La procrastinación: un círculo vicioso del que cuesta demasiado salir

La procrastinación, el hábito de aplazar o postergar sus deberes por realizar actividades más placenteras. Sin embargo, tiene un trasfondo más complejo.

Para Alejandro, un gerente de proyectos en una empresa de marketing, los últimos 20 minutos de su jornada laboral suelen ser la parte más agitada de su día. 

En esos momentos ni la presión ni el estrés le conceden un respiro, pues a marchas forzadas tiene que encontrar la forma de completar el trabajo que estuvo postergando durante horas. Y a esas alturas de su jornada ya no tiene ningún margen de error.

Regularmente cumple con sus asignaciones, pero no lo hace de manera óptima. Lo que podría hacer tranquilamente en 30 minutos o en una hora, lo termina haciendo apresurada e improvisadamente en cinco o 10 minutos; y eso se ve reflejado en lo que entrega. 

Por ejemplo, hace algunos días tenía que realizar un calendario editorial en el que para cada día de la siguiente semana tenía que establecer un tema para que los integrantes de otra sección de la empresa escribieran un artículo al respecto. 

Esa labor no era larga ni complicada, señala, pero aún así la dejó para el final. Mientras llegaba ese momento gastaba su tiempo en mirar sus redes sociales y en enviar mensajes. Sobra decir que el resultado no fue el esperado.  

“Sólo tenía que poner un encabezado, no era que yo tuviera que investigar o escribir el artículo; pero lo dejé para los últimos 10 minutos. Por esta razón los temas que propuse fueron ambiguos y poco interesantes; siento que si hubiera invertido más  tiempo en pensar y preparar los temas hubiera podido abarcar temas más interesantes y más concretos”, reconoce.

Aunque a veces se sorprende por lo que logra hacer en esos períodos tan cortos , siempre le queda la sensación de que lo pudo hacer mejor —y en ocasiones hasta su propios jefes se lo cuestionan—.

Pese a que Alejandro procrastina de esa manera desde hace meses, en las últimas semanas ese hábito se ha vuelto más pesado, tanto que le provocó una mayor inseguridad en el trabajo, al grado de que comenzó a pensar que en cualquier momento perderá su empleo, 

“Yo me doy cuenta de que no estoy haciendo el trabajo como debo, y aunque ellos (sus jefes) no me dicen nada, yo siento que se dan cuenta de que he fallado en mi desempeño. Y eso ha contribuido a mi paranoia de que en cualquier momento me pueden despedir”.

Lee también: Conoce a Juan Frese, el poblano que interpretará a El Chavo del 8

 

La procrastinación, un círculo vicioso del que cuesta demasiado salir

La procrastinación es eso a lo que las personas normalmente le llaman perder el tiempo; es decir, el hábito de aplazar o postergar sus deberes (laborales, escolares, familiares o personales) por realizar actividades placenteras o pendientes que no tienen el mismo nivel de urgencia pero que son más sencillos o menos tediosos.

Existe un estigma de que las personas que tienen ese hábito son flojas y poco comprometidas; algo que socialmente las desacredita. Sin embargo, la procrastinación tiene un trasfondo más complejo, asegura la psicóloga Gabriela Gárate Cahuantzi.

La tendencia a procrastinar puede venir de diversos factores: la falta de motivación, los altos niveles de estrés, el miedo a fracasar o fallar en las actividades, una mala organización, un espacio de trabajo lleno de estímulos, preocupaciones provenientes de la misma persona o de su contexto, una autoexigencia nociva.

Cuando una persona procrastina se desvía de sus objetivos y metas, por lo que cuando decide o se ve obligada a enfocarse en estas —y a darles la importancia que desde el principio debió darles— se encuentra con un margen de maniobra reducido; con menos tiempo y con más presión encima. 

Y tras esa presión aparece el estrés y otras tantas sensaciones agobiantes como los sentimientos de culpa. 

“Al procrastinar las personas pueden sentir mucha frustración por no alcanzar sus metas, pueden sentirse muy ansiosas, muy estresadas, muy agobiadas, les pueden sudar las manos, se les puede acelerar el corazón”, menciona Gárate Cahuantzi.

En la procrastinación hay tres fases muy marcadas, apunta la especialista en Neuropsicología: la de frustración, la de búsqueda de gratificación inmediata y la de pánico.

Las personas que procrastinan primero se sienten enojadas o frustradas por no poder alcanzar sus objetivos, pese a que llevan bastante tiempo intentándolo; después, como remedio, buscan una recompensa inmediata que les mejore el ánimo, las relaje o las inspire, así que, por ejemplo, van al refri a buscar algún alimento, miran sus redes sociales, realizan algún pendiente que puedan completar rápidamente o se ponen a ver un capítulo de su serie favorita.

Pero contrario a lo que imaginan, esa gratificación personal no sirve de mucho, y en cambio, reduce el tiempo que tienen para realizar las actividades que tenían pendientes. Y ahí aparece el pánico porque la hora de entrega está cada vez más cerca y el avance puede ser aún muy poco.

Todo lo anterior provoca en las personas un desbalance en diversos aspectos —en el emocional, en el mental e incluso en el físico—, tan grande que puede provocar que ese hábito se vuelva crónico, ya que inconscientemente las personas pueden generar un rechazo o una resistencia a esa actividad que es identificada como la causante de ese desequilibrio.

De este modo la procrastinación se vuelve en muchas personas un hábito incontrolable, un círculo vicioso del que cuesta demasiado salir; ya que la postergación de las actividades lleva a las personas a un escenario de estrés y de desgaste, y este último las lleva a repetir ese hábito al siguiente día por la renuencia antes mencionada.

Y hay casos, expone Gabriela Gárate, en los que las personas ya ni siquiera intentan evitar ese hábito, pues ha llegado a ellas la desesperanza aprendida, es decir, que en otras ocasiones han buscado formas de modificar ese comportamiento, pero al no ver cambios, han decidido simplemente adaptarse.

 

“Aprendes a vivir con la culpa”

En su jornada laboral, Alejandro procrastina —confiesa, y no con mucho orgullo— alrededor de 4 horas, es decir, la mitad del tiempo que debe dedicar a su trabajo.

No siempre procrastinó lo mismo; este hábito fue aumentando con el tiempo —Alejandro recuerda que las primeras veces que procrastinó ocurrieron cuando asistía a la primaria—. Primero fue media hora, posteriormente una hora, después dos, y así sucesivamente hasta alcanzar los niveles de procrastinación que presenta actualmente. 

Su procrastinación alcanzó su punto máximo hace algunos meses, cuando, en la misma empresa, pasó de ser diseñador gráfico a ser gerente de proyectos. 

“Cuando era diseñador por mucho procrastinaba dos horas, terminaba los diseños que tenía que hacer incluso mucho antes de mi hora de entrega, pero ahorita me resulta muy aburrido, muy tedioso el trabajo “

Generalmente, Alejandro deja sus asignaciones para el final cuando piensa son sencillas, pero en muchas ocasiones las subestima; “pienso que son sencillas, y quizá sí lo son, pero con el tiempo encima se vuelven complicadas”.

Cuando las considera complicadas desde el principio la situación es diferente, en esos casos las realiza en tiempo y forma. 

Ante sus altos niveles de procrastinación, Alejandro no se ha quedado inerte; ha buscado formas de evitarla o al menos de reducirla, por ejemplo, prometiéndose recompensas e incluso acudiendo a terapia. Pero hasta ahora nada ha rendido frutos. 

Por ahora, lamenta, lo único que puede hacer es esperar a que su procrastinación no empeore y adaptarse a la situación; esto último puede no resultar tan complicado, pues dice que se ha acostumbrado a la culpa que siente tras cada jornada.

”Me siento mal porque es un sentimiento que pude haber evitado, pero supongo que tras mucho tiempo de sentirlo, aprendes a vivir con esa culpa”.

 

Tratar la procrastinación es un tema de mucho autoconocimiento

Casi toda la población procrastina; son muy pocas las personas que gestionan su tiempo de tal manera que no se les fugan minutos u horas en distracciones o en cosas desvinculadas de sus objetivos, subraya Gabriela Gárate 

La especialista refiere que más del 90 por ciento de las personas procrastinan en algún grado, es decir, al menos 9 de cada 10. Y este hábito no es característico de alguna etapa de la vida; lo mismo lo puede presentar un adulto de 30 o 60 años que un adolescente de 17 o un niño de 6. 

Aunque, aclara, no todos los casos se viven de la misma forma. Para algunas personas procrastinar puede ser , efectivamente, una forma de relajarse o de encontrar motivación; pero para otras puede ser una pesadilla.

Incluso hay personas que procrastinan en el día, pero en la noche no, simplemente porque en ese horario se acomodan mejor.

Para evitar que la procrastinación se vuelva un hábito demasiado perjudicial se requiere de mucho autoconocimiento, destaca la especialista.

Tener claro, puntualiza, cuál es la forma con la que mejor se trabaja, cuáles son los estímulos que generan más distracción y hasta tener consciencia de qué cosas pueden estar provocando una fuga de energía. 

Por ejemplo, para algunas personas puede funcionar trabajar de manera continua durante toda su jornada, y para otras puede funcionar trabajar durante un tiempo y descansar durante otro

Asimismo, para una persona tener el celular al lado puede ser una gran distracción, pero para otras no; para algunas un asunto personal puede ser muy desgastante, pero para otras no. Todo depende de ese autoconocimiento. 

Otro punto importante es mantener una salud integral, en aspectos como el mental, el emocional o el físico. 

“Procrastinar es un hábito y como cualquier hábito se puede desaprender, todo depende de cómo gestionamos nuestro tiempo”, enfatiza Gárate Cahuantzi.

  • URL copiada al portapapeles