Escúchenme porque no diré nada

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Elsa DIEZ


27 Sep 2016

Pleno de debates, nuestro entorno tiene debatólogos en las asambleas, las calles, los trabajos, los grupos de amigos y también entre desconocidos. Alguien siempre tiene algo que decir lo suficientemente importante para entrecortar las conversaciones, acabar las frases de los otros, escribir más aprisa como si las ideas propias fueran a perderse por no sacarlas de inmediato del entorno de nuestras redes neuronales.

Salimos a la calle a gritar que no nos quiten la voz, o que hay que encontrar nuestra voz o que nuestra voz es más voz que otras que también salen a la calle a lo mismo. Con banderas que significan algo, con letreros que son la prolongación de nuestras velocísimas ideas porque es indispensable estar todos en todo, expresar para ajenos y propios los amores, los disgustos, las injusticias tangibles y las imaginarias, las reconocidas y las que aún no se han inventado, debemos salir a decir que algo nos importa.

Para que nuestra presencia cuente, para que nuestra existencia sea válida, estamos obligados a estar informados, luego a expresarnos de inmediato porque después de informarnos lo siguiente es ser escuchados, no escuchar porque de todos modos nadie oye. Porque a la representación política la ha sustituido la presentación, como si la democracia fuera una cuestión de enfrentar a la ausencia con la presencia.

Al equiparar el sonido de nuestra voz con la presencia, la escucha no equivale sino a la ausencia, peor aún, a la indiferencia. Quienes no estamos listos para emitir una opinión, cualquiera que sea, incluso después de informarnos concienzudamente, estamos condenados a ser tildados de tibios, pusilánimes y tradicionalistas, como si quedarnos callados y escuchar qué dicen los demás fuera el signo inequívoco de que no tenemos nada que decir porque no sabemos pensar.

Lo de hoy es expresarse lo más rápido posible porque de lo contrario nuestra voz no será escuchada. Incluso peor: nuestra voz será representada por otros y a los leídos e informados nadie los representa mejor que ellos mismos.

Y aunque escuchar también requiere presencia porque hay que estar bien pegadito al otro que está hablando, mientras que para decir nomás hace falta tener boca, estos tiempos dictan que hay que hablar, de lo contrario alguien menos perfecto que uno mismo habla en tu nombre y eso es inconcebible.

Luego, la presencia se ha vuelto un hacerse presente en una actividad mostratoria de la presencia o, mejor dicho, hay que representar nuestra presencia. Ya no basta con estar, hay que mostrar que se está. ¿Se puede mostrar que se está por carta? No, porque son anacrónicas por su falta de practicidad. ¿Escribimos un texto crítico? No, porque un texto crítico tendrá el sesgo inevitable de la intelectualidad privilegiada. ¿Emitimos al aire una opinión? No, porque las nuevas buenas consciencias la descalificarán por no haber surgido de los mismos contextos en que surgieron las suyas. El único modo de mostrar que estamos es a través de un ejercicio ourobórico consistente en mostrar que estamos mostrando que estamos.

Esto no significa que haya que dejar de hablar, ni de salir para decir algo. Pero, ¿cómo discernir entonces si salgo a la calle a gritar una consigna o si salgo a la calle con la intención inefable de quien va para no quedarse atrás en la aparición estelar de no dejar de estar donde hay que estar? ¿Cómo diferencio una manifestación de una multitud yendo de compras? ¿Por las banderas y pancartas en lugar de las bolsas de marca? Porque cada corriente política se ha vuelto un supermercado ideológico autista en el cual escogemos productos que nos diferencien del resto y en el que están agotadas las orejas para escuchar pero hay sobreproducción de altavoces. No se trata de dejar de hablar, de hacer o de salir; es darnos la oportunidad de poder hacerlo a todos y para eso es necesario también callarse.

¿Cómo se puede hablar, hacer y salir y, a la vez callar, escuchar y ausentarse para que los otros puedan también hablar, hacer y salir y no colapsar el lugar donde todos vivimos? ¿Desde cuándo hablar y producir son activos y escuchar y recibir son pasivos? ¿Podremos dejar hablar para empezar a escuchar sin cortar esa conversación? No lo sé. Estoy escuchando, a ver si se oye el silencio y, en el silencio, escucho la respuesta. Escuchar no sólo es oír, es hacer el esfuerzo tremendo de poder escuchar, de filtrar, de callar, de no sólo reaccionar. Escuchar es asegurarle al otro, cualquier otro, la posibilidad de hablar. Al derecho fundamental de que toda persona tenga voz para hablar debería agregársele el ejercicio de su derecho, y obligación, de escuchar porque no podrá haber algo diferente si no lo hacemos. A menos que lo único que deseemos sea que se advierta nuestra presencia, los discursos que seguiremos oyendo se resumen en: "Hagan el favor de escucharme porque no pienso decir nada, salvo que aquí estoy."

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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