Más de seis décadas en el negocio de la costura de balones terminaron en un oficio ignorado, pues los productos chinos y el desinterés de los mexicanos, derivaron en un triste destino para mantener vigente una tradición que ni su descendencia u otros aprendices mantendrán vivo el linaje de Cristóbal González Espina, dueño del taller de confección de pelotas Taherba, ubicado a un costado del Mercado de Artesanías El Parián, sobre la calle 6 norte #211. González Espina relató a El Popular, diario imparcial de Puebla que su amor por la costura de balones surgió desde los 10 años, momento en que el dinero no alcanzaba para satisfacer sus gustos; así que el placer de cascarear lo obligó a arreglar los balones dañados de sus amigos de la primaria, que a lo largo de poco más de un lustro definió su vida para querer dedicarse de tiempo completo a crear sus propios productos deportivos.
Durante ese salto entre la niñez a la adolescencia recordó que los tiempos de la década de 1950 eran distintos a los actuales, de forma especial porque la educación terminaba en el nivel básico, pero el aprendizaje seguía en los oficios como la carpintería, mecánica, construcción o de la confección, pues durante ese tiempo la industria apenas emergía en México, pero la necesidad de algunas monedas obligaba a los poblanos a aprender a hacer algo con su vida. "Empecé a hacer balones para el oratorio, pero estaban malhechos y feos, pero aún con eso jugaban los chamacos, porque no había para comprar balones. Empecé a hacerlos, hasta que me fui perfeccionando, con el tiempo y la experiencia, para llegar a ahora que creo mis modelos de balones, con una precisión esférica", reconoció. Fue a los 16 años que tomó la decisión de profesionalizar su labor, acudiendo a pedir empleo con el encargado de la producción de esféricos para la entonces existente Casa del Deporte de Puebla, ganando su plaza, aparte de la oportunidad de crear sus propios diseños de forma exacta; por lo tanto, en 1950 decidió rentar un cuarto en donde hoy es el Parián, pero en ese entonces no tenía el impacto turístico que en su actualidad.
Durante su período emprendedor, detalló que comenzó a crecer poco a poco comercializando con algunas congregaciones religiosas y centros educativos de la entidad, lo que le permitió contratar a personal que lo ayudará, pagándoles hasta 50 pesos por balón, cifra que consideró elevada, pues vendía cada pieza al triple de eso, pero entendía el esfuerzo que realizaban sus similares.
Los recuerdosCristóbal González precisó que conforme llegó el crecimiento industrial en Puebla, entre las maquiladoras y en especial con la planta armadora de Volkswagen, los artesanos comenzaron a abandonar su trabajo para solicitar un empleo mejor remunerado, y estuvo tentado a dejar de coser balones para irse a la empresa alemana, pero no tuvo la oportunidad y se quedó en su negocio. Durante más de 60 años, la experiencia que más atesora es que su trabajo se distribuyó en al menos 25 países, pues los visitantes del extranjero admiran su labor, porque no encuentran en ningún otro lugar balones diseñados en cuero; sin embargo, admitió que a la fecha sólo personas de Pachuca le compran pelotas, pues los precios van de los 800 hasta los mil 700 pesos, dependiendo de la calidad del material.
"Este trabajo no es para cualquiera, esto es sólo una cultura y un arte para dominar todo esto, porque andamos mal todos nosotros, pues en otros países las escuelas les enseñan arte; entonces cuando una persona preparada sale, sabe hacer otras cosas, pero ellos esos hacen sus cosas, porque lo aprendieron a hacer; aquí deberíamos aprender de ellos, pero el gobierno no les dan chance", añadió. González precisó que en su trabajo tuvo que modernizarse en otras áreas, las cuales aprendió de forma involuntaria, como los grabados que realiza en sus balones de vinil, los cuales son diseños personales que se mezclan con las letras de sus hijos, íconos mexicanos como los charros o simplemente el nombre de su taller; la técnica de la serigrafía para sus grabados la aprendió de un amigo que falsificaba documentos oficiales. También tuvo la oportunidad de viajar a Canadá para ser uno de los costureros de abrigos con piel de oso, aunque temió por su vida en 1970, porque el tráfico de órganos era una práctica muy común; así que rechazó la propuesta de un visitante canadiense, para mantenerse trabajando en el estado. En 1990 consiguió su proyecto más ambicioso, al ser contratado por un empresario de San Martín Texmelucan para la confección de 10 mil balones, le causó incertidumbre pensar cómo lo cumpliría, pero se le ocurrió visitar el Centro de Reinserción Social (Cereso) de San Pedro Cholula para que lo apoyaran con su labor, pagándoles a los reos en 15 pesos la pieza, pero al enterarse del negocio quien contrato al maestro Cristóbal, decidió pagarles 25 pesos, quitando al intermediario del proceso.
El presente del artesanoComentó que desde hace 7 años se vinieron abajo las ventas del negocio, por lo que al mes puede tener suerte de vender hasta cuatro pelotas de cuero, lo que le permite sobrellevar las cuentas; aunque también recibe el apoyo de sus hijas para pagar la renta mensual de mil 500 pesos de su local, pues sabe que su trabajo es apreciado por el extranjero, debido a que los mexicanos no tienen el dinero para costearlo.
Durante este período de crisis se dedicó a impartir talleres en el programa Vocación de tu Barrio del ayuntamiento de Puebla, quienes a su vez le pagaban 150 pesos la hora por impartir clases de talabartería dos días a la semana, donde tuvo como aprendices a médicos, psicólogos, ingenieros y estudiantes de la Universidad De Las Américas Puebla (Udlap). Explicó que en sus talleres les inculcó que la profesión del artesano tiene su belleza oculta, pero fuera de eso no es lucrativa; no obstante, sus pupilos se llevaron más de lo que imaginaba, pues en el caso del especialista de salud aprendió a hacer mejores costuras para su trabajo en el hospital, porque lastimaban a sus pacientes con la costura tradicional, por lo que aprendió su técnica. La otra sorpresa, fue que sus pupilas de la Udlap aprendieron a diseñar calzado en piel, resaltando que es una de los trabajos más complicados por el desgaste físico que deben ejercer para ajustar cada detalle, pero su trabajo fue tan bueno que una de sus alumnas olvidó llevarse el par que confeccionó para su padre, los cuales utiliza el señor Cristóbal desde hace más de dos años. El artesano deportivo destacó que sabe que su trabajo desaparecerá cuando el fallezca, pues a pesar que sus hijos sus aprendices sepan hacerlo, estos no se dedicarán a dar seguimiento a su labor; no obstante, aseguró a que pese las inclemencias económicas no dejará de hacer el oficio que hace más de dos décadas fue el motivo para muchas sonrisas para los deportistas de futbol llanero.
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