Horizontes

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Tere MORA GUILLÉN


13 Jun 2017

En calles y avenidas de nuestro México, es común encontrar a niños que ejercen de malabaristas, payasitos, limpia vidrios, o que ofrecen todo tipo de chuchulucos a cambio de unas monedas.

Niños que se rifan la vida literalmente, por ganarse el pan de cada día. Con motivo del Día Internacional contra el Trabajo Infantil, la UNAM informa que en nuestro país habitan 3.6 millones de niños que laboran, la mayoría está en la pobreza y vive en situación de calle.

Obviamente estos menores están expuestos a adquirir alguna adicción o a delinquir, después de todo con las carencias y los peligros que enfrentan, igual les da vivir que morir. Son estos niños a los que muchos miran con desprecio, tildan de mugrosos.

Estos, nuestros niños en su andar del día a día, en muchas ocasiones sin núcleo familiar ni orientación, van sumando resentimientos, conociendo el hambre, el odio, la injusticia, la humillación, el cansancio, el desánimo y soledad, por citar sólo algunos.

Tal es la situación que la esperanza de vida de estos niños es hasta 25 años de edad, vergüenza debe darnos a gobierno y sociedad, ver la problemática que enfrentan nuestros menores en situación de calle; sólo muy pocos seis de cada diez, logran subsistir de manera informal pero honesta, y aún son menos los que llegan a egresar de una institución de educación superior.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) afirma que el trabajo infantil pone en riesgo a los niños y viola sus derechos, ya que los priva de una educación o les representa asumir una doble carga: el trabajo y la escuela.

Querer ayudar a tan sólo uno de estos niños es un problema serio. Aún recuerdo cuando intercedí a favor de uno de estos jóvenes, quien aún con un empleo de ocho horas al día en una dependencia gubernamental, logró obtener con excelencia el certificado de primaria; así promoví que ingresara a una escuela secundaria, al vivir con su mamá y cinco hermanos, se vio en la necesidad de buscar un segundo empleo nocturno, era visible el desgaste físico del chico, la inanición, las ojeras y a ratos parecía que hasta el brillo de sus ojos se extinguía.

Llegué a pensar en obsequiarle la comida al menos los cinco días hábiles de la semana; poco lo pensé y determiné no hacerlo porque más que un bien, le haría un mal. Primero, porque el menor si yo le compartía un pan lo guardaba para distribuirlo en casa, a sus también hambrientos hermanos, y segundo, porque si algún día salía yo de ahí quién se encargaría de tenderle una mano. Sé que Dios siempre está presente, y hoy no sé cuál es el destino del joven; mi intención en todo caso era la mejor, que descubriera un nuevo horizonte al continuar sus estudios y quizá que forjara un mejor futuro.

Cuántas historias de este tipo habrá en este México nuestro, quiero pensar que hay muchas personas que de manera desinteresada apoyan a otro ser humano, sobre todo cuando a pesar de las circunstancias y desventura, un niño o un joven muestran la disposición y las ganas de salir adelante.

Estoy convencida de que hay niños a los que les apasionan los números, a otros las letras, el campo, la geografía, la química, o la historia. Niños y niñas que aunque pasan hambre y se encuentran en pobreza extrema, tienen aún más sueños y ganas de salir adelante.

Como soñadora empedernida me gusta pensar que entre todos podemos forjar un mundo mejor, luchar porque cada niño de nuestro planeta tenga garantizado el acceso a la educación y a servicios de salud. Celebro que en México y el mundo haya organizaciones y personas que se dedican a velar por el bienestar de nuestros menores, que al fin y al cabo, los niños son nuestro motor, quienes nos arrancan carcajadas y contribuyen con su imaginación a construir mundos inimaginables; son ellos nuestra esperanza de que habrá un mejor mañana.

tere_mora_guillén@yahoo.com.mx

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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