Miércoles 29 de Mayo de 2019
La humanidad puede ser extinguida por la naturaleza de un momento a otro. Es una venganza. El director canadiense Daniel Roby parte de esta premisa al crear el thriller de ciencia ficción Desastre en París (Dans la brume. Francia/Canadá, 2018) para manifestar que son las relaciones humanas lo verdaderamente valioso de la vida.

Un matrimonio que tiene una hija adolescente con una extraña enfermedad que la mantiene en una cápsula para no morir, se enfrenta a una extraña niebla tóxica y mortal que, después de un terremoto, ha inundado a París. Para sobrevivir, el matrimonio se ha refugiado en el piso superior de su edificio, donde la bruma no ha llegado aún. Sin embargo, su hija se ha quedado en la cápsula y es cuestión de horas para que la energía que mantiene activa la burbuja se termine y con ello la vida de la adolescente. Ese matrimonio hará todo para salvar a su hija de la muerte segura que ha diezmado a los parisinos.

Roby reta a los esquemas del cine europeo al combinar ciencia ficción, thriller y drama en una historia singular de amor, al romper la cotidianidad urbana por un repentino evento natural desconocido. Ante una nueva realidad que limita la esperanza de vida y donde la muerte se hace directamente presente, Roby rescata que el amor, tanto de pareja como paternal que construye una familia, y con ello la esencia de la realidad, es lo verdaderamente relevante de la vida. El tejido social se mantiene fuerte en la medida de los afectos que le unen. Ante las conde diciones que una sociedad dominada por el ritmo económico de la gran ciudad, la perspectiva de vida se va perdiendo poco a poco, nos alejamos de nuestra naturaleza y con ello nos deshumanizamos. En la sociedad contemporánea, la sociedad líquida que señala Zygmunt Bauman, dejamos de amar verdaderamente y sólo le damos valor a lo material para caer en la cruel competencia que nos aleja, nos divorcia y nos hace violentos unos contra otros. Solamente cuando el contexto, ese que es totalmente artificial, se rompe, es cuando nos damos cuenta de la verdad de lo que nos hace humanos: el amor en todas sus dimensiones.

Con un buen ritmo narrativo que convierte un recorrido de unas calles en una verdadera aventura de supervivencia auxiliado por la extraña atmósfera generada por la bruma, Roby recuerda a cintas apocalípticas como Doce monos (Twelve monkeys, EU, 1995) de Terry Gilliam y Exterminio (28 days later..., RU, 2002) de Danny Boyle, donde la extinción humana es inminente y no queda mucho que hacer más que recuperar lo que nos hace humanos: la subjetividad vertida en amor al otro, ya sea pareja, familia o solidaridad. Y vaya que los mexicanos conocemos eso, pues la solidaridad en los 19 de septiembre de 1985 y 2017 emergió de forma espontánea, pero al recuperarse la normalidad de la artificialidad urbana se desvaneció.

La bruma en Desastre en París, que surge del subsuelo después de un terremoto, es la metáfora del poder de la naturaleza y de las consecuencias de nuestras acciones contra ella. Es la metáfora del calentamiento global y de la contaminación, que como el espectro del ángel de la muerte recorre las calles de la ciudad terminando con las vidas humanas, y solamente las humanas. Es la metáfora de la venganza de la naturaleza. Y ante tal venganza sólo resta aceptar las consecuencias de nuestros actos como un destino manifiesto y rescatar eso que nos hace humanos: el espíritu que en su plenitud es el amor. Una película que vale la pena. Desastre en París es la cruel venganza de la naturaleza para recuperarnos.