El nuevo idioma universal

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Martín CORONA


09 Nov 2017

El dinero hoy se apodera de todo. Durante la Edad Media cada cosa que ocurría en la vida humana era achacada a Dios, toda la capacidad humana para la información y la creación estaba dedicada a justificar y crear una y otra vez un universo imaginario en el cielo. Si la cosecha se lograba era por obra de Dios, si no se lograba era su opuesto complementario el causante: el diablo. Si el sol podía seguir saliendo día tras día era porque la humanidad agradecida acudía a la iglesia a hacer oraciones de mañana medio día y tarde, porque le era machacado en la cabeza a las personas al menos tres veces por día que todo se hacía en función de un ser divino.

Y si alguien cuestionaba o dudaba de la existencia de esa presencia era llevado ante la Inquisición que se encargaba de hacerle entrar en razón por medio de torturas, amenazas y chantajes. Claro que si eso no funcionaba, simplemente esa persona debía desaparecer de la sociedad, aniquilada. Y el mundo era perfecto, maravilloso y pleno.

A partir del siglo XV cambió el panorama del mundo. Entonces el poder de Dios fue trasladado a la humanidad. Con la inocente excusa de haber sido creados "a imagen y semejanza", los humanos comenzaron a creer en sí mismos, pero con la justificación de que todo el conocimiento, poder y creación era aún en función de que Dios nos había dado ese "don". El arte entonces apareció como una especie de nuevo evangelio, una forma de mostrar la maravilla de Dios desde su propia obra. Y como en todos los cambios, hubo muchísimos grupos sociales que siguieron creyendo en Dios como su eje (de hecho algunos siguen en esa misma manera de organizar el mundo), otros entonces trataron de llevar a la humanidad a su punto más alto, en la ciencia, en el manejo más pleno de conocimientos aplicados.

Entonces todo el entorno fue un mundo nuevo, lleno de posibilidades para crear toda clase de cosas que elevaran al ser humano al mismo nicho que antes tuvo Dios y sus máximas creaciones. Velocidad máxima, la capacidad de volar, prolongar la vida, usar del sexo sin consecuencia de procreación ni enfermedades y muchísimos pequeños logros que nos rodean hoy.

Sin embargo, para conseguir todo lo anterior era necesario exactamente lo mismo que requirió la Torre de Babel: un idioma único, un esperanto que todos entendieran y respetaran. Hoy ese nuevo idioma existe como nunca antes y, por el momento, Dios no ha venido a castigarnos por elevar a la gran comunidad humana hasta sus niveles de conocimiento y acción.

Hoy son miles de personas de todo el mundo las que trabajan para entender las ondas electromagnéticas del universo, miles quienes logran el efecto visual de hora y media a la que llamamos película, grupos de cientos de miles quienes sostienen rubros que hoy llamamos industria cuyo sentido fue en un primer momento la salud, la educación, el entretenimiento, la guía clara hacia un tipo de sociedad, por lo menos eso fue el discurso que las inició. Sin embargo, hoy más que nunca es clarísimo que ese esperanto, ese idioma universal nuevo es medio y fin en sí mismo.

En este arranque del siglo XXI como nunca antes en la historia de la humanidad, tenemos una sociedad globalizada, unívoca y a merced por entero del idioma del dinero.

La educación que se otorga a los niños depende de proyectos acordes a cómo en el futuro cercano ellos se relacionarán con el dinero, sea como manufactureros, ideólogos, organizadores o preservadores.

La información que se oferta es en función de objetivos económicos, incluso las ideas políticas y religiosas tienen al final un fin económico, pues sin el poder del nuevo idioma universal es imposible sostener ninguna religión o sistema ideológico. El gran riesgo entonces es que el dinero se convierte en la fe misma, en la ideología misma.

El entretenimiento, las tradiciones, las emociones y todo el quehacer humano entonces se vierte a un único río: la economía.

De este modo acudimos hoy a las pantallas como antaño lo hacíamos a la misa, para estar dentro de la gran esfera social, para que Dios nos dé sus mensajes y aprendamos con beneplácito las maneras correctas de ser y estar en el mundo. Pensar o ser diferente es prácticamente imposible, si bien la inquisición de la actualidad no tortura hasta la muerte, genera algo muy similar: la anulación del grupo, el exilio. Quienes no ostentan una búsqueda del uso y manejo del dinero están fuera de manera tal que ni siquiera podemos verlos, no existen para nosotros. Están en las calles como dementes, desaparecen como mascotas o animales salvajes y nadie se preocupa de ello.

El reto entonces es estar conscientes de este nuevo modelo de humanidad y, en tanto podamos intentarlo, generar senderos y caminos para que las ideas y la creatividad humana sigan fluyendo dentro y fuera del sistema económico.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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