Martes 03 de Noviembre de 2026

El pasado viernes asistí al Centro Cultural Escenario a un homenaje a Tim Burton, como parte de las actividades de presentación de su escuela de actuación. Entre personajes entrañables, historias fantásticas y una puesta en escena que recuperaba algunos de los universos más reconocibles del afamado director, terminé haciéndome una pregunta que iba mucho más allá del espectáculo: ¿qué es realmente un monstruo?

Una de las enseñanzas que atravesó la presentación fue particularmente reveladora: la maldad no necesariamente es obra de personas a quienes la sociedad considera locas, extrañas o diferentes. Muchas veces, el mal es cometido por personas perfectamente normales, que toman decisiones aparentemente sencillas, que encuentran justificaciones para sus actos y que, aprovechando sus ventajas, terminan transgrediendo la realidad de los demás.

Acto tras acto desfilaron por el escenario Jack, de El extraño mundo de Jack; Emily, de El cadáver de la novia; el Pingüino; Sweeney Todd; Beetlejuice; el Hombre Manos de Tijera y Dos Caras. Cada interpretación nos trasladaba a las películas y a esos universos extraordinarios que Tim Burton ha construido a lo largo de su trayectoria. Fue una presentación divertida, llena de creatividad y nostalgia, pero también una oportunidad para mirar de otra manera a sus personajes.

Porque hay algo que distingue al cine de Burton: sus monstruos casi siempre tienen una historia que contar. Detrás de sus apariencias grotescas, sus diferencias físicas, sus resentimientos y sus traumas, encontramos personajes que buscan afecto, reconocimiento, pertenencia o, simplemente, un lugar en el mundo.

Edward, el Hombre Manos de Tijera, no es monstruoso por tener cuchillas en lugar de manos. Emily no es malvada por estar muerta. Jack no representa una amenaza por querer descubrir un mundo distinto al suyo. En muchos casos, lo que los convierte en personajes entrañables es precisamente su vulnerabilidad frente a una sociedad que no sabe cómo relacionarse con aquello que no entiende.

Ahí está una de las grandes contradicciones de nuestra convivencia: con frecuencia confundimos lo diferente con lo peligroso, lo extraño con lo perverso y lo desconocido con lo malo. Construimos monstruos a partir de prejuicios, mientras dejamos pasar inadvertidas conductas verdaderamente destructivas cuando provienen de personas que encajan perfectamente en nuestros estándares de normalidad.

Los monstruos, entonces, no son necesariamente aquellos que tienen una apariencia distinta o que cargan con heridas visibles. También son quienes, desde su normalidad, manipulan la verdad, instrumentalizan a los demás, utilizan sus privilegios para satisfacer sus intereses y toman decisiones fáciles, aun sabiendo que pueden destruir la vida de otras personas.

Quizá lo verdaderamente inquietante no sea encontrarnos con alguien que parece un monstruo, sino descubrir que la maldad puede convivir con nosotros sin necesidad de disfraces, cicatrices o apariencias extraordinarias. Puede tener una oficina, un cargo, una familia, una reputación intachable y hasta recibir el reconocimiento de quienes lo rodean.

La puesta en escena del viernes me dejó pensando justamente en eso. Tim Burton ha construido una filmografía en la que la otredad no es necesariamente una amenaza, sino una invitación a cuestionar nuestros propios prejuicios. Nos recuerda que detrás de aquello que nos incomoda puede existir una historia que merece ser escuchada y que la diferencia, por sí misma, no constituye una forma de maldad.

Tal vez por eso sus personajes siguen conectando con tantas generaciones. Porque, en el fondo, todos hemos experimentado alguna vez la sensación de no encajar, de ser juzgados por nuestra apariencia, nuestras ideas o nuestra manera de entender el mundo.

Al final, la pregunta no debería ser quién parece un monstruo, sino quién actúa como uno.

Y quizá la respuesta sea mucho más incómoda de lo que estamos dispuestos a aceptar: el monstruo no siempre es quien parece diferente a nosotros. A veces, es precisamente quien se parece demasiado a nosotros.