Martes 24 de Septiembre de 2019

Un aventurado viaje espacial hacia los límites del sistema solar… otra vez. Y sin embargo el director neoyorquino James Gray, de la mano de Brad Pitt, emprende nuevamente el mismo rumbo en Ad astra: hacia las estrellas (Ad astra, China/Brasil/EU, 2019) para mostrarnos lo que otros directores ya hicieron desde hace medio siglo. Con la participación de Tommy Lee Jones, esta película de ciencia ficción queda mucho a deber al género.

En algún momento del futuro, cuando los viajes espaciales son posibles, el experimentado astronauta Roy McBride (Brad Pitt) es reclutado para viajar a Saturno y destruir una estación espacial que está enviando a la Tierra cargas de antimateria que ponen en peligro al planeta. Esa estación pertenece a un fracasado proyecto para detectar vida extraterrestre fuera del Sistema Solar, enviado 30 años antes y que fuera comandado por el padre de Roy (Tommy Lee Jones) a quien daban por muerto; sin embargo, todo parece indicar que sigue vivo y está atacando a la Tierra. Roy, a pesar de que su vida carece de sentido, está decidido a enfrentar a su padre para salvar a la Tierra.

Abusando de la voz en off como recurso narrativo —poco creativo, hay que decirlo— Gray crea una especie de road movie espacial con sabor al viejo oeste, donde esa narración verbal superpuesta quiere dar la impresión de una seria reflexión sobre la vida y sobre la humanidad. Sin embargo, esa impresión se queda muy corta, por el uso de ese recurso tan gastado y tan explícito que no invita al espectador a involucrarse en el personaje ni en su historia y con ello en el tema. Parece que el guion escrito por el propio James Gray junto con Ethan Gross quiso profundizar en tantos aspectos del tema que se complicó y terminaron por hacerlo explícito, a la manera que lo hace la literatura, sólo que esto es cine.

Tampoco se puede escapar de las referencias evidentes a las exploraciones de historias semejantes como Gravity (RU/EU, 2013) de Alfonso Cuarón e Interstellar (EU/RU/Canadá, 2014) de Christopher Nolan, donde escenas específicas de la cinta en cuestión nos recuerdan a estos filmes, lo que podría suponer algo así como una copia de tales. Pero también están las referencias obligadas a otras dos películas icónicas del género y de esta narrativa: 2001: a space odyssey (RU/EU, 1968) de Stanley Kubrick, y Solyaris (URSS, 1972) de Andrei Tarkovsky, tanto en algunas imágenes y atmósferas que recuerdan ambas cintas, como en la trama que refiere al vacío existencial por el que pasa el personaje al viajar al espacio para confrontarse con su pasado para recrear su futuro ahí revelado. Tanto el trayecto —de la Tierra a la Luna, a Júpiter y a Saturno— como las atmósferas, imágenes, escenas, referencias tecnológicas y la construcción del conflicto existencial del personaje, ya han sido abordados por los grandes directores mencionados; así, ¿qué novedad podría aportarse al género de la ciencia ficción con tantos posibles viajes espaciales? Esa sí que es una apuesta arriesgada que Gray perdió, especialmente al recurrir a la voz en off.

No es fácil superar a los maestros, especialmente si se carece de propuesta y más bien se quiere hacer una extraña mezcolanza de todos ellos, pero eso no quiere decir que no se intente mientras se tenga algo que decir. Pero éste no es el caso de James Gray. Nada nuevo por descubrir en el inmenso espacio del cine.