¿De quién es el problema?

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Llevamos meses enterándonos de asaltos, secuestros, homicidios, desapariciones, violencia de género, entre otros. Leímos, a través de los medios los resultados de septiembre de este año, de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana de INEGI, según la cual nuestra entidad presenta indicadores alarmantes en la percepción, conocimiento y experiencias de inseguridad.

Nos alarmamos y sugestionamos. Compartimos en redes. Coincidimos en que esto no puede continuar. Desconfiamos. Nos encerramos y comentamos en los chats y en las reuniones. Pero, ¿de quién es el problema? Y más importante, ¿quién lo va a resolver?

Sabemos que esta situación ya está dañando a individuos, familias, comercios, universidades, etc. y que si continúa, Puebla, podría perder mucho. Pero, a nivel personal, ¿tenemos el control para resolver el problema? ¿Existe algún ámbito sobre el que podamos actuar para disminuir esta violencia y corrupción? Sí. ¿Debe actuar el gobierno para controlar esta situación? Por supuesto. ¿Deben participar e intervenir empresas, organizaciones civiles, universidades y otras instituciones? También.

Cuando, hace un año, volvimos a vernos afectados por un terremoto, la mayoría de las personas actuamos con un sentido de empatía, solidaridad y trascendencia. Incluso hubo héroes anónimos que pusieron en riesgo sus vidaspara ayudar a los demás. Pero claro, "esa era una catástrofe". ¿Y ahora? ¿A qué nos enfrentamos?

Esta situación es de terror y todos somos corresponsables. No nos engañemos: si nos afecta, es nuestro problema. Todos participamos de manera activa o pasiva. Al hacer o dejar de hacer. Cuando tomamos las normas a la ligera, cuando no llamamos la atención a nuestros hijos, cuando nos justificamos "porque llevaba prisa", "porque estaba enojado", "porque el otro", "porque la economía", etc. Vemos al "criminal" como al "otro" como si no hubiera sido esta sociedad en la que creció. Como si esa persona no hubiera tenido contacto con miles de otras que lo hubieran podido parar en el proceso, hacer reflexionar, corregir, darle una formación y oportunidad diferente. Sorprende la frialdad con la que algunos tomaron la vida de otro, pero también con la que juzgamos, sin analizar el por qué la vida para esa persona carecía de valor. Nos duelen los nuestros y lo que les hacen a los nuestros, no lo que les hacemos a los demás.

¿Qué le hace pensar a una persona que tiene derecho de pasarse un alto? ¿Por qué cree una persona que va a salir bien librada si secuestra a otra y pide medio millón de pesos a cambio? ¿Por qué alguien piensa que la manera acertada de cortejar a otro es acosándolo o a través de la violencia? ¿Por qué no damos a los demás el trato que tanto exigimos? ¿Por qué normalizamos la violencia en las calles, en las familias, en las aulas y en las oficinas?

Corresponde al gobierno en todas sus esferas y niveles legislar en este nuevo contexto y hacer valer las normas. Atañe a las empresas e instituciones, participar en conjunto con los primeros para dar oportunidades, generar crecimiento económico y crear ambientes de trabajo sanos. Nos conviene a todos como individuos respetar las normas y aún más, ser congruentes con nuestros valores. Ser consistentes con nuestros hijos, compañeros, colaboradores, alumnos, etc. Apostar al esfuerzo que recompensa en el largo plazo en lugar del beneficio a corto. Ser solidarios, dejar el egoísmo a un lado. Esto no es un terremoto, pero puede tener consecuencias fatídicas por igual.

De quién es el problema: nuestro. Quién tiene que recoger este desorden: nosotros. Quién se va a ver afectado si no hacemos nada al respecto: nosotros, nuestros padres, nuestros hijos, todos. No dejemos pasar más tiempo.

 

*Profesora Investigadora en el Departamento de Gestión y Liderazgo, Región Sur. Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey en Puebla.

asegovia@itesm.mx / @LIZSPHILIP2

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