Morir en la raya, o ampliar horizontes

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Desde que tomó protesta el 20 de enero, Donald Trump, "líder del mundo libre", comenzó a hacer efectivas muchas de sus promesas de campaña a través de decretos presidenciales. A 2 semanas del inicio de esta administración, uno de los temas fundamentales para el nuevo POTUS es la relación bilateral con México, principalmente en lo que respecta al polémico muro fronterizo, así como al futuro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, mejor conocido como TLCAN.

Se dice comúnmente que "cuando a Estados Unidos le da gripe, a México le da pulmonía", sobre todo por la fuerte dependencia que las exportaciones mexicanas tienen respecto a la economía estadounidense (75% de las exportaciones de México tienen como destino Estados Unidos). Ante la incertidumbre sobre el futuro de esta relación, México se encuentra en su punto de inflexión: "morir en la raya" con Estados Unidos, o abrir las alas y ampliar horizontes.

Uno de esos horizontes es, sin duda, América Latina. En administraciones pasadas, la política exterior de México tuvo entre sus prioridades el estrechamiento de relaciones y cooperación con Latinoamérica. Participaba activamente en la Cumbre de Río como compromiso de continuidad del Grupo Contadora, se adscribió al Mercosur como Estado Observador e incluso, fue artífice de la creación de la CELAC, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. México, en la década de los 2000, compartió con Brasil el liderazgo de la región.

Ese liderazgo quedó atrás, desde 2012, cuando la política exterior de la nueva administración se centró en la relación con Norteamérica y con Asia-Pacífico. El lugar que dejó México fue ocupado por Chile, quien, si bien históricamente menospreció a su propia región durante décadas, fortaleció la relación con sus vecinos desde la primera gestión de Michelle Bachelet.

La relación actual entre México y América Latina es, en el papel, estrecha; en la práctica, fría y distante. A pesar de ello, tras las declaraciones de desdeño hacia México hechas por el presidente Donald Trump, Jefes de Estado como Evo Morales (Bolivia), Nicolás Maduro (Venezuela) y Rafael Correa (Ecuador) han salido en defensa de México. La reacción de la cancillería mexicana ante esta oleada de apoyo latinoamericano, nula. El pasado 24 de enero, arrancó la V Cumbre de la CELAC, celebrada en la paradisiaca Punta Cana. Esta cumbre, reuniría a los jefes de Estado de los 33 países que integran el organismo. México fue uno de los tantos ausentes, cancelando su participación para dar prioridad a la planeación de la visita a Washington DC, misma que eventualmente canceló.

Este es el momento de México para replantear la política exterior y para retomar el liderazgo en América Latina; si no con lo que queda de la actual administración, entonces con la siguiente. Brasil, por el momento, se ocupa de sus propios asuntos tras el escándalo del Impeachment de Dilma Rousseff y el polémico nombramiento de Michel Temer. Chile no la está pasando bien con los casos de corrupción que han alcanzado la presidencia de Bachelet, así como con la desaceleración económica del país. De Argentina, con el presidente Macri, ya ni hablamos.

La realidad es que América Latina tiene un elevado potencial de crecimiento. Como región, tiene una población de 633 millones, un producto interno bruto de 7.6 billones de dólares, es la tercera potencia económica a nivel mundial y el primer productor de alimentos en el mundo. Nada despreciable.

No obstante, por los problemas al interior de cada Estado, así como por la falta de interés genuino para la cooperación regional, aunado a la ausencia de un liderazgo claro y fuerte, la integración latinoamericana peligra. Si México necesita nuevos horizontes, y Latinoamérica necesita un nuevo líder, debería México darse una nueva oportunidad para reconciliarse, en términos pragmáticos, con nuestros vecinos del sur.

Mary Carmen Peloche Barrera

Internacionalista del Tecnológico de Monterrey

mcpeloche@itesm.mx

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