Miércoles 04 de Noviembre de 2026 |
La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas ha provocado un fenómeno curioso en la política mexicana; de pronto, todos son cardenistas. Los mismos que se insultan, se persiguen y se descalifican cotidianamente encontraron en el ingeniero un motivo para hablar de democracia, congruencia y principios. Lástima que algunos solamente los recuerden en los funerales. Conviene entonces explicar, especialmente a nuestra clase política, qué significa el cardenismo, porque no se trata solo de un apellido, una fotografía junto al general o una ceremonia cada 18 de marzo; el cardenismo fue, ante todo, un proyecto económico, social y popular que buscó transformar las relaciones de poder en México. Lázaro Cárdenas no se limitó a repartir dinero, sino que repartió tierra; alrededor de 18 millones de hectáreas durante su gobierno, impulsó el crédito ejidal, fortaleció la organización campesina, defendió los derechos laborales, nacionalizó los ferrocarriles y expropió el petróleo; además, promovió la educación pública y técnica, convencido de que la justicia social necesitaba instituciones, producción y oportunidades. Su proyecto no consistía solamente en ayudar a los pobres, sino en modificar las condiciones económicas que producían pobreza. Y ahí es donde ponemos un espejo frente a la autodenominada Cuarta Transformación. Sería absurdo negar sus avances sociales. Entre 2018 y 2024, 13.4 millones de mexicanos salieron de la pobreza multidimensional, donde el incremento del salario mínimo y las transferencias sociales han tenido efectos importantes. Desde una óptica cardenista podríamos cuestionar si estamos construyendo una sociedad económicamente más autónoma o una que depende cada vez más de las decisiones del gobierno. Porque una cosa es distribuir recursos públicos y otra, mucho más profunda, es distribuir el poder económico. En la misma línea, pero en otro aspecto, Cuauhtémoc Cárdenas comprendió otra dimensión de esa herencia: la democracia. En 1988 enfrentó al sistema político que había gobernado México durante décadas. Posteriormente, contribuyó a fundar un partido opositor y a construir las condiciones para que la izquierda pudiera competir por el poder. Su lucha no consistió en sustituir una hegemonía por otra, sino en abrir espacios de participación política y social para que ninguna fuera permanente o se eternizara en el poder. Por eso resulta contradictorio que quienes hoy celebran su legado consideren cualquier crítica al gobierno una traición, o confundan la lealtad a un proyecto político con la obediencia a una persona. Y en este análisis hay una comparación familiar suficientemente atractiva e inevitable. Cuauhtémoc heredó uno de los apellidos más poderosos del México revolucionario, pero construyó su legitimidad enfrentando al poder; por otro lado, los hijos de Andrés Manuel López Obrador han tenido que responder a cuestionamientos sobre privilegios, influencia política y oportunidades vinculadas a su apellido. ¿Qué hacemos con el poder que heredamos? Cuauhtémoc demostró que un apellido puede convertirse en una responsabilidad histórica; en cambio, los “Andys” no han podido, ni tímidamente, demostrar que el suyo no constituye una ventaja política por encima de sus propios méritos. El cardenismo tampoco fue perfecto; como todo movimiento, tuvo contradicciones, prácticas corporativas y una relación con el poder que merece examinarse críticamente, pero reducirlo solamente a una estampita revolucionaria sería traicionar su dimensión transformadora. Quizá la mejor manera de honrar a Cuauhtémoc Cárdenas no sea organizar homenajes, sino recuperar las preguntas que guiaron su vida pública: quién concentra la riqueza, quién controla el poder y quién y cómo se disputa. Porque la izquierda mexicana necesita menos devoción personal y más convicciones democráticas; menos culto al gobernante y más organización popular; menos discursos sobre justicia y más transformaciones estructurales. Antes que obradoristas, deberían aspirar a ser cardenistas. Y para eso no basta con levantar el puño frente a un retrato, hay que tener la congruencia de vivir lo que se predica.
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