Ser ciudadano en tiempos del florecimiento humano: retos y desafíos para los mexicanos

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En el mundo de culturas híbridas en que nos desenvolvemos día a día; en donde la barrera entre lo público y lo privado se asemeja más a un discurso académico de las ciencias sociales y menos a una práctica social; de múltiples plataformas y espacios en donde diferentes y más variadas voces tienen eco; en el que la única coincidencia del ser humano es ser diferente el uno con el otro, un entendimiento común, entre otros más, hace eco en la discusión, charla o debate público: el desarrollo humano.

Así como la preocupación por el progreso material significó la más alta de las prioridades de cualquier sociedad durante los siglos XIX y XX, en nuestro siglo la toma de conciencia de que ese mismo progreso descuidó al mismo ser humano y terminó por separarnos entre pocos ricos y muchos pobres, hace pensar en la idea de qué significa realmente desarrollarse como ser humano. Bajo esta realidad, estamos en tiempos de su (re) florecimiento.

Si bien la literatura es ya bastante vasta respecto a lo que significa el florecimiento humano, podemos estar de acuerdo en que, cualquiera que sea la acepción, estamos preocupados porque al mismo ritmo que nos desarrollamos tecnológicamente, las personas lo hagan conscientemente en plenitud física, intelectual, emocional, espiritual y social.

Un pacto global se puso en marcha --la agenda 2030 de las Naciones Unidas-- para que nuestras acciones durante este desarrollo consciente impacten positivamente en nuestros entornos y sociedades. En esta tarea tan compleja que tenemos, veo a la práctica ciudadana, esencia misma de nuestra naturaleza social, como el vehículo ideal para llevarla a cabo. Dudo que algún lector esté en desacuerdo conmigo, pues ciudadanía refiere precisamente a ese ejercicio del desarrollo de múltiples dimensiones en plenitud. Aquí comienza el reto para nuestro país.

¿Cuál es el escenario de nuestro México?, ¿cuáles son sus realidades, los contextos desde donde debemos pensar que podemos ser ciudadanos? Las respuestas a estas dos interrogantes son múltiples, pero me gustaría centrarme en dos que laceran de manera significativa nuestro tejido social y que ocupan la opinión pública todos los días en nuestro país.

El primero de ellos es la alarmante situación de pobreza y la brecha abismal de desigualdad entre los mexicanos; después, la violencia e inseguridad generalizada a lo largo del país. No es la intención profundizar en cada uno de ellos, pues el espacio sería insuficiente. Sin embargo, hay ciertos datos que nos pueden dar un panorama de lo que los mexicanos vivimos desde cada una de las ciudades del país.

Según el Inegi, más de 123 millones de personas habitamos el territorio mexicano, en donde la pobreza es un fenómeno multidimensional que tiene inmerso a casi un 44 por ciento de esta población, y a un 8 por ciento en una dimensión extrema. Si nos referimos a los estados más pobres, como Chiapas, este fenómeno se vuelve aún más alarmarte, pues tan sólo en esa entidad un 33 por ciento de la población aproximadamente escapan a la pobreza multidimensional, y un doloroso 32 por ciento están sumergidos en la extrema.

¿Qué nos dicen estas estadísticas? ¿Cómo podríamos traducir esto a necesidades palpables? De manera muy simple y sencilla: hambre y falta de recursos para salir adelante. En 2003, la Secretaría de Desarrollo Social nos informó sobre "Lo que dicen los pobres", un estudio que rescató la voz de este 44 por ciento de mexicanos. "No tener para comer" y la "Falta de recursos, dinero o vivienda por ejemplo, para salir adelante". Es decir, los satisfactores inmediatos son las menciones con que la mayoría de los pobres relaciona a la pobreza.

La brecha de desigualdad hace más alarmante la situación de la pobreza en nuestro país. Tomando como referencia el Coeficiente de Gini, una medida de desigualdad que se utiliza para medir la disparidad en los ingresos dentro de un país y que se representa como un número entre 0 y 1, en donde 0 se corresponde con la perfecta igualdad (todos tienen los mismos ingresos) y donde el 1 se corresponde con la perfecta desigualdad (una persona tiene todos los ingresos y los demás ninguno), en nuestro país éste es de casi un 0.5 (2016) y lo ubica desde el 2010 como el segundo país con mayor desigualdad en los ingresos de las personas dentro de los integrantes de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE).

¿Qué nos produce como sociedad esta disparidad tan grande entre ricos y pobres? Pensaría en una ceguera de los unos con los otros, en la poca posibilidad de que nos podamos ver y reconocer. Por un lado, un México urbano, desarrollado y más parecido a un mundo occidental industrializado y hasta posindustrializado; por el otro, un México rural, subdesarrollado y vulnerable en donde no existe un punto de encuentro y de reconocimiento que nos hace olvidarnos del otro. De esta forma el hambre y la falta de recursos de muchos, 44 por ciento para ser exactos, sólo se lee como un dato y estadística, ajena muchas veces a nuestra realidad inmediata.

Productos de la pobreza y la desigualdad son, en gran medida, la violencia y la inseguridad. Son diversos los factores que nos pueden hacer concluir esto. Si hacemos una radiografía mundial de la violencia en las ciudades, los datos son preocupantes. En 2017, el ranking presentado por el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal nos informaba que, de las 10 ciudades más violentas en el mundo, 5 están en nuestro país, encabezando Los Cabos la lista de este ranking.

¿Qué significa esta realidad en las ciudades mexicanas? Altas tasas de homicidios, más de 100 por cada 100 mil habitantes, para ser exactos. México mantuvo una media mensual de más de 2 000 homicidios dolosos en 2017, siendo este año el más violento de los últimos 20. ¿Cómo no recordar la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa?

Si a los últimos 20 años les sumamos delitos como los feminicidios, la violencia intrafamiliar, los cometidos por servidores públicos, la corrupción de menores, los delitos electorales, la trata de personas y el tráfico de menores, podemos entender que como sociedad nos encontramos sumergidos no sólo en la violencia física, llamémosla lucha contra el narcotráfico, sino también en una violencia estructural que dibuja una realidad lacerante en nuestro horizonte como país.

El escenario parece dibujarse como una película de Marvel, donde los Avengers parecieran los únicos que pueden ayudarnos. Pero aunque la realidad pudiera parecer ficción, el hecho es que nuestra situación, en primer lugar no requiere de héroes que salven el planeta de meteoritos ni invasiones de súper villanos de otras galaxias.

En segundo lugar, es que cada uno de nosotros puede construir a favor de una sociedad equitativa, justa, pacífica y desarrollada, con un liderazgo ciudadano responsable impregnado de sentido humano.

Una tercera realidad que contrapone a las primeras dos y resulta inevitable dejar de mencionar, es que vivimos en un país, y podría decir mundo, en el que hay poca confianza en las instituciones de nuestra vida pública, en la que no es común compartir y trabajar en forma colaborativa. Esta última realidad es el gran desafío a los retos que la realidad de nuestro país nos enfrenta.

La primera tarea de este gran desafío y en la que llevamos, pienso, un buen camino trazado, es la consciencia y entendimiento del ser y quehacer ciudadano. Sabemos y comprendemos que tenemos que ejercer plenamente cada una de nuestras libertades políticas y cívicas (el derecho al voto, al diálogo y al respeto de las diferentes formas de vida y pensamiento); que nuestra responsabilidad en materia económica radica en participar, crear y consolidar economías que respeten la dignidad humana, el medio ambiente y garanticen la sustentabilidad de nuestro planeta; que estamos llamados a hacer una producción, una distribución y un consumo responsable y justo, que mire por el bien colectivo y no por el individual, por el interés social y no únicamente económico, y con ello hacernos visibles los unos con los otros, el México pobre y el rico, para mirarse frente a frente y caminar juntos por la senda de un desarrollo: justo, sustentable y equitativo; y que, finalmente, tenemos la responsabilidad de preservar todas las formas culturales que matizan a nuestro país -vivimos en un país con 68 pueblos originarios que representan más del 10 por ciento de la población mexicana-.

Bajo esta óptica, el ejercicio responsable de la ciudadanía, entonces, no radica en acciones individuales ni individualizantes. Apuesta por el colectivo, por la toma de decisiones en conjunto.

La segunda tarea del ser y quehacer del ciudadano en nuestro país se convierte en sí misma en un reto y desafío que proviene, en primer lugar, de la necesidad de construir acción ciudadana emanada de la gobernanza; es decir, de interfaces en las que el diseño, la decisión y la ejecución de toda acción pública sea producto de la inteligencia colectiva de los gobiernos, las empresas y demás actores sociales.

Nuestro país, por segunda vez en su historia más contemporánea, tiene un bono democrático: el actual presidente de la República se convirtió en un gobernante con mayoría absoluta, cosa rara de ver en las democracias como la nuestra. Sin embargo, ese bono no se traduce al instante en capital político, económico o social capaz de transformar nuestras realidades de pobreza, desigualdad y violencia.

El bono democrático con el que aún cuenta México dibuja un primer reto para el ejercicio ciudadano: capitalizar política, económica y socialmente este bono que hemos otorgado en las urnas. Un trabajo que sin duda requiere de consenso y diálogo, no únicamente de crítica y sátira; que requiere de una difuminación entre lo público, lo privado y lo social. Es tiempo de construir las interfaces, online y offline, que nos conecten como ciudadanos con la toma de decisiones públicas, ya no de manera consultativa sino de forma deliberativa. Lo llaman "ciudadanizar los gobiernos". Hoy estoy esperanzado en que la gobernanza tiene una gran oportunidad en y para México.

El segundo tiene que ver con la forma en que interactuamos en este diálogo y cooperación con los demás, una forma que sólo conoce un molde: el del SER humano.

Llamo a este reto el ejercicio de nuestro sentido humano. Un sentido que, desde la naturaleza misma de cada uno como actor de lo público, haga dar lo mejor de sí, que respete la dignidad del otro, que nos haga ponernos al servicio de los demás y que eleve la solidaridad como el valor supremo del florecimiento humano.

Vivir bajo este ejercicio es caminar hacia el desarrollo. Es regresar, sin retroceder, hacia las sociedades de nuestros antepasados, la primitivas o mecánicas como las llama Durkheim, en donde cada miembro era responsable del proceso evolutivo del grupo mismo.

Hoy tenemos que actuar desde nuestra propia humanidad; es decir autónomos, justos, respetuosos, confiables, sensibles, empáticos y comprometidos con todos aquellos seres humanos con los que construimos sociedad. Es así como el ejercicio de la ciudadanía radica, de base, en la Reconciliación con nuestra propia esencia humana y en relación con la de los demás.

 

* Director del Museo Tecnológico de Monterrey

Profesor de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey, Campus Puebla

Doctor en Ciencias Sociales y Licenciado en Relaciones Internacionales por el Tecnológico de Monterrey

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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