendientes, nuestras expectativas y esa necesidad permanente de sentirnos ocupados.

Vivimos tan pendientes de lo que viene que con frecuencia dejamos de experimentar lo que está sucediendo.

En Alaska, caminar exige atención.

Hay que observar dónde colocamos los pies, escuchar el viento, interpretar el terreno, reconocer las señales del clima y aceptar que no siempre tendremos una conexión telefónica que resuelva nuestras dudas.

Los sentidos recuperan protagonismo.

El olor de la tierra húmeda. La resina de los árboles. El aire frío entrando en los pulmones. El sonido del agua que desciende de las montañas. La textura de las piedras. La luz reflejada sobre el hielo.

Lo que vemos, olemos, escuchamos y sentimos nos recuerda que estamos vivos.

Y entonces comprendemos algo fundamental: estar conectados permanentemente con todo no significa estar verdaderamente presentes en nuestra propia vida.

Desconectarse no es dejar de comunicarse. Es recuperar la capacidad de encontrarnos.

Con la naturaleza, con los demás y con nosotros mismos.

Novena lección. Los viajes terminan, pero las comunidades pueden permanecer.

Éramos once personas que salimos de Puebla y Chiapas hacia una tierra desconocida.

Cada uno llevaba su historia, sus preocupaciones, sus ilusiones y sus propias razones para emprender el viaje.

No todos observábamos los paisajes de la misma manera. No todos teníamos la misma condición física, los mismos temores ni las mismas expectativas.

Y eso fue precisamente lo que enriqueció la experiencia.

Porque viajar acompañado no significa únicamente compartir transporte, habitaciones o itinerarios.

Significa descubrir al otro fuera de los escenarios donde normalmente lo conocemos.

El empresario deja por momentos de ser empresario. El director deja de ser director. Los títulos profesionales pierden importancia frente a la necesidad de ayudarnos, reírnos, esperar, conversar o simplemente guardar silencio juntos.

En la montaña, las jerarquías se vuelven menos relevantes que las actitudes.

La generosidad, la paciencia, el sentido del humor, la prudencia y la capacidad de reconocer nuestras limitaciones adquieren un valor extraordinario.

He dedicado buena parte de mi vida a una pregunta que dio origen al Instituto LIVH:

¿Qué pasaría si en verdad nos uniéramos?

Alaska no me dio una respuesta definitiva, pero me permitió vivir una pequeña muestra de lo que significa construir comunidad.

Porque una comunidad no nace simplemente cuando varias personas coinciden en un lugar.

Nace cuando comienzan a hacerse responsables unas de otras.

Décima lección. Trascender es comprender que no somos el centro de la historia.

Quizá esta sea la enseñanza que reúne a todas las demás.

En Alaska contemplé paisajes formados mucho antes de nuestra existencia y ciclos naturales que continuarán después de nosotros.

Vi la belleza de la vida y su fragilidad. La fuerza de la naturaleza y nuestra pequeñez. La capacidad de resistir y la necesidad de saber detenernos.

Pensé en nuestras empresas, nuestras familias, nuestros proyectos y nuestras obsesiones cotidianas.

¿Cuántas cosas que hoy nos parecen indispensables realmente lo son?

¿Cuántas discusiones merecen el tiempo que les dedicamos?

¿Cuántas veces sacrificamos lo importante por atender lo urgente?

¿Y qué permanecerá de nosotros cuando hayamos terminado nuestro propio recorrido?

La trascendencia no consiste necesariamente en realizar obras extraordinarias ni en dejar nuestro nombre grabado en algún monumento.

Consiste en reconocer que nuestras decisiones afectan vidas que van más allá de la nuestra.

Un maestro trasciende en sus alumnos. Un padre y una madre, en sus hijos. Un empresario, en las oportunidades que genera y en la dignidad con la que trata a quienes trabajan con él. Un líder, en las personas que ayuda a crecer.

Como los salmones que devuelven nutrientes al ecosistema, también nosotros podemos contribuir a que otros encuentren condiciones para vivir, crecer y continuar.

No somos eternos.

Pero nuestras acciones pueden tener consecuencias que nos sobrevivan.

Trascender no es permanecer para siempre. Es procurar que algo bueno permanezca después de nosotros.

El viaje que todavía no termina

Regresé de Alaska con fotografías, recuerdos, nuevas amistades y una lesión que me obligó a bajar el ritmo.

Pero también regresé con preguntas que todavía me acompañan.

Quizá esa sea la señal de que una experiencia verdaderamente nos transformó: cuando no termina al recoger las maletas.

Hoy comprendo que aquel viaje cancelado a Salamanca no fue el final de una historia, sino el comienzo de otra que jamás habría imaginado.

Buscaba un lugar donde desconectarme para conectar.

Encontré montañas que me enseñaron humildad, glaciares que me hablaron de paciencia, salmones que me recordaron el propósito, auroras que me invitaron a renunciar al control y compañeros de viaje que me hicieron comprender el verdadero significado de la comunidad.

Y también encontré algo que no estaba buscando: una caída que me recordó mi vulnerabilidad.

Por eso no quiero quedarme con esta experiencia.

Quiero compartirla, porque estoy convencido de que necesitamos recuperar espacios donde la vida vuelva a convertirse en nuestra gran maestra.

Vivimos en un mundo que nos enseña a competir, producir, acumular y avanzar, pero que pocas veces nos invita a detenernos para preguntarnos hacia dónde vamos y, sobre todo, en quiénes nos estamos convirtiendo.

Alaska me recordó que la grandeza humana no se mide por la altura de las montañas que alcanzamos, sino por la profundidad de las personas que llegamos a ser.

Y que el éxito de una expedición no consiste únicamente en haber contemplado las auroras, recorrido senderos o admirado glaciares.

Consiste en regresar distintos.

Con menos certezas arrogantes y más preguntas esenciales. Con menos necesidad de demostrar y más disposición a comprender. Con menos equipaje innecesario y mayor conciencia de aquello que verdaderamente importa.

Tal vez algún día recorra el Camino de Santiago.

Pero hoy sé que las grandes peregrinaciones no comienzan necesariamente en un santuario ni terminan al llegar a un destino.

A veces comienzan con un viaje cancelado, continúan en una montaña al otro extremo del continente y terminan revelándonos que el camino más importante siempre ha sido el que recorremos hacia nuestro interior.

Porque hay viajes que sirven para conocer lugares; otros, para conocer personas; y algunos, como este, para conocernos a nosotros mismos.

Y cuando eso sucede, uno comprende que no ha regresado simplemente de una expedición.

Ha comenzado una nueva manera de caminar por la vida.

Diego Cardoso Pérez

Director General de LIVH InstituteExpedición Alaska 2026 — LIVH EXPERIENCES