Crisis personales

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Alma MORADA


05 Ene 2020

Durante décadas se ha socializado la idea de creer que las mujeres somos más sensibles que los hombres, y que por tanto podemos expresar sentimientos y emociones de una manera libre, lo cual es incorrecto, dado que basta escuchar a una mujer dando quejas, hablando con dolor o aflicción para que se le mire desde la silla de enjuiciamiento donde se le tilda de exagerada, víctima o dramática. De inmediato es cuestionada, e incluso la hacen sentir culpable por la situación que está atravesando. Es decir, en este artículo pretendo desmitificar la idea acerca de que a las mujeres se “nos permite” ser más emocionales. Dado que es bien aceptado una vez que se llore por conmoción, amor o alegría, pero no por un displacer, no por levantar la voz o exigir derechos, no por mostrar desacuerdo o simplemente por el hecho de decir no. Culturalmente, estas enseñanzas nos han llevado a tener dos afectaciones: la primera tiene que ver con esa “no permisión” en verbalizar emociones o sentimientos negativos; y la segunda con el hecho de no poder decir no, frente a peticiones, principalmente viniendo de personas con quienes nos relacionamos desde el afecto. Es decir, estos dos factores antes mencionados nos invitan a reflexionar y cuestionarnos: ¿entonces cómo atendemos una crisis personal las mujeres? Es interesante que dentro de la terapia recibo a mujeres que no se permiten llorar o se disculpan por hacerlo; mujeres que dentro de su discurso de dolor y sufrimiento constantemente yuxtaponen la explicación o justificación de por qué se están “expresando mal” de una persona (muchas veces su agresor).

Hoy quiero resaltar el aprendizaje sustancial respecto a practicar a decir no, que interpretara un sí para nosotras mismas, y la importancia de permitirnos hablar de nuestras aflicciones y descontentos sin tener que estar dando mayores explicaciones a modo de necesitar convencer a nuestras/os escuchas. De esta manera, la crisis de cualquier tipo por la que estemos atravesando será más llevadera y resiliente, pero sobre todo será un proceso sano en el que nos tomamos a nosotras mismas con compasión, amor y paciencia.

Naturalicemos la fuerza del uso de nuestra palabra como herramienta de poder, para plantarnos en el mundo desde un NOSOTRAS, sin temor o vergüenza al llanto, a las respuestas que impliquen un no y a los discursos donde nos atrevemos a nombrar los sentimientos; por negativos que éstos parezcan. Así que la próxima vez que te observes y haya en ti enojo o tristeza, simplemente abrázala y danza con ella en vez de negarla. Y hagamos real el pensamiento de creer que a las mujeres “nos permiten” ser más sensibles que a los hombres; porque no estaremos en una espera por ser aceptadas. Para ello nos tenemos a nosotras mismas, aprobando nuestros discursos cargados de estados de ánimo, no siempre alegres o positivos.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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