Jueves 21 Junio 2018

Pocas veces una frase ha podido generar tanto desconcierto. ¿Estaba amenazando Mussolini a su selección antes de la final o simplemente le recordaba al técnico Vittorio Pozzo el ideario fascista, la lucha sin excusas hasta el último aliento?

El telegrama, que habría redactado Il Duce y habría sido enviado a Pozzo desde Roma por Achille Starace, secretario general del Partido Fascista, antes de la final contra Hungría, marcó el Mundial de Francia 1938 y su interpretación perdura a través del tiempo.

No es que Mussolini fuese un fanático del futbol, pero había comprendido pronto su enorme potencial; era un perfecto vehículo propagandístico del régimen y un instrumento muy útil para la construcción de la "identidad nacional"; por eso, era imperativo que la Azzurra volviese a salir victoriosa.

Mussolini, que había pugnado sin éxito por el Mundial de 1930, convirtió el torneo de 1934 en una exaltación nacionalista y, ahora, en Francia, buscaba la confirmación de la superioridad italiana frente al resto del mundo.

A la Azzurra le tocaba defender el título contra todos, era el rival a vencer, no sólo por ser el campeón del mundo, sino por la aversión que generaba en Francia, que había acogido a muchos italianos que huían de Mussolini.

Al frente, de nuevo estaba Vittorio Pozzo, miembro fundador del Torino, exjugador del Grasshoppers.

Autoritario y paternalista, Pozzo no era fascista, pero tampoco renegaba de las facilidades que le daba el régimen para someter a sus jugadores a una disciplina casi militar.

"No había ningún secreto, todo dependía de la seriedad con la que nos lo tomábamos, yo explicaba cada orden que daba, sabía todo de mis jugadores, les abría el correo, les impedía leer los periódicos", explicó años después el extécnico italiano en una entrevista en televisión.

En 1934 había ganado el título mundial con un equipo que tenía coraje, con la ayudas arbitrales y la aportación de los nacionalizados, supo regenerar aquel conjunto para adjudicarse el oro en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, donde sus jugadores fueron inscritos como "estudiantes" y llegó a Francia con una nueva formación, en la que tan sólo Giovanni Ferrari y Giuseppe Meazza sobrevivían como titulares respecto a los campeones del anterior mundial.

Había sustituido al argentino Luis Monti por el uruguayo Michele Andreolo, y había encontrado una pareja atacante letal; Gino Colaussi y Silvio Piola.

Visitante en todos sus partidos, porque siempre tenía al público en contra, Italia sufrió ante Noruega, a la que derrotó en la prórroga, se mostró desafiante en cuartos contra Francia, frente a la que jugó con un uniforme negro que recordaba a los camisas negras, la facción paramilitar de Mussolini, y se vio beneficiada en semifinales por una insólita decisión del entrenador brasileño, Ademar Pimenta; quien en ese partido dejó en la banca a Leónidas, el máximo goleador del torneo, porque quería darle descanso para la final, tras dos complicados encuentros frente a los checos.

Italia se citó en la final con Hungría, un rival temible, que había marcado 13 goles en tres partidos, seis a las Indias Orientales, dos a Suiza y cinco a Suecia en semifinales, pero en el estadio de Colombes, la Azzurra se impuso en un gran partido por 4-2 y, con su juego, terminó hasta aclamada por el público francés.

Luego, unas declaraciones del guardameta húngaro Antal Szabórevelaron la presión a la que estaban sometidos los hombres de Pozzo y alimentaron la leyenda. "Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido, con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos, me contaron que antes de empezar el partido, los italianos habían recibido un telegrama de Mussolini que decía: Vencer o morir", indicó.

Ficha del partido: