Una novela del poeta

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Federico VITE


22 Dic 2017

El juego favorito (Traducción de Agustín Pico Estrada. Edhasa, España, 2009, 257 páginas), de Leonard Cohen, muestra las habilidades narrativas del poeta

Cohen cuenta, o canta, en instantáneas poéticas que la orfandad es necesaria, no importa la religión, ni el color de piel. Estarás solo, aunque te encuentres y ames y persigas a mujeres de cuerpos insoportablemente bellos, estarás solo. Solo. Esta es la tesis de la primera novela del cantautor.

Cohen se desgarra para ver qué tipo de hombre anida en su interior. A su manera, el autor de Everybodyknows nos sugiere un juego: encontrar la voz con la que nombraremos el mundo.

Desde el principio de este volumen se denota una tímida distancia psicológica entre el narrador y el protagonista. Técnica que no abandona Cohen durante todo el relato. Muestra una predilección por el personaje principal. Se le ve triste a Breavman, se le nota enfadado, insanamente despierto. La música llega a su vida, aunque con la gravedad tónica de la melancolía. Siempre anda en búsqueda de una opción vital que no sea el matadero: Un congreso de graduados, personas ensangrentadas de comas. Los poetas envejecen, pero siempre tienen veintitrés, veinticuatro. La infancia del protagonista es un vehículo para que la novela muestra esa opresiva Canadá, la de la religión a ultranza y la de opciones limitadas para un tipo como Cohen, el que no quiere nada, salvo ser poeta. Necesita transgredir algo y llenarse de vida para redactar versos que cuantifiquen el dolor. Anhela entender su padecimiento: la muerte del padre.

El día después del funeral, Breavman abrió una de las corbatas de moño formal de su padre y cosió un mensaje en su interior. La enterró en el jardín, bajo la nieve, junto a la cerca, donde, en verano, los lirios del valle se infiltraban. Este párrafo de El juego favorito es relatado por Cohen en el documental I'm your man. Es curioso pensar que la vocación del bardo haya sido determinada por un impulso. En la novela, el párrafo finaliza describiendo la caída del sol sobre la nieve; en el documental, la confesión es rotunda: Cuando enterré la corbata supe que quería ser poeta. Pensé, agrega, que únicamente por ese medio podía leerme mi padre y dejé el mensaje ahí, aún está enterrado y han crecido flores encima de él. Pareciera que la imagen revela un secreto: el dolor como detonante literario. Y es precisamente este registro, el del duelo, lo que permea todo la novela. Pues el adolescente que da cuenta de las vicisitudes padecidas en Montreal muestra una visión panorámica de su paisaje interno, el fuego a solas en espera de alguien con quien compartirlo. Hilvana y enhebra la trama de El juego favorito en la medida que la tristeza de Breavman se hace patente, dolosa, incluso la utiliza para socializar con sus amigos de la adolescencia. Esta parte del libro recuerda mucho algunos pasajes de El guardián entre el centeno, pues pareciera que Breavman se apoya en las mismas reflexiones de Holden Caulfield, alter ego de Salinger, quien califica de idiotas a todos sus contemporáneos porque siguen las reglas, porque no sabe qué hacer con su vida. Y bueno, Breavman conoce musas enfermas, alaba a los ebrios, encumbra a los músicos, pero todos sus afectos llevan esa impronta del desahucio. Este tipo se odia por su voluntad de escribir canciones, corregirlas; se odia por sentir la orfandad, por eso huye de Montreal y se instala en Nueva York. Pero sabe algo: Nunca se va nadie de Montreal, porque, como Canadá misma, está diseñada para preservar el pasado, un pasado que transcurrió en otro lugar. Aquí todo hombre habla con la lengua de su padre. Esta sentencia es el símil del manido recurso cinematográfico flash foward: veremos a Breavman de nuevo en Montreal, pero antes conocerá la capital de los poetas, la villa mágica de los compositores, sufrirá y sufrirá mucho.

Cohen pinta de gris a su familia, a su padre, a su madre, a sus amantes. No muestra debilidad alguna en señalar que la atmósfera enrarecida de una ciudad como Montreal fue lo que determinó el tono melancólico de su vocación literaria. Breavman es un alter ego -Holden Caulfield (Salinger) Bandini (Fante)- impío que señala las contradicciones del comportamiento humano: amar lo lejano, lo ya ido. Breavman afirma que no hay una esperanza para quien escribe, porque terminará hundiendo su pluma en las venas. La sangre es la tinta idónea.

En el cuarto apartado de El juego favorito, Breavman le pide a Dios un breve obsequio: Tú. Ayúdame a trabajar. Todas las obras de mi mano te pertenecen. No permitas que tenga una ofrenda tan miserable.¿Qué es esto? una plegaria digna de Lowry, una carta similar a la que el autor de Bajo el volcán le escribió a Dios. "Señor Dios, no permitas que mi obra se indigna de tu mirada. Sé que necesitas escritores buenos. Ayúdame a entregarte una ofrenda digna de ti". Cohen publicó en 1963 esta novela. No sabía mucho sobre sí mismo, pero tenía pistas y esas pistas nos guían a entender que la literatura es un asunto de muchísimas personas y que todos los poetas quieren publicar una novela. Oh, sí. 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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