Sábado 06 de Julio de 2019 |
Los últimos meses me he enfrentado a las consecuencias de mis decisiones. La juventud permea y las energías disminuyen sin remedio. Como todos, he notado cómo el tiempo dedicado a nuestras pasiones queda reservado a algunas horas por semana, y el resto, nuestro cuerpo decide dedicarlo a dormir o a resolver los menesteres que implica la supervivencia. Sin embargo, en mis escasos momentos de esparcimiento aún valoro la posibilidad de sentarme en el sofá y leer un buen libro que me permita ser testigo de la sensibilidad que aún conservo. Mi bienestar psicológico y emocional se derrumba cuando pasan más de tres días sin tocar un libro, escuchar una nueva canción o dedicarme a escribir. Debo confesar que esta última es la que menos placer me genera, porque demanda más energías de las que suelo tener. No obstante, estoy entusiasmado con la llegada del verano porque me otorgará un poco más de tiempo al lado de las personas que aprecio y de lo que me apasiona. De esta manera, mis grados de humanidad se dispararán por los cielos y estaré más susceptible hacia lo bello de la vida. Lamento admitir que mis ganas de sobrevivir son más fuertes que todo y soy capaz de hacer cualquier cosa con tal de garantizar el bienestar de mis seres queridos del presente y del futuro. Escribo para no convertirme en un muerto que repta por la ciudad sin algo cálido en el corazón. Como sugeriría el filósofo judío Herbet Marcuse, el arte terminará cuando los seres humanos ya no seamos capaces de distinguir entre el bien y mal. Aunque tal concepto es ambiguo en todas sus perspectivas, si tal dicotomía existiera, podríamos reducirlo a la incapacidad del ser humano para hacer el mal a sus semejantes. En todas sus aristas, el impacto social de lo que nos permea es cada vez más grande y resulta más difícil hacerle frente. Pero estoy convencido, que la única vía en la que como individuos podemos aportar algo al colectivo es a través de la educación. Sólo así podemos contribuir a que cada generación sea mejor que la anterior en cuanto a consciencia civil. Es inútil forjar máquinas programadas para el sector productivo, si no serán capaces de aportar su valía a la sociedad y ejercer su capacidad de acción y crítica como ciudadanos. Estoy convencido que los seres humanos necesitamos de instrucción sentimental para no matarnos los unos a los otros y para mantener nuestra humanidad intacta contra los embates de la vida. Sólo a través de la sensibilización podremos mirar al oprimido a los ojos y preguntarnos si vivimos en una era en la que somos capaces de distinguir entre el bien y el mal.
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