Martes 01 de Octubre de 2019

Cuando un elemento se repite una y otra vez en la obra de un creador cinematográfico, sus dimensiones simbólicas y expresivas comienzan a perderse para dar paso a una obsesión. Esto parece estar sucediendo desde hace algún tiempo con el cine de Luc Besson y que se puede apreciar en su nuevo trabajo Anna: el peligro tiene nombre (Anna, Francia/EU, 2019) que usa como pretexto la guerra fría para repetir su obsesión: la asesina belleza de la mujer.

Besson nos narra la historia de la hermosa soviética Anna (Sasha Luss) que entre 1985 y 1990 trabaja para la KGB como desesperado recurso para liberarse de la vida sin futuro que lleva al lado de un patán insignificante, violento y criminal. Su inteligencia, la gran habilidad adquirida en la milicia rusa, su increíble belleza y las enseñanzas de su tutora y jefa (Hellen Mirren en una gran actuación) la llevará a ascender rápidamente dentro de la KGB y a llamar la atención de la CIA. Infiltrada como top model en una agencia francesa, Anna buscará eliminar los objetivos que la KGB le ha encargado, burlar a la CIA y su objetivo más preciado: su libertad.

El notable director francés Luc Besson, que irrumpiera con fuerza en 1990 en la narrativa apoderada por Hollywood con un gran personaje en Nikita (Francia/Italia), se resiste a abandonar a este personaje, o tal vez el personaje se resiste a abandonarlo a él. Variaciones de tal personaje le ayudaron a consolidar su cine, como lo podemos apreciar en El profesional (León, Francia, 1994), El quinto elemento (The fifth element, Francia, 1997) o Angel-A (Francia, 2005) con las que reflexiona sobre la naturaleza humana y el ser; sin embargo, parece que Besson ha agotado tal reflexión y ha preferido regresar al personaje original para mostrarlo en contextos de violencia y espionaje, sin mayor objetivo que la violencia y el espionaje mismo.

Mujeres, cuya complexión es propia de modelos profesionales, con cabello lacio corto, con bellos rostros inocentes, una gran inteligencia y sagacidad, así como rasgos étnicos caucásicos, son la constante en los personajes protagónicos de la obra cinematográfica de Besson, son sus protagonistas eternas… son su obsesión. Al inicio, en la década de los noventa, en los albores del empoderamiento femenino en la vida social cotidiana, su personaje fue vanguardista y se erigió como un paradigma; sin embargo, el cine —comercial especialmente— ha incorporado a la figura femenina en roles que antes eran asignados a personajes masculinos. Así que la misma tendencia provocada por el feminismo instalado en la vida social y cultural de la cotidianidad de la sociedad del siglo XXI, ya ha superado al personaje de Besson.

En Anna, Besson busca la libertad para su personaje y usa a la guerra fría, especialmente la existente entre las inteligencias soviéticas y la norteamericana, entre la KGB y la CIA, dejando en mal a la sobrevalorada y soberbia agencia gringa, para con ello declarar que ambos polos ideológicos de todas formas aprisionan al sujeto. Así que Anna, a diferencia de Nikita, pero al igual que Matilda o Leeloo, ahora es libre. La cuestión ahora es cuándo Luc Besson se librará de su personaje y encarará otras historias en otros contextos y con otros personajes. ¿Estará dispuesto a salir de la prisión en que lo puso su propio personaje? Dicho en otras palabras, la obsesión tiene un nombre: Luc Besson.