Viernes 18 de Diciembre de 2015
ALEXANDRA HAAS* Una mujer no obtiene un empleo “por­que está embarazada”; una persona de 63 años no lo obtiene “porque ya está grande”; una persona con dis­capacidad tampoco obtiene un empleo porque “no va a poder”. Estos son sólo algunos ejemplos de cómo en México, en la práctica cotidiana, las oportunidades laborales se restringen a un grupo determinado y reducido de personas. Se les nie­ga a muchos otros grupos el derecho a trabajar, “a tener la oportunidad de ganarse la vida median­te un trabajo libremente escogido o aceptado” y a contribuir al desarrollo del país. Se niegan estos derechos y oportunidades por la incapacidad que tenemos de superar creencias, prejuicios y estereo­tipos, y no por criterios objetivos. En México la discriminación es estructural en dos sentidos: el primero porque se construye sobre la base de actos cotidianos repetidos e invi­sibilizados, y el segundo, porque desde esa nor­malización se han creado normas y políticas y se han fundado relaciones discriminatorias. Discri­minamos todos los días, quizás sin conciencia de ello, en todos los ámbitos de la vida nacional –al seno de las familias, en la escuela y en los lugares de trabajo. El sexo de las personas, su edad, sus condiciones de salud, su pertenencia étnica u ori­gen nacional, su condición social o económica, si están embarazadas, si hablan otro idioma, si prac­tican otra religión, si tienen opiniones distintas a la propia o una orientación sexual distinta a la hete­rosexual, su estado civil, todos siguen siendo con­siderados motivos válidos para restringir o impe­dir el acceso de alguna persona a un trabajo. ¿Cuál es la relación de estas características con el desem­peño laboral? Ninguna, en principio. Salvo que se parta de la premisa de que sólo hombres hetero­sexuales, sin VIH, menores de 50 años, casados, provenientes de universidades privadas y que no sean ni indígenas ni extranjeros son competen­tes para trabajar. Todas estas ideas preconcebidas están fundadas en mitos y no en datos. De acuerdo con un estudio de 2014, por ejemplo, una mayor diversidad de género en la gestión de las empresas coincide con un mejor des­empeño financiero y altas valoraciones bursátiles. Sin embargo, las empresas mexicanas siguen castigando a las mujeres en el mercado laboral. Hoy, México cuen­ta con una población en edad de trabajar compuesta por 47.5 por ciento de hombres y 52.5 por ciento de mujeres. Sólo 38 por ciento de las mujeres (en compa­ración con 61.9 por ciento de hombres) forman parte de la población económicamente activa. Habrá mujeres que decidan no buscar trabajo por decisión voluntaria. Pero ante la realidad de que las mujeres que sí trabajan, trabajan más horas y ganan menos dinero en promedio que sus pares hom­bres, tampoco hay grandes alicientes para ingre­sar al mercado laboral. Si se suma a ello que todas las flechas apuntan a que las mujeres son las úni­cas responsables del cuidado de padres y madres, hijos e hijas, –aunque también es un error no reco­nocer la contribución económica de las mujeres a la economía por esta vía- lo que hay en México no es un techo de cristal sino una muralla de cemento que impide que las mujeres ingresen y se manten­gan exitosamente en el mercado laboral. Hoy, entra en vigor una poderosa herramienta de cambio: la Norma Mexicana en Igualdad Laboral y No Discriminación, que establece claros parámetros de conducta que todos los centros de trabajo, públicos y privados pueden implementar para ser más inclu­yentes y sacarle el máximo provecho a la diversidad del país. El sector público, el privado y las asociacio­nes civiles, están invitados a certificarse en prácticas de igualdad laboral y no discriminación, que no solo favorece atraer y retener a más y mejor talento, sino que está comprobado elevan los niveles de producti­vidad y apoyan la consecución exitosa de sus objeti­vos institucionales o de negocio. En un país que verá su bono demográfico rever­tirse en 10 años, y que observa paulatinamente el envejecimiento de su población, la inclusión laboral es urgente, por un imperativo constitucional, pero también en la consecución de los fines de desarro­llo que el país se ha planteado. Si se busca compe­tir globalmente, se requiere transformar la mane­ra en la que se piensa en la fuerza laboral, es decir, dejar de lado estereotipos sobre quienes pueden realizar qué tareas y empezar a adecuar las institu­ciones y las políticas para incluir a las personas y aprovechar sus talentos, y así responder a los retos de una nueva era para el desarrollo. La discriminación en el trabajo es la queja más fre­cuente que ha recibido el Conapred desde 2011 con un total de 2 mil 42 casos relacionados con embara­zo, condición de salud, género, apariencia física y dis­capacidad, como motivos principales de queja en el ámbito laboral. El problema no es marginal sino cen­tral al devenir de la Nación. Si no se crean condiciones estructurales de inclusión económica no habrá mane­ra de competir en la economía global, no habrá mane­ra de desarrollarse, no habrá manera de mejorar las condiciones de vida de las y los mexicanos. *Presidenta de Conapred