Israel Galván, un faquir sobre la cama del dinero

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Alfonso ARMADA


03 Oct 2016

Escribo a oscuras, sin poder quitar los ojos del escenario desde el primer momento, cuando Israel Galván sale con su atril y su partitura y empieza a reírse del énfasis, de la gola, de la herrumbre, de la seriedad impostada del que piensa que con cara de palo se consigue un arte más sublime. Se ríe mientras recita y la violinista, que (como después se verá) también sabe tocar la guitarra eléctrica, y la flauta, traduce al inglés hasta las onomatopeyas, que es lo más difícil de traducir, y que acaso nos dé una pista sobre el alma de los animales.

Entra, con luz cruda, con luz de ensayo, y con el ensayo ante nosotros, casi sin avisar, prueba, pasa páginas, sale y vuelve a entrar, y marca la pauta de lo que ni sospechamos que será FLA.CO.MEN. Entra entonces la luz de escena y se hace la noche y nos damos cuenta de que con ese pequeño gesto ya ha metido la vida en el teatro y no por eso nos hará olvidar que el bailarín/bailaor está jugando, está buscando, está probando, que no quiere decir que esté improvisando ante nosotros, el público, aunque a veces pudiera dar esa sensación. Será cosa de la frescura que requiere tantos ensayos para llegar al estado de gracia. Para que el arte parezca espontáneo. El violín rasca la madera y yo escribo porque veo y escribo a ciegas como si quisiera ver lo que nunca veo. Busca filos Eloisa Cantón como los busca Israel Galván, a quien desde que le vi bailar en un teatro de Nueva York he deseado volver a ver. Y desde que he vuelto a ver en los Teatros del Canal ya nunca querré dejar de ver, aunque pierda pie, aunque se pierda, porque tiene la virtud de ser libre porque es cabal, y porque tiene el talento para compartir lo que tiene con otros que buscan con él como si en el buscar, y encontrar, claro, les fuera la vida.

A veces como Buster Keaton, a veces como John Cage, juega Israel Galván como en una selva infantil llena de signos y de ritos, con la seriedad de un niño que juega, como supo ver Nietzsche y, anteayer, el novelista Ian McEwan de Niños en el tiempo. Uno de los dos miembros del Proyecto Lorca (formado por Juan Jiménez Alba y Antonio Moreno: percusiones y viento, timbales y saxo, dulzaina y tambor, marimba y viento), que no consigo distinguir, hará sonar el agua en una de esas tinajas de zinc en las que nuestras madres lavaban con agua y añil nuestra infancia. En más de una ocasión le pedirá a un músico que espere y en más de una ocasión le pedirá el músico (y músico es también el cantante como lo es el cantaor) le pedirá al bailarín/bailaor que espere, acaso porque está buscando, acaso porque ha encontrado ya, acaso porque la emoción hay que embridarla, acaso porque teme extraviarse, acaso porque sabe y teme que para llegar adonde quiere es preciso extraviarse, aunque no embriagarse, aunque a veces nos embriague todo lo que Israel Galván convoca en escena para que compartamos con él su mesa. Porque no hay aquí gestos gratuitos, sino genuinos, aunque a la depuración se ha llegado por descarte, por oído fino, sinestesia, conjunción de los talentos. Que no es este FLA.CO.MEN solo baile, sino concierto, y no solo concierto sino recital, y no solo recital sino performance, y no solo performance sino teatro, para acabar el río embridado desembocando… ¿Dónde? En el teatro. Con David Lagos y Tomás de Perrate al canto y al cante, y Caracafé a la guitarra y al baile. Veremos que lo que ahí va cuajando, cuando la luz cae cenital y en ese haz se pone Israel a taconear como si con los pies enfundados en hierro y gamuza y cuero y yesca estuviera leyendo el tiempo que hace, el periódico de hoy, una ametralladora mansa, portátil, que no mata sino que habla en Morse, mientras las manos se columpian, dirigen una orquesta silenciosa y atenta, que es la que está detrás, acompañando y saliendo como una procesión laica, que es la del arte, que es la que busca en este valle de lágrimas y tantas desolaciones, y que sin embargo esta tarde es de dicha, es de infancia, es de hallazgo, que nos hace felices como a niños que van a ser responsables y recogerán los juguetes cuando llegue la noche. Y cogerá el bailarín/bailaor la bota blanca de yeso, escayola blanquísima, máscara mortuoria de la cara del bailaor/bailarín, que no en vano sus pies son el espejo de su alma, para hacerla trizas de un pisotón. Bota hueca, que hizo sonar como si fuera un tambor y que acaso nos diga de la fragilidad de todo lo que hacemos y de las huellas de nuestra vida que no son sino rayas en el agua. Porque a Israel Galván hay que leerlo entero, desde la cruz a la fecha, desde la coronilla hasta la punta del dedo gordo del pie.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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