Viernes 19 de Julio de 2019

En la antigua Grecia, Sócrates fue cuestionado por sus discípulos sobre la idea de viajar. Según su testimonio varios forajidos habían regresado recientemente a la capital después de un largo viaje por las ciudades cercanas y habían confesado que no se sentían mejor y que no habían encontrado lo que deseaban. Sócrates respondió tajante y declaró que no le extrañaba porque los seres humanos todavía no eran capaces de olvidarse de sí mismos en el camino. Es decir, cargaban con todos sus traumas y temores a donde quiera que arrastrarán su humanidad. Mientras más lejos, mayor decepción.

En estos tiempos vacacionales las personas buscan huir a toda costa de la cotidianidad y amanecer en un paisaje mucho más amigable y cercano al paraíso soñado. Desde pequeño, la idea de viajar me ha parecido interesante. En todos los recorridos al lado de mi familia fui testigo de una profunda nostalgia por ausentarme de mi hogar, dejar de ver a mis compañeros o huir del sonido ensordecedor de los automóviles de las calles cercanas. Cada ciudad que conocí me lleno de una satisfacción normal de descubrimiento, pero a la vez, incrementaba mis deseos de regresar a casa. Probablemente, el objetivo real de viajar sea siempre el impulso vital de volver. ¿Qué sentido tendría un viaje si no llegará a su fin?

Algo similar podría decirse de las despedidas entre dos personas que las une el deseo, la pasión o la culpa. Las despedidas no tienen ningún sentido si los participantes no están convencidos de que en algún momento volverán a encontrarse. El adiós definitivo normalmente viene acompañado de la ausencia de una despedida.

Hace unos días, comencé a leer On the Road del mítico escritor de la generación beat, Jack Kerouac, porque necesitaba recuperar un poco de vitalidad que la vida monótona que decidí tener ha traído a mi vida. En sólo un centenar de cuartillas logré descubrir el porqué de su importancia para toda una camada de escritores. La idea del viaje sin destino y la analogía del hombre nómada en búsqueda de sí mismo, me atrapó y comprendí que el valor de nuestra existencia es terminar el recorrido y llegar lo más lejos posible de una carretera sin final. El camino de los seres humanos está lleno de cadáveres que buscaron llegar a la meta y que, nunca pudieron atisbar su objetivo. El destino nunca será importante; la verdadera voluntad radica en recorrer el camino y en el transcurso, ser capaz de desprenderse de lo que se ama. Llegará el momento en que nuestros seres queridos desaparezcan y nos encontremos solos, listos para afrontar los últimos minutos de nuestra vida.

Viajar es una necesidad de los seres humanos para continuar en pie de lucha y descubrir el contenido de la inmensidad del mundo. Necesitamos conocer nuevos sitios donde resida la locura, la bondad y el egoísmo para permanecer críticos y reflexivos sobre la condición humana. Deseo que todos los lectores vacacionistas, encuentren al final del camino alguien que los espere y los quiera.