Una profusión de símbolos positivos pero una realidad menos alentadora

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El viernes pasado, la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de invierno de Pyeongchang decepcionó nuestras expectativas. Como se ha vuelto costumbre, los organizadores supieron combinar la perfección la expresión artística con la demostración tecnológica, y los símbolos nacionales del país anfitrión con un mensaje de alcance universal.

Esta vez; sin embargo, la ubicación del evento representaba una oportunidad para expresar otro mensaje, y lo menos que se puede decir es que no han dejado pasar esta ocasión.

Desde que se dividió la península, en los primeros años de la Guerra Fría, las dos Coreas siguieron trayectorias muy distintas y mantuvieron una rivalidad bilateral ininterrumpida. En este contexto, picos de tensión alternaron con periodos de menor animadversión.

Resultado de este desarrollo paralelo, hoy existe una Corea del Sur democrática, con una economía de mercado altamente desarrollada y tecnológicamente avanzada, cuya seguridad depende en gran medida de su aliado estadounidense.

Del otro lado de la zona desmilitarizada, la frontera mejor defendida en la actualidad, se encuentra una Corea del Norte autocrática, donde la manipulación de la población y la represión de cualquier oposición se han convertido en la manera normal de gobernar.

En el plano económico los escasos recursos que genera el sistema de tipo comunista están canalizados hacia el ejército, presentado como prioridad nacional absoluta. La opulencia de la clase gobernante contrasta con la pobreza del grueso de la población.

Con relaciones diplomáticas limitadas a un puñado de países – entre ellos, China – Pyongyang le ha apostado al arma nuclear para garantizar su seguridad. Las pruebas nucleares realizadas entre 2006 y 2017, así como los todavía más frecuentes ensayos de lanzamiento de misiles han convertido a Corea del Norte en un foco rojo. Es precisamente lo que han ido buscando los tres líderes sucesivos del país: adquirir un estatus internacional desconectado de su importancia económica y política real. Las múltiples declaraciones provocativas que han emanado de Pyongyang pertenecen a esta misma lógica.

Es indispensable tener presente este contexto al momento de interpretar los numerosos símbolos positivos, que la ceremonia de apertura de las Olimpiadas permitió difundir ante cientos de millones de telespectadores.

Lo que vimos nos daba motivos para sentir optimismo en cuanto a la evolución de las relaciones entre los dos países vecinos: ambos desfilaron como una sola delegación nacional, utilizando el mismo uniforme olímpico con el escrito "Corea" en la espalda, por lo que los espectadores no eran capaces de identificar el origen de cada atleta. Al frente, dos personas cargaban juntas la bandera de la unificación, representando la forma geográfica de la península completa. Al final de la ceremonia, una deportista del Norte y otra del Sur recibieron la famosa antorcha: juntas subieron una escalera, tan larga y empinada que era difícil no ver en ella una metáfora del camino hacia la reconciliación. Finalmente alcanzaron la plataforma donde entregaron la llama para que se encendiera la caldera olímpica, el momento culminante del evento. Todo ello frente a los ojos de la hermana del líder norcoreano, primera integrante de esta dinastía de dirigentes en pisar el suelo surcoreano.

En el trasfondo de estos gestos en apariencia alentadores hay acuerdos que, de seguro, fueron ásperamente negociados entre las dos Coreas. También fue necesario que el Comité Olímpico Internacional relajara la aplicación de sus propias reglas: solamente dos de los 22 norcoreanos habían logrado resultados deportivos que le daban el derecho de participar, mientras que el resto fue invitado por el COI.

Asimismo, permitió que el equipo de hockey femenino sobre hielo fuera conformado por jugadoras de ambas naciones.

En los Juegos Olímpicos de Sídney, en 2000, las dos Coreas también habían desfilado bajo una misma bandera: en aquel momento, la relación bilateral mostraba señales de mejora, pues poco antes se habían dado modestos avances en otras áreas también.

Aunque estos pasos hacia adelante terminarían siendo anulados por retrocesos todavía mayores, existía por lo menos una coherencia entre la tendencia del momento en la relación bilateral y lo que las dos Coreas daban a ver al resto del mundo.

En cambio, los desfiles conjuntos de 2004 y 2006 eran síntomas de una lógica esquizofrénica, porque coincidieron con periodos de tensiones agravadas entre ambos países. Doce años después, se observa nuevamente un desajuste entre lo que los símbolos dejan entrever (o esperar) y el estado real de la situación reciente entre los dos países: el año pasado fue de altas tensiones, pues Corea del Norte multiplicó los ensayos militares y las declaraciones amenazantes, a las que Trump dio un impacto todavía mayor respondiéndole de forma epidérmica.

Aunque muchos quisiéramos analizarlo de otra manera, estas acciones simbólicas que se ven tan bien en televisión son más que nada la repetición de una táctica repetidamente utilizada por Kim Jong-un y sus predecesores: mandar señales confusas con el fin de mantener la atención de la comunidad internacional y conservar el control sobre sus interlocutores, cultivando la ilusión de que se puede obtener algo de él.

Podemos aplaudir estos gestos pero no nos vayamos a entusiasmar de más en cuanto a su significado.

 

bmichalon@itesm.mx

* Profesor de tiempo completo del Tecnológico de Monterrey en Puebla, en la carrera de Relaciones Internacionales

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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