Sábado 07 de Diciembre de 2019

Nacido en una familia de clase media que tiene sus raíces en América en la antigua Nueva España, Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna bautizaron a su primogénito como Ernesto. A pocos meses de su nacimiento, la enfermedad le tocó el hombro como advertencia, pactando la cita con la historia. La mayoría de los médicos le diagnostican bronquitis; los más severos, una bronquitis asmática crónica.

La familia Guevara de la Serna se ve obligada a dejar la capital en búsqueda de un clima que le proporcione estabilidad a la salud de su hijo en las ciudades cercanas a Buenos Aires, y lo encontrarán únicamente cerca de la frontera paraguaya. Las constantes migraciones han terminado. Allí, Ernesto pasa su niñez postrado en una cama. En las noches más trágicas duerme en brazos de sus padres, para tener la altura suficiente y seguir respirando ante la asfixia.

Por su discapacidad física para los juegos de moda, como el futbol, la rayuela o “policías y ladrones”, su madre le enseña a leer y escribir; Ernesto se refugia en la lectura. En los primeros años lo acompañarán los libros de Julio Verne, Miguel de Cervantes, Robert Louis Stevenson y Alexandre Dumas. Los médicos recomiendan algunos deportes aeróbicos como la natación, aunque los constantes ataques no le darán tregua. Contrariamente a lo esperado, el agua fría incrementa la gravedad de su estado.

A pesar de que el deporte mantiene ocupadas sus inagotables energías, la literatura seguirá ocupando el punto principal de su vida. Para los testigos, Ernesto siempre lleva un libro consigo, para desaparecer del mundo y la enfermedad. Cerca de los dieciocho años, se adentra en el pensamiento de Nietzsche, Wells, Marx, Engels; en cambio, a Hitler y Stalin los desecha de inmediato. Son tiempos álgidos, tanto en el mundo como en su vida.

Las mujeres comienzan a entrar en el corazón del Che. Las constantes personas de servidumbre que ayudaban a su madre serán las primeras amantes del apuesto argentino. Según su prima —La Negrita—, en los bailes siempre esperaba a la parte final, para que las más feas no se quedaran sin mover las caderas. Algunos testimonios delatarán el romanticismo de Guevara. La poesía lo acompaña como arma de conquista, para llevar a la cama a algunas de sus primas, recitándoles la mayoría de los textos de Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda.

Así que con su semblante misterioso y su corazón romántico terminaba por seducir a sus próximas amantes, a pesar de su desasosiego y poca higiene que nació por el peligro que el agua fría representaba para su padecimiento. En ocasiones, el sexo lo agitaba de tal modo que el respirador era una necesidad a mitad del acto.

Poco antes de terminar la universidad, el entorno del curioso Guevara y su espíritu aventurero, heredado de las lecturas de Hemingway y Julio Verne, reclama acción y una nueva batalla ante la enfermedad, por lo que se dispone, en una vieja motocicleta, a recorrer gran parte de Centroamérica y Sudamérica. Su única compañía fueron un amigo de la universidad y su diario —que lo acompañará hasta el final de sus días en Bolivia—.

Varado y pernoctando antes de cruzar Argentina, Guevara no se detiene y gracias a trabajos de paso y a aventones conoce gran parte de Latinoamérica y lleva sus conocimientos médicos a una clínica de lepra, a cuyos pacientes entrena futbolísticamente. Hasta antes de los veinticinco años, no existía compromiso político, ni militaba activamente en ningún movimiento. Odiaba a los militares. Su visita a Guatemala lo cambiará por completo y nacerá el resentimiento hacia el capitalismo estadounidense y las empresas trasnacionales que, desde su perspectiva, explotaban al pueblo latinoamericano.

Ha llegado el momento de conocer a Fidel Castro,que busca derrocar la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba. Fidel era un político que enamoró rápidamente al soñador Guevara de la Serna. Un hombre acomodado de clase media, argentino, enfermizo, terco e inolvidable, que dará su vida por sus creencias. Los entrenadores del Movimiento 26 de julio en México descubren el padecimiento de Ernesto; él pide clemencia y discreción.

Meses después, zarpará de Veracruz con su eterno diario y un libro de William Faulkner. Ha nacido el Che.