La Metrópoli según Fritz Lang

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Hace más de noventa años, en 1927 para ser precisos, fue dado a las salas de cine mudo el filme de Fritz Lang, con argumento de su señora. Metrópoli, el gran rodaje —hoy reconocido como obra maestra del expresionismo alemán— tuvo un azaroso curso dentro del entorno políticamente difícil de la construcción de la República de Weimar que fracasó en su intento de afirmar la unidad alemana, debido a divisiones internas e imposiciones externas, entre ellas, los compromisos duramente impuestos por el Tratado de Versalles. Al experimento de Weimar, la gran depresión del 29 le dio la puntilla. Todo lo cual, sin duda, contribuyó al fracaso económico que acompañó, en su tiempo, al admirado filme.

En un lugar imaginario, urbe de hierro semejante a Manhattan y proyectado a un futuro lejano de 2026, se eleva la ciudad futurista como cumbre de la civilización alcanzada en el mundo contemporáneo.

El destino admirable de la modernidad, ungida por el espíritu del capitalismo industrial, proclive a la sociedad de la abundancia. En tanto, en los subsuelos de la formidable ciudad, a manera de catacumbas, viven, se reproducen y trabajan los obreros que hacen posible toda esa “Jauja” de confort, exacta como un reloj de precisión. Los hombres, o prehombres que habitan a las sombras --infierno de la explotación-- viven sin sol, sin los bienes públicos; subsisten en medio de carencias totales y cumpliendo tareas robotizadas, puntuales en cubrir la jornada.

A los trabajadores les está vedado subir. Conocer y desear, poco les dice a estos seres subterráneos que no saben siquiera asociarse.

Arriba, la ciudad se gobierna con el poder personal del gran capitalista, su dueño; para quien el poder, como dios, es uno.

Política, ¿para qué?, producto innecesario en la vida del lujo de los fabulosos 20, que no parecen tener fin.

El entorno urbano es futurista, el de arquitectura interior: art déco. Bellas mujeres –“pelonas”-- sensitivas, eróticamente empoderadas, vistiendo flamantes chemisses satinados y sombreros abombados de ala corta, moño de colores, boquitas pintadas y largas boquillas para adornar su afición fumadora.

Un descubrimiento simultáneo viene a afectar el estado de cosas. Alguien de arriba decide bajar, mientras alguien de abajo decide subir.

Baja el hijo del dueño; quien sube es una joven hermosa, obrera de quien el hijo del dueño se enamora. Así, el semihéroe se inconforma de la vida de los de abajo. La heroína se inconforma al descubrir la opulencia de arriba, donde la vida parece ser más digna. Como el hijo no entiende los funestos destinos que pueden derivar en una reforma laboral, el omnímodo padre conspira con su ingeniero inventor para que el hijo se desencante de ella.

El científico crea un robot clon de la heroína, que empieza a desatar la discordia, a generar agitación de inconformidad entre los trabajadores. A poco sobreviene el desorden, hay anarquía, paros, huelga de brazos caídos, pero en realidad levantados hacia la revolución.

Toda la trama de la conspiración es resuelta por el hijo, quien por amor resuelve el enigma colectivo (me temo que a marxistas, marxólogos, marxianos, marselleses y cosas cercanas, este filme les parecería una aberración que negaba la lucha de clases y favorecía la colaboración).

Pero la cuestión es otra: este filme ha sobrevivido a las calumnias y la crítica implacable de su tiempo por algo muy sencillo: un argumento construido en lenguaje cinematográfico de calidad expresiva, cuya ficción está fincada en una ingenuidad: la esperanza de la razón imperante en el hombre moderno. Con todo, Metrópoli, por méritos propios, forma parte de la “memoria del mundo” reconocida por la Unesco.

miguel.gutierrez@hablemosdemetropolis.com

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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