Otro año, otra rosa…

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No es que a las mujeres no nos gusten las flores, ni que le veamos el lado negativo a las buenas intenciones de aquellos que consideran, que al darnos una rosa este 8 de marzo, están conmemorando el día internacional de la Mujer.

Han pasado ciento setenta años desde aquel marzo, en que murieron trágicamente varias mujeres en Nueva York, que peleaban por el reconocimiento de sus derechos laborales y a pesar del tiempo, quedan muchas cosas por hacer en relación al ejercicio efectivo de los derechos humanos de las mujeres.

No se trata solamente de hacer reformas legales que consagren la libertad e igualdad material de las mujeres, el cambio estructural va más allá de solo modificar artículos constitucionales y promulgar leyes que garanticen al menos desde la perspectiva formal la protección de este grupo de derechos.

A lo largo de veinte años de trabajar como tallerista de derechos humanos, he podido ser testigo de las diferentes formas que ha tomado esta lucha por el reconocimiento irrestricto de la dignidad de las mujeres y desafortunadamente me atrevo afirmar, que las cosas no van mejor, al contrario, hemos llegado en algunos casos a tal polarización que inclusive se ha acuñado el término femininazi.

La primera vez que lo escuche, fue de boca de un grupo, al confirmarles que era yo feminista inmediatamente me cuestionaron sobre el alcance de mi postura feminista y concretamente si era yo de plano femininazi

¿Cómo? de verdad no alcanzaba a comprender el sentido el término, entonces, ahora no solo además del estigma que implicaba ser mujer y feminista, ¿eramos nazis?

Lo peor de todo, es que no solo consideran fundamentado este nuevo término los hombres, sino también mujeres que afirman, que el feminismo y su lucha por el reconocimiento de los derechos de las mujeres está siendo llevada a límites más allá de lo normal…

Con este planteamiento, perdemos de vista, que es gracias a esta lucha -la que por cierto, no solo es de mujeres sino también de hombres que consideran que la libertad e igualdad es inherente al ser humano sin importar el sexo-, que podemos estudiar lo que nos gusta, elegir nuestro lugar de trabajo, expresar nuestras opiniones, compartir de manera equitativa responsabilidades, dicho en otras palabras, vivir la realidad de la manera en que lo hacemos.

Desafortunadamente esta verdad innegable, no la percibe o no les conviene percibirla, a este sector social que tiende a satanizar la lucha de los derechos humanos de las mujeres, que le gusta denostar y ridiculizar el esfuerzo colectivo por vivir en sociedad más equitativa.

Esta polarización sin fundamento, no ayuda a la transformación estructural que necesitamos como sociedad para el ejercicio eficaz de los derechos humanos, implica la modificación de conductas que repetimos y que violentan la dignidad esencial de las mujeres.

La necesidad de un cambio en la forma de ver la vida, no se posterga con gastar miles de pesos este 8 de marzo en rosas rojas, amarillas o blancas, entregadas eso sí, con una tarjetita de felicitación y una gran sonrisa.

El respeto de los derechos de las hijas, hermanas, madres, abuelas, niñas y mujeres que cotidianamente sufren violencia y discriminación, debe repensarse y ejercitarse todos los días del año.

*Maestra de Cátedra del Tecnológico de Monterrey en Puebla

carminapazatiempo@gmail.com

*Las opiniones vertidas en este espacio no reflejan el ideario del Tecnológico de Monterrey en Puebla

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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