Lunes 31 Agosto 2026

La noche cayó sobre Ciudad Serdán, pero nadie pensaba en dormir.

Las calles comenzaron a llenarse de luz, colores, música y aromas. En cada esquina había manos ocupadas, familias reunidas y vecinos preparando el paso de una imagen que, para miles de personas, representa mucho más que una tradición: Padre Jesús.

Era la noche del domingo 30 de agosto de 2026 y Ciudad Serdán volvía a vivir una de sus celebraciones más profundas: “La noche que nadie duerme”, la peregrinación nocturna en honor a Padre Jesús.

Desde alrededor del mediodía, las principales calles comenzaron a cerrarse al tránsito. Poco a poco, el pavimento dejó de ser únicamente una calle para convertirse en un lienzo.

Con aserrín, flores, colores y creatividad, vecinos y colaboradores comenzaron a dibujar las alfombras que recibirían a la imagen durante su recorrido. Algunas familias colocaron luces; otras prepararon alimentos para quienes llegarían de distintos puntos del municipio y comunidades cercanas.

La procesión de Padre Jesús en Ciudad Serdán convierte las calles en un altar durante “La noche que nadie duerme”.

No se trataba solamente de decorar una calle.

Cada figura, cada color y cada grano de aserrín llevaba detrás horas de trabajo y, para muchos, una intención puesta en la fe.

En una de las calles, integrantes del comité organizador de la alfombra de la 2 Norte contaron que llevan aproximadamente 20 años manteniendo esta tradición.

Este año comenzaron alrededor de las ocho de la noche y terminaron cerca de las once.

Tres horas de trabajo para una obra que duraría apenas unos minutos bajo los pies de la procesión.

“No somos artesanos”, explicaron, pero tampoco parecía necesario serlo.

Porque aquello no se hacía para presumir una obra perfecta. Se hacía con el corazón.

Y quizá por eso, cuando la imagen de Padre Jesús finalmente pasara sobre aquella alfombra, poco importaría que desapareciera. El verdadero significado ya estaba en las manos que la construyeron.

Ellos mismos lo resumieron de una manera sencilla: no lo hacen únicamente para pedir.

Lo hacen para agradecer.

Agradecer por las bondades recibidas, por la familia, por la vida y por aquello que cada persona guarda en silencio en su corazón.

La procesión de Padre Jesús en Ciudad Serdán convierte las calles en un altar durante “La noche que nadie duerme”.

A las 12:27 comenzó el camino

El reloj marcaba las 12:27 de la madrugada cuando Padre Jesús salió de la parroquia.

La espera terminó.

La música comenzó a acompañar el paso de la imagen y, junto a ella, aparecieron los gracejos.

Sus máscaras, sombreros, pieles de animales y colores vibrantes rompían con la oscuridad de la madrugada.

Pero detrás de sus personajes festivos existe también un significado profundamente ligado a la tradición.

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El Popular, Periodismo con Causa, conversó con tres jóvenes que participan como gracejos.

Uno lleva aproximadamente siete años realizando esta actividad; otro, tres años; y para uno más, esta era apenas su segunda participación.

Aunque sus edades y el tiempo dentro de la tradición son distintos, los tres coincidieron en algo: estar ahí es una manera de formar parte de la celebración y acompañar a Padre Jesús.

Los gracejos avanzan a las orillas de las alfombras, abriendo paso a la imagen.

Su presencia no es solamente parte del espectáculo.

Ellos explicaron que tienen la encomienda simbólica de proteger a Padre Jesús durante el recorrido.

Y entonces aparecen los chicotazos.

Los lanzan al aire y hacia los costados, siempre procurando mantener una distancia prudente y evitando lastimar a quienes acompañan la procesión.

Para quienes participan, esos sonidos tienen un significado particular: representan la intención de alejar las malas vibras y evitar que el demonio se acerque a la imagen de Padre Jesús.

Cada golpe del chicote se pierde entre la música, los gritos y el sonido de los pasos.

Y mientras los gracejos avanzan, detrás de ellos caminan familias enteras.

Algunas personas llevan años siguiendo la procesión.

Otras regresan cada año.

Y también están quienes participan por primera vez, quizá intentando comprender una tradición que para sus familias ha pasado de generación en generación.

Una ciudad convertida en altar

Durante la madrugada, las calles de Ciudad Serdán parecían no tener fin.

Una alfombra daba paso a otra.

Una familia esperaba en una esquina.

Una banda tocaba en algún punto del recorrido.

En otra calle, alguien ofrecía café caliente, pan o comida a quienes llevaban horas caminando.

Y en medio de todo estaba Padre Jesús.

La procesión de Padre Jesús en Ciudad Serdán convierte las calles en un altar durante “La noche que nadie duerme”.

Una de las tradiciones más significativas consiste en que, al avanzar por las calles, la imagen se detiene o gira durante algunos segundos —en ocasiones minutos— frente a los altares e imágenes que las familias colocan para recibirla.

Son momentos breves.

Pero para quienes esperan, parecen contener mucho más.

Hay quienes se acercan con las manos juntas.

Quienes levantan la mirada.

Quienes rezan.

Quienes simplemente permanecen en silencio.

Tal vez porque hay peticiones que no necesitan decirse en voz alta.

Y hay agradecimientos que tampoco caben en palabras.

Así transcurrió la madrugada.

Entre música, danzas, luces, colores, comida compartida y miles de pasos.

La ciudad permaneció despierta mientras sus habitantes acompañaban a Padre Jesús.

Cuando amaneció, la fe seguía caminando

Las horas pasaron.

La madrugada comenzó a convertirse lentamente en amanecer.

Las calles que horas antes estaban llenas de colores y personas comenzaron a recuperar poco a poco su silencio.

Pero la procesión continuaba.

Finalmente, alrededor de las 6:30 de la mañana, Padre Jesús regresó a la parroquia.

Habían pasado más de seis horas desde que salió.

Más de seis horas de caminar por las calles de Ciudad Serdán.

Más de seis horas de música, danzas, alfombras, altares y oración.

Para entonces, muchas personas seguramente llevaban sueño.

Los pies cansados.

El cuerpo agotado.

Pero quizá esa sea precisamente la esencia de “La noche que nadie duerme”.

Porque esa noche nadie duerme para acompañar.

Para agradecer.

Para pedir.

Para cumplir una promesa.

Para mantener viva una tradición.

Para estar cerca de Padre Jesús.

Cuando el día finalmente llegó, las calles comenzaron a quedarse vacías.

Las alfombras habían cumplido su propósito y poco a poco desaparecían bajo los pasos.

Pero aquello que realmente habían construido los vecinos no podía barrerse con el aserrín.

Porque una tradición como esta no se sostiene únicamente con colores, música o adornos.

Se sostiene con las manos de quienes trabajan durante horas.

Con los jóvenes que se convierten en gracejos.

Con las familias que abren las puertas de sus casas.

Con quienes preparan café y pan para los peregrinos.

Con quienes esperan durante la madrugada para ver pasar la imagen.

Y, sobre todo, con la fe de un pueblo que año con año vuelve a encontrarse en las calles para caminar junto a Padre Jesús.

En Ciudad Serdán, la noche terminó cuando amaneció.

Pero para quienes estuvieron ahí, quizá la fe apenas volvía a comenzar.