Viernes 20 de Noviembre de 2015
Por: Tere Mora Guillén Amo a Francia, hace tiempo la considero mi tierra adoptiva. Fui una joven afortunada que tuve el sueño de residir un tiempo en Paris con el pretexto de estudiar el idioma galo, llegué en octubre de 1985 a un hotelito de la rueTronchet, a un costado de la Madeleine, mi estadía ahí sería tan sólo de una semana porque luego del dos de noviembre, llegarían de vacacionar Pepe, Françoise, y sus hijos Marianne y David, quienes me brindaron su amistad, cariño y hospedaje en su casa, en Viroflay –a diez minutos del Palacio de Versalles-. Al cabo de unos días me condujeron y señalaron el camino de Viroflay a París y viceversa, en tren, llegaba a la GareMontparnasse, y de ahí seguía a pie rumbo a la Alliance Française ubicada en Boulevard Raspaill, dónde estudiaba de 7 a 11 del día, de lunes a viernes. Posteriormente me dedicaba a turistear y visitar cuanto museo, iglesia y monumento estaba a mi alcance, Marianne –una adorable adolescente- en aquellos tiempos, me auxiliaba en mis estudios de francés y hasta en señalarme como podía llegar en metro a la Maison de Victor Hugo o al Museo Rodin. Aunque ya conocía Paris en anteriores ocasiones con mis papás y hermanos, las visitas al Louvre, las caminatas por ChampsElyseés, el Centro Georges Pompidou, eran obligadas y cada vez más embelesada recorría la Ciudad Luz. Aunque eran otros tiempos, en alguna ocasión que me dirigía al Arco del Triunfo, llamó mi atención la presencia de soldados en las instalaciones del metro, me acerqué a uno de ellos y le pregunté qué pasaba, me respondió que custodiaban los monumentos emblemáticos de la Ciudad, porque había amenaza de un atentado. He de confesar que sentí miedo pero confiaba en que me encontraba protegida en un país seguro. Sin embargo, en una ocasión estaba en un Mac Donalds, cuando me vi platicando, de mesa a mesa con estudiantes iraquíes, marroquíes y de otras nacionalidades sobre diversos temas como el aborto y la migración. En ese momento nos hermanábamos a través del idioma francés. No fueron pocos los jóvenes que expresaban agradecimiento al país que nos cobijaba, a unos por el afán de aprender el idioma, a otros del mundo árabe o del oriente que al adquirir el francés, se les abrían las puertas a un orbe de oportunidades, al poderse expresar a través de un alfabeto en ves de utilizar ideogramas. Otros más realizaban estudios superiores. Entonces Paris era una fiesta, como diría Ernest Hemingway; y lo seguiría siendo por mucho tiempo más, en las múltiples visitas que he realizado a mi amado Paris. Pero regresando al otoño-invierno del 1985, de entonces a la fecha en un sinnúmero de ocasiones me he cuestionado hasta dónde la migración es sana para las naciones. Entiendo que Francia ha sido un país amigo, que ha proclamado desde su Revolución en 1789, la divisa de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Leyenda que en 1793 los parisinos pintaban en sus casas. Hoy a todas luces considero que la migración no es buena, que a nadie nos gusta que nos invadan nuestro espacio, que se ha convertido en un riesgo tener al enemigo en casa. El pasado viernes 13 de noviembre, lejos de supersticiones, fue un día fatal en que por la tarde, en cuanto me enteré de las noticias en mi cuenta de FaceBoock, inscribía: -Triste, muy triste… Mi París tan bonito, corren ríos de sangre esta tarde”. Hoy me pregunto cuántos ríos más deberán correr por diversas naciones, cuántas almas inocentes deberán morir luego de los atentados que nos ha tocado vivir. Aunado a lo anterior el avance de la tecnología sino físicamente, digitalmente acorta la distancia de las naciones y contribuye a armar la logística de los ataques a los terroristas. Los autores de los atentados en París se comunicaron poco antes de la matanza, a través de un sistema encriptado, con integrantes destacados del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés), según el diario estadounidense The New York Times, que cita fuentes de la investigación a ambos lados del Atlántico. Repudio la matanza de jóvenes en el Bataclan, en el Estadio, y calles de Francia, tanto como de quienes fallecieron en las torres gemelas de Nueva York, las muertes de inocentes en las guerras, de quienes han perdido la vida a causa de la violencia en este México Nuestro. No se justifican estos hechos indignantes que son resultado de fanatismos, de sin razón, de personas dementes. ¿A dónde hemos llegado? porque aunque no hay que generalizar, estamos en un mundo deshumanizado, en donde los maleantes no sólo se cubren el rostro en ocasiones, los hay que matan a inocentes para después ellos mismos quitarse la vida. Hoy el mundo está hambriento de tolerancia, de amor y de paz. La violencia sabido es, genera más violencia y sí, de continuar con la Ley del Talión y la sin razón, llegaremos a vislumbrar lo que muchos no queremos vivir,una Tercera Guerra Mundial. Correo: tere_mora_guillen@yahoo.com.mx