Lunes 12 Diciembre 2016

Los ojos desorbitados, la cámara fotográfica que capturaba cualquier movimiento y la compra compulsiva de recuerdos religiosos eran los principales rasgos de una turista italiana que presenciaba con asombro un 12 de diciembre en la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe.

"Y eso que no ha visto lo que pasa en la Basílica de México", dijo un feligrés a una extranjera.

Fotos: Agencia Enfoque

Al platicar con la italiana dijo que en su país también existe un catolicismo ferviente, pero aseguró que no es nada comparado con lo que pasa en México. El fervor es, tal vez, la palabra que buscaba la extranjera para describir lo que pasó por sus ojos: gente que rezaba con una devoción que llegaba a las lágrimas; chalupas que sacaban una cortina de humo; vírgenes que fueron cargadas desde municipios de nombres irrepetibles para la italiana y un exceso de vendimia de productos religiosos eran probablemente a lo que se refería la extranjera.

En la iglesia, eran dos filas las que se formaban para entrar al santuario de la virgen ubicado en la avenida Reforma, entre 11 y la 13 Sur. La fila de la derecha desembocaba hasta los linderos del mercado Venustiano Carranza y la fila de la izquierda terminaba en los inicios de la estación de RUTA del Mercado de los Sabores.

Mientras tanto, la gente se arremolinaba en las puertas de la iglesia y los que no alcanzaban a entrar se persignaban en la explanada exterior. En tanto, una señora se arrodillaba junto a las rejas que impedían el paso directo al santuario mientras su hijo le pedía que se levantara, pero la octogenaria no hizo caso, ya que estaba en una especie de éxtasis que se complementaba por una serie de rezos que simulaban un silbido extenso.

El sol no era un factor para que la gente se cansara y mucho menos para que se detuviera; sus rayos quemaban la piel de los asistentes que, en su mayoría, era morena. Otro tipo de piel era la que se quemaba en los puestos que había en la explanada del Paseo Bravo: los tacos al pastor, los árabes, las alitas, los chicharrones preparados, las cemitas, las chalupas, el mole, los elotes, los tamales, las tostadas, los burritos, los hot dogs, las hamburguesas y hasta las pepitas se podían encontrar en alguno de los puestos que sacaban humo e invitaban a los peregrinos a reponer fuerzas con alguno de esos manjares.

Después de media hora en la fila para entrar a ver a la Guadalupana se podía entrar al santuario. En el interior el ambiente cambiaba, las cumbias de los juegos mecánicos desaparecieron y los gritos de los vendedores se asfixiaron. En el recinto había un cierto aire sacro y las imágenes que acompañaban a la iglesia lo confirmaban.

Por fin se llegó junto la virgen, pero el tiempo era tan limitado que lo único para lo que daba tiempo era para decir una oración porque la gente ya empujaba para poder estar frente a la Morenita del Tepeyac.