Viernes 13 de Septiembre de 2019

Hace unos días se cumplió un año más de la muerte de Cesare Pavese. Para muchos críticos, se trata del escritor italiano más importante del siglo XX por su influencia en la lírica, la narrativa y su estilo intimista retratado a través de diarios y cartas. Más allá del destino trágico de su vida, en su libro más famoso El oficio de vivir, escrito entre 1935 y 1950, escribió: “El oficio de vivir es el arte de saber creer en las mentiras”.

Durante el diario se vislumbra la decadencia vital de Pavese y a la vez su conmovedora relación entre el lenguaje con los efímeros momentos de felicidad como compensación de la desgracia perpetua. Pavese confesó su temor a la muerte, pero a la vez se definió como incapaz de seguir luchando contra ella. Sin más, un día decidió quitarse la vida apenas a los cuarenta dos años, escribiendo en la página final de su diario: “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”: finalizando así con su existencia, pero iniciando el mito de su vida y su obra para cientos de académicos y miles de lectores. Aunque su destino terminó de manera trágica debido a los intrínsecos menesteres de la vida, consiguió marcar un hito y un estrecho lazo entre la lucidez del sufrimiento con la creación literaria. Su diario es una aseveración de que no existen los finales, sino únicamente nuevos comienzos; incluso cuando el final sea perecer. La literatura nace de la narración privada de una vida y los sentimientos que transmite. Cuando Pavese decidió ponerle fin a su diario, también asintió su sentencia hacia la perdición. La escritura era su motor vital, por más obscuros que fueran sus pensamientos. A menudo, privarse del poder del arte es también condenarse.

Hemingway, aventurero por naturaleza y poseedor de la Almadraba, confesó que el secreto de su éxito fue que descubrió que había que comenzar de cero en la literatura. Es decir, que después de lo que hizo James Joyce en las letras anglosajonas, había que concebir un modo diferente de escribir: con otro lenguaje, otra voz y haciendo del vivir el sentido primordial de las narraciones literarias. Todos sabemos su final.

Hoy más que nunca, necesitamos iniciar desde cero. Han surgido muy pocas propuestas innovadoras en la literatura mexicana, y los apoyos para los creadores resultan deprimentes. Por lo que, como amantes de la escritura, debemos intentar iniciar nuevamente el camino, dejando atrás a las nacientes y pretenciosas voces surgidas en la comodidad de la alcoba e impulsar el vuelo creativo que vislumbraron los escritores más aventurados.

Anhelo envejecer para que las pasiones dejen de dominarme. No confío en mi creatividad ni en mi imaginación; mis esperanzas se basan en los libros que he leído. Son mi único orgullo y mi única ventaja. Los únicos héroes que he elegido son ellos, y me respaldan. Únicamente su legado me dotará de una voz propia, maquillada de una sensibilidad que se ha negado a morir. Jamás recomendaría la lectura de uno de mis textos, pero sí uno de los textos o canciones que han pasado por mi curiosidad sentimental como un amante del poder de las palabras.

Me he dado cuenta que en la vida, como en la literatura, no existen finales, y es por eso que a diario somos capaces de cambiar de página y que sólo siendo capaces de borrar la mejor frase que hayamos escrito, seremos dignos de continuar con nuestra vida.