Tengo deseos de verlo en pasta dura

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Federico VITE


05 Sep 2017

En septiembre de 1985, David Foster Wallace envió una carta al presidente de la agencia literaria Hill Associates en la que manifestaba su anhelo porque esa firma le buscara una editorial a su novela La escoba del sistema (The broom of de system). La respuesta fue favorable y dos años después se dio a conocer ese libro en Viking Press. En la carta, el entonces joven de veintitrés años manifestaba una preocupación esencial: "Me recomiendan esta agencia porque se interesa por la escritura fresca y joven". Sin la ayuda de Frederick Hill, Wallace hubiera tardado un poco más en mostrar su novela, con la que ingresa al continente literario.

La figura del agente literario en México es tildada de mamona; la ven real sólo para los masters, para quienes ya la hicieron, pero no es sano pensar de esa manera.

Me viene a la cabeza una de las anécdotas más socorridas en beneficio de los agentes, no precisamente a favor del lector. Resulta que Isabel Allende estuvo buscando editorial para que le publicaran La casa de los espíritus. Anduvo del tingo al tango recopilando dictámenes, negativos casi todos ellos. En esas cartas de rechazo se mencionaba que la autora no tenía conocimiento del pulso literario y que plagiaba el trabajo de Gabriel García Márquez. Total que Allende, completamente desconocida en el mundo literario, recibió un sabio consejo: enviar su manuscrito a la agencia de Carmen Balcells, en Barcelona, la principal impulsora del boom de la literatura latinoamericana: actualmente representa a Vargas Llosa, Isabel Allende y otros escritores que descubrieron tardíamente el boom. Para Allende, después de hablar con la señora Balcells, llegó una propuesta con la editorial Sudamericana, en 1982. Más tarde, la fama, el dinero y los viajes serían parte de la vida de esta señora de alto copete.

Otro de los caballeros que recomienda contratar agente literario es Stephen King. En su libro Mientras Escribo sugiere que los candidatos a escritores busquen agentes de confianza. Cito a King: "Hay que encararse con los agentes, hablarles, bromear, hacerlos nuestros consejeros porque si no están dispuestos a aceptar nuestra vida y nuestra obra, posiblemente ningún editor lo haga; pero lo esencial es que los agentes no pierden la paciencia, no se cansan, no tienen la relación emocional con el libro, como el autor".

Siendo sincero, yo he recibido más de cien dictámenes negativos; han bateado caso todos mis textos de prestigiosas empresas, de inmaculadas e históricas editoriales; por ejemplo, Ediciones B, Era, Cal y Arena, Planeta, Almadía, Fondo de Cultura Económica, FicticiaRandom House Mondadori, Ediciones Valdemar, Tusquets, Entropía, Editorial Jus, Sexto piso, la editorial de la UNAM, Malpaso, Páginas de Espuma, etcétera, largo etcétera, largo, largo etcétera. Gracias a estos rechazos, mi trabajo ha tenido cabida en otras gavetas e incluso en otros idiomas, pero el asunto real es que los encargados de escribir los dictámenes negativos ostentan su odio y desean aniquilar cualquier deseo de seguir escribiendo. ¿Por qué será? ¿Alguien los azuza para que su veneno petrifique mi corazón?

Atesoro las respuestas de los iracundos amanuenses que arman el discurso del rechazo; algunos me han recomendado no escribir más porque no tengo talento, y puede ser cierto, pero soy necio pues; en otras ocasiones me han señalado linduras: "Sus historias son muy tristes y contravienen los intereses comerciales de esta colección". Una que me parece enmarcable -de hecho preside la cabecera de mi alcoba- es: "Notamos que la exploración de la violencia y la masculinidad en su novela no son de nuestro agrado. Recomendamos que deje de escribir y enfoque sus energías y preocupaciones en otras actividades que le darán motivos de alegría". Simpática, ¿no? Aunque la experiencia más terrorífica que he sufrido, tal vez por falta de un agente, es con el fondo editorial de la Universidad Autónoma de Puebla. Entrego el manuscrito y espero. Cinco meses después me comunico telefónicamente para saber si ya tienen mi dictamen. La secretaría descubre, tras una búsqueda superficial que yo presencio auditivamente, que mi manuscrito se perdió. "Desde que lo dejó no lo encontramos, pero ya tenemos el dictamen. Lamento decirle que fue negativo. ¿Viene por su carta?", detalló. En ese documento argüían -otra vez los amanuenses iracundos- que mi novela era comercial porque recurría con enfermiza insistencia a retratar la violencia cotidiana de múltiples zonas de Acapulco. Palabras más, palabras menos, referían que mi libro no podía formar parte de la editorial universitaria. Mi pregunta, que la manifesté por escrito a la universidad, es que si mi manuscrito se perdió, ¿cómo dictaminaron? Mi novela no habla de la zona roja de Acapulco. Pifias, diría yo, pero con poquito mala leche. Aunque a final de cuentas, fue amable el rechazo. Creció ese mismo libro en otro idioma, en otro continente y, para ser sincero, me parece un libro malo. Justamente por eso voy a reescribirlo.

Finalmente, regreso a esa carta que David Foster Wallece envió a Hill Associates: "He sido informado que usted es una gran agente. Mi libro no sólo es entretenido y vendible, de verdad es realmente bueno, y tengo deseos de verlo en pasta dura, publicado por una editorial decente". 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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