Cartel Land, los límites del derecho a defenderse

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Yussel DARDÓN


30 Jun 2017

A finales de 2012 y principios de 2013 México supo de la existencia de un grupo de ciudadanos que decidieron armarse para defender a los suyos, su tierra y su patrimonio, e impedir que el crimen organizado continuara maniatando su libertad.

Las llamadas Autodefensas de Michoacán se establecieron como escuadrones de vigilancia en algunos de los pueblos más golpeados por la delincuencia, en específico por el cartel de Los Caballeros Templarios. Los nombres de José Manuel Mireles, Hipólito Mora y Estanislao Beltrán, "Papá Pitufo", se integraron a las conversaciones del día a día en México.

Del otro lado de la frontera, en Arizona, Estados Unidos, otro grupo de civiles comandado por Tim "Nailer" Foley tomó las armas para impedir que los "extraños" corrompieran el american way of life, les quitaran oportunidades de trabajo y les llevaran, según palabras de ellos, la violencia extrema que se desató desde que en México se le declaró la guerra al narcotráfico.

Así, el Arizona Border Recon se constituyó como una fuerza cazainmigrantes, amparados bajo la Segunda Enmienda de los Estados Unidos, una labor que tiene mucho de racismo y que parte del temor a lo desconocido y a la negativa de que "el país donde los sueños se hacen realidad" les falló en ofrecerles empleo, seguridad social, bienestar y estabilidad.

Si bien ambos movimientos parten del común de ciudadanos que toman las armas para defender lo que consideran suyo no se corresponden de alguna otra forma, pues mientras en un caso la violencia aparece como un fantasma -en el sentido de que aterra sin ser visto bien a bien- en el otro aparece como el pan de cada día, incluso amparado por las mismas autoridades e instituciones que deben encargarse de mitigar tanto su impacto como su existencia.

Pero, ¿hasta dónde es válido que un grupo de personas tome las armas para defenderse del crimen organizado, en una lucha en la que se involucra tráfico de drogas, secuestro, extorsión y corrupción, pasando por encima de la ley y estableciendo un código en el que no existe la figura del "presunto culpable"? ¿Hasta dónde es permisible que ciudadanos adopten una postura de "vigilantes" para cazar lo que ellos llaman delincuentes, enfundados en un patriotismo malentendido?

Estas preguntas son las que aborda el documental Cartel Land (EEUU, 2015) del director Matthew Heineman, quien de alguna manera pretende trazar paralelismos entre ambos casos para explicar la violencia en una de las regiones más violentas de México, así como la paranoia que existe en su frontera con Estados Unidos.

El filme galardonado en el Sundance Film Festival 2015, que premia el cine independiente, trata de explicar ambos fenómenos, a pesar de que la historia se inclina hacia el lado mexicano porque la situación se vuelve más compleja que un simple tema de seguridad, y donde la línea de lo bueno y lo malo se difumina poco a poco.

Heineman se adentra a la tragedia michoacana para mostrar que lo atroz no es unilateral sino que proviene de distintos ángulos. El trabajo incluye puntos de vista de miembros de las Autodefensas, grabaciones de tiroteos, sesiones de tortura, interrogatorios arbitrarios, discordancias y hasta lo que me parece el mejor acierto del documental: una entrevista con un elemento del crimen organizado -que utiliza un uniforme de fuerzas de seguridad avaladas por el Estado- mientras "cocina" metanfetamina; es este sujeto el que frente a la cámara acepta que están haciendo daño pero que al ser personas de bajos recursos no les queda de otra, además de que no piensa dejar de hacer la droga que en su mayoría envían a los Estados Unidos porque "ya mero viene lo bueno".

Cartel Land pone de manifiesto el fracaso de la estrategia del gobierno federal de regular a las Autodefensas, empadronando en 2014 a sus elementos y registrando sus armas, integrándose a lo que hoy se conoce como Fuerza Rural, un cuerpo de seguridad del que se ha denunciado formó un cártel propio para remplazar a los ya casi desmantelados Caballeros Templarios.

En el filme, uno de los entrevistados revela que son los mismos elementos de la Fuerza Rural quienes cocinan la metanfetamina, que células del crimen organizado les proporcionan armas, dinero y hasta vehículos, que todo está corrupto y que esta guerra no tiene fin pues "Michoacán cocina (metanfetamina), Sinaloa cocina, Guerrero cocina".

Cartel Land (Tierra de Cárteles en México) fue preseleccionada durante esta semana por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas estadounidense para competir en los premios Oscar, junto a otros documentales como Where to Invade Next, de Michael Moore, las biopics He Named Me Malala y Amy, así como Winter on Fire, una producción de Netflix sobre la guerra en Ucrania, entre otras.

Sin duda el trabajo de Heineman, aunque cojea en algunos momentos y se muestra un tanto irregular al establecer paralelismos, es un documento valioso para tratar de entender una parte de la violencia en nuestro país.

En una entrevista publicada en Forbes México, Heineman se pregunta: "¿Qué haría? ¿Qué haría si mi hermana fuera violada por un cártel? Si estuviera en la misma situación, ¿tomaría un arma? ¿Combatiría la violencia con violencia? ¿Es justo? ¿Es correcto? ¿Son sustentables los vigilantes? Son cuestiones en las que constantemente reflexionaba y preguntaba. La película evoca esas mismas preguntas… ¿tú qué harías?"

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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