Una generación formada en la violencia

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Martín CORONA


26 Ene 2017

La violencia es el pan de cada día en nuestra cultura, verbal y física, visual y auditiva, la violencia es casi una religión en el mundo actual. El lenguaje del éxito y la mejora social está lleno de palabras que evocan y construyen una manera violenta de ser y estar en el mundo, ya que se construyen a través de la anulación del otro, de ser mejor que los demás y superarlos.

Y si además analizamos los discursos del cine, de la televisión, la literatura, los comerciales y hasta las formas estándar de las relaciones de pareja nos queda clarísimo que hablamos de muchísima violencia cotidiana. Los productos audiovisuales en la actualidad están plagados de armas, desde muy pequeños nuestros hijos están expuestos a mirar cómo las armas sirven para "cuidarse y combatir". Los juegos de niños en preescolar tienen pistolas, bombas, armas y muertos por doquier.

Los superhéroes que plantea el cine y las series son personas lastimadas emocionalmente con poderes que sólo pueden usar para golpear, violentar y destruir al mal. Tomando como la maldad aquello que no encaja en el orden de su ciudad, negando cualquier diversidad. Los superhéroes sólo saben golpear, destruir y matar.

Los videojuegos y sus estructuras narrativas están basados en la violencia y la competencia, en la destrucción de los más pequeños, en la invención de un enemigo y en armas, dolor, destrucción sistemática.

Si partimos de que el humano y su forma de actuar en el mundo es el reflejo pleno de lo que vive, que su programación –por decirlo de algún modo– se debe a los estímulos e información que tiene a mano, entonces queda muy claro algo: nuestra sociedad y cultura está creando seres violentos.

Pero, ¿para qué? Si partimos de la vieja idea militar de que la guerra es "una purga necesaria para la humanidad", pues en lugar de hacer una sola guerra donde mueren miles, ahora se estila tener microguerras que hagan esa misma suma, pero sin toda la inversión económica que requiere un combate enorme y la misma ganancia. Sin embargo, un arma sólo sirve para una cosa: matar, destruir la vida de otro u otros.

Finalmente, como casi todo lo que ocurre en nuestra sociedad pareciera reducirse a algo muy simple: dinero. Las producciones de cine, tele y redes sociales apoyan a proyectos que incluyan armas; no es casual que entre más inversión más armas y violencia. A esto le sumamos que –al menos en México– los negocios de la ilegalidad, tales como el narco, la trata de personas, el robo, entre otros tienen como bandera emocional la violencia.

La narco cultura es un esquema de violencia explícita y brutalidad, las crónicas acerca de prostitución y secuestros llegan a extremos absurdos. Y en ese contexto, con información explícita corriendo por las redes sociales crece una generación está convencida de que la violencia, del rencor y el odio, las armas y el asesinato son posibilidades factibles y verdaderas para estar en el mundo.

Encima, el escándalo y supuesto dolor de la gente por un chico de secundaria que dispara a su maestra y compañeros para suicidarse después se olvida igual que cualquier otro tren del mame (trending topic). Ahora se inundan las redes del nuevo chisme-chiste mediático, sin importar que sea un gatito o el presidente del país del dólar. Parece que en verdad creyeran que revisando las mochilas para que no entren pistolas a las escuelas podrán detener las ideas y formas de una generación adicta a la violencia.

Si pudiéramos al menos mirar nuestra propia violencia, darnos cuenta de todo lo que permitimos que entre en nuestra forma de ver el mundo y el de nuestros hijos. Pero está tan integrado a nuestra visión que seguiremos "luchando" por ser mejores cada día, combatiendo por tener más y ser mejores que los demás. En lugar de entendernos como los seres comunitarios y codependientes de la manada que somos en realidad. Terminaré diciendo que cada vez que se detona un arma, hay un fabricante que gana dinero, un banco que sube sus acciones y, como siempre, en tanto nosotros estemos peleando, seguiremos necesitando que un grupo social sea político, económico o ideológico dirija los ejes colectivos de nuestra realidad.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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