Juego mi última carta

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Cecilia OCHOA


21 Jun 2018

Vi los debates de los candidatos a la presidencia supuestamente para detectar al menos malo. Fallé. Los veo y los reveo. No les entiendo (¿quién sí?). Las propuestas son muy generales. Dicen, por ejemplo: "Vamos a incrementar el salario mínimo", pero no me explican cómo y lo peor, tampoco me dicen quién nos protegerá de que suban los precios por el alza del sueldo. Me defraudan. Se nota que conocen la problemática mexicana, pero algo me hace pensar que no les duele.

Hace seis años, cuando tenía 19, pensaba: "Hubo gente que murió para que tuviéramos el derecho al voto, por respeto a la sangre que derramaron lo mínimo que podemos hacer es ir y elegir al candidato menos malo". Creía firmemente que lo más difícil nos tocaba a nosotros los ciudadanos: "Los problemas ambientales están de nuestro lado, dejemos de contaminar. En cuanto a la educación, quien esté interesado en estudiar conseguirá la manera de lograrlo. Sólo nosotros podremos acabar con la corrupción, lo que hace falta es no ser parte de ella". Sí, era una manera simple de ver las cosas.

Durante estos últimos años, me he enfrentado a lo que se siente que casi 30 por ciento de mi sueldo sea destinado a impuestos, a lo difícil que es administrar un salario para poder cubrir mis necesidades básicas, a la competencia de conseguir un puesto con condiciones laborales decentes. Es por ello que debo admitir que una parte de mí le gustaría no tener que votar. ¿Por qué? Por cobarde. No quiero adquirir la responsabilidad de elegir, porque ahora dimensiono el poder que le entregamos a los elegidos.

Lo que agrava esta sensación, es ver que la gente aumenta el poder de sus representantes. Por sus comentarios me doy cuenta de que creen que si su favorito gana la presidencia, mágicamente la calidad de vida mejorará y ya no habrá gente con hambre ni delincuentes ni violencia ni nada. Supongo que se parecen a mí, ellos también quieren renunciar a una responsabilidad, a esa que te concientiza de que los ciudadanos también somos parte del problema, porque nos quedamos callados ante la impunidad, porque nos gusta tomar el camino fácil aunque sea transando, porque ignoramos los problemas del de junto. O tal vez me equivoque y nadie esté buscando un cambio y la gente sólo esté apostando a ver quién es el que nos deja vivir más tranquilos.

Sea como sea, me inquieta pensar si otra vez pasarán seis años sin que se nos ocurra cómo exigirle al gobierno que nos ayude a obtener una mejor calidad de vida. Me pregunto si otra vez se nos olvidará voltear a ver al Poder Legislativo y al Judicial. Me gustaría saber si esta vez sí nos preocuparemos por hacer que el gobierno entienda nuestras necesidades y si nosotros haremos algo para entender sus discursos.

A pesar de todo esto, aún no me he dado por vencida totalmente, he decidido jugar mi última carta. La de recordarle a los ciudadanos que nosotros tenemos más poder del que creemos, no hay que entregárselo a unos cuantos. No renunciemos a hacer nosotros mismos el cambio. Ya se ha dicho muchas veces, pero vale la pena repetirlo una vez más: basta reconocer qué es lo que puedo hacer desde donde me encuentro y eso va desde no tirar basura hasta no callar ante la impunidad, desde ser amable en el transporte público hasta educar bien a los hijos, desde esforzarse por aprender lo que enseñan en la escuela hasta realizar un trabajo con la mejor calidad.

*Actuaria egresada de la UDLAP

@ActMCecilia

m.cecilia.ochoab@gmail.com

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