Martes 30 de Julio de 2019 |
Lamentable para el intelecto y para nuestros bolsillos, pero maravilloso para las arcas de las distribuidoras y las cadenas exhibidoras, las pantallas cinematográficas se saturan de cine de Hollywood durante la temporada de verano, así que un gran respiro es que se asome en ellas buen cine argentino. El cuento de las comadrejas (Argentina/España, 2019) marca el regreso a la ficción del director ganador del Óscar Juan José Campanella después de casi diez años de estar involucrado en proyectos de animación y de televisión. En una enorme y vieja casona apartada de la ciudad vive Mara Ordaz (Graciela Borges), una vieja y olvidada actriz, estrella de la época de oro del cine argentino. Le acompaña en este aislamiento voluntario su esposo, Pedro de Córdova (Luis Brandoni), un actor mediocre de la misma época y ahora convertido en artista plástico; Norberto Imbert (Oscar Martínez), un destacado director cinematográfico, también de esa época; y Martín Sarabia (Marcos Mundstock), el gran guionista de los éxitos de Mara y Norberto. En la plenitud de la vejez, la casona podría parecer un hogar de retiro; sin embargo, es el espacio que les permite mantenerse a salvo de la vida moderna. Los fantasmas de los mejores tiempos están en la estatuilla dorada que Mara recibió por su trabajo actoral, en los afiches de sus películas y en la sala de cine que proyecta solamente sus filmes. Es el final perfecto de unas vidas de éxito, a pesar de ser pasado y estar en el olvido para el mundo. Sin embargo, ellos aún son presente y la llegada de Bárbara y Francisco (Clara Lago y Nicolás Francella), una pareja de jóvenes emprendedores lo manifestará. La pareja irrumpe esa vida paradisíaca para convencer a Mara, con adulaciones a su figura y su pasado, de vender esa propiedad y regresar a la ciudad y al mundo del espectáculo. Sin embargo, los otros moradores de la casona no están convencidos de la franqueza de los jóvenes, lo que desata una sutil batalla entre el pasado y el presente. Con un fino humor negro, ácido en ciertos momentos, Campanella arriesga su retorno a la ficción con el remake de Los muchachos de antes no usaban arsénico (Argentina, 1976), una película de culto en ese país sudamericano, y lo hace sobresalientemente. El notable director rioplatense, junto con los guionistas Augusto Giustozzi y Darren Kloomok, adaptan el argumento original a estos tiempos, mostrando ahora no un conflicto entre géneros en el contexto de las dictaduras argentinas de la década de los 70, sino que el conflicto entre dos generaciones y sus cosmovisiones: viejos y jóvenes, en el contexto de la ambición deshumanizada del neoliberalismo. Con ello, la premisa original se refresca sin perderse, pues, por el contrario, cobra una nueva fuerza al no renunciar a la temática de lo ontológicamente humano que se diluye ante las dialécticas de la inmediatez provocadas por el contexto social, político y económico construido por el sistema. Hay una lectura foucaltiana por parte de Campanella del guion original que logra un excelente remake. Y es precisamente la lectura actual de la bárbara y deshumanizada ambición del neoliberalismo en, quizá su actividad más visible, que es la industria inmobiliaria, representado con la figura de Bárbara y Francisco. Las grandes y corruptas constructoras son un poder económico que al amparo del libre mercado desarrollan complejos habitacionales y comerciales destruyendo a su implacable paso hábitats, ecosistemas, culturas, identidades, formas de vida y futuros bajo la maquinada idea de tener una vida de calidad y mejor. Y es esto último es exactamente el discurso de Bárbara y Francisco, la pareja de soberbios jóvenes emprendedores; sin embargo, ellos ignoran que es precisamente el pasado el único que puede dar un futuro y con ello verdadera calidad de vida, punto que Campanella representa de manera afortunada en el cuarteto de viejos artistas cinematográficos. El conflicto es sutil pero contundente, lleno de ácido y negro humor entre estas dos visiones del mundo que también es la representación de la realidad que estamos viviendo, especialmente en Latinoamérica. El cuento de las comadrejas resulta una gran lección de remake, uno que no cae en el refrito sin sentido, y Campanella aporta esa lección a guionistas y directores ávidos de éxito a partir de viejas glorias. Un buen remake trae al presente la esencia del pasado. Es comprender que el presente está en el pasado, y con ello construir un futuro significativo, ese que conocemos como trascendencia. Es lo nuevo en lo viejo. |