Horizontes

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Tere MORA GUILLÉN


25 Sep 2017

Una vez más los mexicanos nos unimos ante la tragedia. Los sobrevivientes, todos los que tuvimos la fortuna de salir airosos del terremoto registrado el pasado 19 de septiembre, estamos listos para tender la mano al hermano desamparado.

Esta fecha que ha quedado tatuada en nuestra memoria, como presagio de catástrofe, diría que no hay casualidades, literalmente nos cimbra para recordarnos que somos meros mortales, que debemos reconciliarnos con el mundo que nos rodea, y ser más humanos.

Estoy convencida de cada uno tenemos una historia qué contar de cómo vivimos y sobrevivimos ese momento; por ejemplo, cuando trataba detenida de dos barandales de bajar la escalera de un primer piso, las piernas me flaqueaban, la fuerza del movimiento telúrico me empujaba hacia atrás, cuando comenté: "-Ya no puedo", ante mí un joven en el que literal vi un ángel me tendió la mano y me dijo –"Cómo que no, si puedes", el edificio del que logramos salir tronaba y se escuchaba como caían trozos de pared. La puerta eléctrica del garaje del edificio se iba cerrando y pasamos agachándonos, atrás venían otros compañeros, que también tuvieron la suerte de salir airosos.

Ya afuera seguía el sismo que parecía interminable, sinceramente me preguntaba si sería el fin… entonces todos nos hermanamos y preguntábamos si estábamos bien. Corrí a casa de mi mamá que se ubica a diez minutos; una barda se cayó, en la azotea se ve abrió una pequeña grieta. Todo quedó en eso, más el susto aún nos persigue ante la posibilidad de una réplica de mayor magnitud.

Luego vino la zozobra: no había comunicación, los celulares murieron por un tiempo que se hizo eterno, no había electricidad, y uno no sabía qué suerte habrían corrido su seres queridos. Por las calles la gente manejaba perturbada y con prisa por llegar a sus destinos. Hubo quienes aprovecharon el tráfico para delinquir, así la ausencia de nuestras autoridades.

Las imágenes transmitidas dan escalofrío, en días recientes un amigo académico del Tecnológico del Monterrey, al sur de la Ciudad de México, me expresaba su pesar porque las instalaciones quedaron prácticamente inservibles. Le manifesté que sigo impactada por la fuerza del terremoto. Las imágenes que se muestran dejan un nudo en la garganta, un sentimiento de impotencia. Le expresé mi pesar porque su casa el Tecnológico haya quedado tan averiada y que tantos estudiantes, cerca de 40, resultaran lesionados, por no citar a los que perdieron la vida. Le dije te abrazo amigo, como abrazo en estos momentos a nuestro México.

Poco después salí a recorrer mi colonia Parque San Andrés en la Delegación Coyoacán, entonces encontré a un entusiasta grupo de alrededor de 50 jóvenes con picos, pala, linternas, bicicletas, motos, en espera de que Protección Civil les indicara a dónde podían acudir a prestar ayuda.

En estos momentos en el país se aplica el Plan México, en el que participan el Ejército, la Marina Armada de México, la Policía Federal, etcétera. Nuestra nación llora a sus muertos, y abraza a quienes sufrieron la pérdida de un hijo, de un hermano, de un amigo; a quienes se quedaron sin su casa.

El saldo de los daños aún no termina, sigue el recuento de los muertos y el rescate de víctima a siete días del terremoto que aunque tuvo un impacto demoledor, ha mostrado la fuerza, solidaridad y determinación de los mexicanos, dispuestos a levantarnos una vez más, hombro con hombro.

En las calles de la Ciudad de México destaca la labor de los rescatistas, soldados, marinos y policías; es notorio el trabajo de los voluntarios y amas de casa, que reparten desde agua y comida, hasta cobijas y ropa a los damnificados, gotitas de ternura y abrazos que contribuirán a sanar almas, y reconstruir corazones en tiempos de duelo.

Cierto es que en nuestra memoria quedan grabadas imágenes inolvidables como las cadenas humanas, que han contribuido a levantar los escombros y pasar piedra por piedra, de mano en mano; los perros que han jugado un papel preponderante para rescatar vidas; los rescatistas que de otras naciones han llegado a mostrarnos con hechos que aprecian y reconocen a nuestro México; los niños que donan su ropa y juguetes para dibujar quizá una sonrisa en otros pequeños menos afortunados; el trabajo gratuito prestado por médicos, psicólogos, ingenieros, constructoras e instituciones educativas dispuestas a brindar servicios a los damnificados.

Mucho queda por hacer a favor de los 33 municipios morelenses, y por la Ciudad de México, miles de casas y edificios por demoler y otros tantos por reconstruir.

De nueva cuenta vemos el carácter de aquellos que exponen su vida para escalar una montaña de escombros con gran destreza, sólo con sus manos sustraen piedra tras piedra con la firme esperanza de liberar lo mismo a un recién nacido, que a un joven, a un adulto, o a una persona de la tercera edad.

Seguirán siendo múltiples las necesidades de nuestro pueblo en los días por venir, se requerirán muchos recursos económicos y muchas manos más que tender al hermano en desgracia; asimismo muchos corazones deberán sanar sus profundas heridas ante la pérdida de uno o varios seres amados, hasta la pérdida de su casa, de su lugar de trabajo, su escuela o hasta de una mascota.

Llegará el día en que los mexicanos despertaremos ya sin el temor de una réplica, así nos paso después de los terremotos del 85. México habrá de levantarse una vez más confiando en el por venir, agradecidos por las muestras de afecto recibidas, por el ímpetu de nuestros jóvenes, más fortalecidos como nación y con un nuevo rostro.

tere_mora_guillen@yahoo.com.mx

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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