Miércoles 24 de Julio de 2019
Sí, la animación es de un realismo increíble… ¿Y? Más allá de la gran calidad de la animación 3D, el remake de El rey león (EU, 2019), dirigida por el también actor Jon Favreau, no aporta gran cosa. Y es que las grandes producciones de Disney se han caracterizado por basarse en narraciones ajenas a esa casa productora, así que rehacer una película que a su vez está basada en otra de sus películas y que es una adaptación libre de una obra de Shakespeare, no es exactamente una gran aportación al cine.

Simba es el león cachorro hijo del rey Mufasa, y su ímpetu inocente por ser tan bravo y valiente como su padre lo llevará a ser la causa perfecta para que Scar, el malvado tío de Simba, cometa un doble magnicidio para asumir el trono que tanto ha ambicionado; sin embargo, Simba es salvado por Timón y Pumba, un suricato y un jabalí respectivamente, que criarán al cachorro dentro de su filosofía de vivir sin preocupaciones ni obligaciones. No obstante, el destino de Simba le hace regresar, una vez adulto, a reclamar al tío usurpador su legítimo derecho al trono.

Cuando Favreau dirigió su película más personal, Chef a domicilio (Chef, EU, 2014), dejó un buen sabor de boca. Lo mismo sucede con su trabajo actoral cuando lo hace de forma más personal; sin embargo, al emplearse con la productora Disney "eso" personal se ha perdido, exactamente como sucede con todo empleado de grandes empresas cuya alienación los convierte en eso que llamamos popularmente godínez. Así que su trabajo de director se reduce a ser un maquilador ensamblador de personajes prefabricados sin interpretarlos, sino moldearlos, según las necesidades del consumidor de cine que los estudios mercadológicos detectan. Le sucedió a Favreau con las dos primeras entregas de la saga de Iron Man, el reciente remake de El libro de la selva y ahora con El rey león.

A 25 años del primer Rey león (EU, 1994) en dibujos animados, y a 77 años de Bambi (EU, 1942), ambas adaptaciones libres hechas por Disney de Hamlet de William Shakespeare, donde los personajes ideados por el dramaturgo inglés son ahora animales, esta nueva versión no aporta nada, salvo el admirable trabajo de animación. La premisa sigue siendo la misma: no se puede alterar el destino, pues es un ciclo que al repetirse asegura la existencia armónica del mundo.

Sin embargo, a trescientos años de la apuesta de la modernidad por el libre albedrío y la capacidad humana por construir el propio destino con base en la razón y el conocimiento científico, la premisa shakesperiana debería se reflexionada. Y son precisamente los personajes de Timón y Pumba los encargados de esa reflexión; sin embargo, su despreocupada y voluntariosa forma de vivir mina su existencia, pues la razón y el conocimiento científico no forman parte de su filosofía de vida.

Así que la dialéctica existencia que subyace en El rey león, entre el destino inamovible y la vida sin destino, dejan a un lado la apuesta de la modernidad, localizándose en un mundo premoderno, lejos del mundo actual. ¿Qué podemos reflexionar de esta dialéctica? Nada relevante. Sólo disfrutar el espectáculo de la animación y ya.

Pero la magnífica animación aquí también se convierte en una seria limitante narrativa, pues a diferencia de los dibujos animados, las expresiones de los personajes están limitadas por la naturaleza de su animalidad, mientras que los dibujos animados permiten las expresiones extremas humanizando a los personajes y proyectarnos en ellos. Esto no sucede natural ni espontáneamente en esta versión con, prácticamente, animales reales. Por eso la experiencia estética en esta cinta es menos intensa que la versión de 1994.

Sí, la animación en esta nueva versión de El rey león es de un realismo increíble, pero ello también es su más grande limitante expresiva y estética. Sí, Jon Favreau es un buen director y actor, pero como godínez de Disney poco puede aportar, pues no se le permite ser creador. Sí, El rey león es apantallante… ¿Y?