El frío

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Ascel Reyes


Almadraba

15 Feb 2020

Los enfermos deben morir en casa: lejos de las batas blancas, el fenol, las zapatillas incoloras, las mantas frías e inyecciones deprimentes; alejados de la frialdad de los médicos y el desprecio de los pacientes; el moribundo no debe aspirar su último aliento en un hospital, no entre iguales, sino cerca de sus mascotas y en compañía de hombres y mujeres saludables; exiliado de su enfermedad.

Thomas Bernhard, en esta obra, acude al mito biográfico para narrar su adolescencia enclaustrada en Grafenhof —nombre del hospital para enfermedades respiratorias— ubicado en Salzburgo, al ser diagnosticado con tuberculosis pulmonar y un potencial cáncer de pulmón.

Durante meses se encontrará en un sitio similar a un campo de concentración, donde los médicos le solicitan esputos pulmonares para examinarlos rutinariamente, irritando las mucosas y dejándolas al borde de la hemorragia.

Los exámenes parecieran no tener fin; la vida tranquila de un adolescente que comienza a descubrir el significado de la belleza y la tragedia comienza a tomar forma.

Después de la tranquilidad jovial, sólo viene la enfermedad y la muerte —piensa. El largo tiempo incapacitado lo volverá renuente ante otra forma de vida fuera de las sábanas y la enfermedad. El sol, al parecer, no volverá a salir detrás de las paredes blancas y el eco de las voces de los médicos que silban en los pasillos.

En Grafenhof todos se miraban y se aceptaban como condenados. Era extraño que a algún paciente se le diera de alta o manifestara mejoría. En gran parte de las veces, los familiares de los enfermos los olvidaban y, al poco de tiempo de internarse, se alejaban por completo de sus vidas.

Las enfermedades contagiosas los convertían en reos de la vida que debían de pagar por toda la miseria que el mundo generaba en aquellos tiempos beligerantes. El llanto de los enfermos enmudece la esperanza; no se podía confiar en nadie ni encariñarse con ninguna persona. Nunca se sabía cuánto tiempo durarían los pacientes con vida.

Los que sobrevivían, sólo podían ser testigos del sonido de sus latidos, pero padecerán la muerte del alma; un fallecimiento metafísico que supera cualquier agonía.

El sistema médico envilece aún más la miseria. Los enfermos empeoran ante la impunidad y corrupción; sólo algunos podían acceder a las últimas novedades en el tratamiento médico.

Los que firmaban su sentencia en Grafenhof debían soportar los tratos desiguales de los directivos del hospital, y la vanidad de los médicos incompetentes. ¿Qué futuro podría tener un recluido del mundo? —se pregunta Bernhard. La respuesta la encontrará en la música y en la literatura.

En las ciento cincuenta páginas de esta novela, confiesa que el único ejemplo vital que recibirá sería el poder reparador del arte. La literatura le permitía, dentro de lo posible; estar al tanto del mundo externo y desarrollar sus ideas sobre la realidad espeluznante que vivía la Europa en guerra.

Grafenhof le permitía pensar y huir de los tiempos crudos que le esperarían en Salzburgo. Era mejor observar el mundo desde la trinchera y la seguridad de los pensamientos que en la ciudad serían imposibles de concebir.

La llegada de un pianista en nacimiento a la clínica, le permitirá llenarse de la voluntad necesaria para soportar su condición. A pesar de lo abyecto y horrible, Bernhard se aferra a la vida. La única justificación de la existencia será el ritmo de Bach, Wagner y Mozart que el joven músico práctica con ahínco. Los demás pacientes observan al nuevo integrante con desprecio y envidia. Bernhard busca llenarse de su espíritu creador ante una realidad sin misericordia.

La literatura lo llena de la desvergüenza necesaria para soportar el mal de sus pulmones mientras la música de su único amigo lo subleva.

El pequeño parque del patio lo acompañará con las lecturas de Verlaine, Trakl y Baudelaire; acontecimiento que opacará el miedo de Bernhard por sus continuos estudios mientras miraba las grietas del techo que le hacen pensar en la muerte.

Sin embargo, al joven músico lo han dado de alta; la utopía ha terminado. Contrario a la opinión de los médicos, el joven de 19 años pide su salida de Grafenhof para despedir a un familiar en el lecho de muerte. Se le otorga con la condición de una revisión periódica. Al parecer han descartado el cáncer, aunque siempre estará latente.

Después del luto y la escasa pensión que recibía del gobierno, Bernhard busca trabajo. Más allá de su condición, puede realizar prácticamente cualquier labor. Sin embargo, la discriminación por su antiguo padecimiento y el escepticismo hacia su mejoría no le permiten progresar.

Pronto se dará cuenta que trabajar únicamente para sobrevivir en un mundo que se está destruyendo, es un derecho que no piensa tomar. Es una época donde todos merecen morir.

La desidia en sus revisiones pronto le cobrará factura y lo llevará a complicar su estado. Los médicos, que antes parecían ser policías o espectadores de su entierro, le salvan la vida. Le recomiendan volver a Grafenhof. Al lugar donde todavía se escuchan los ecos del hombre que les enseñó a los enfermos que no existe escuela de la voluntad más grande que la literatura y la música. Bernhard ha resultado victorioso en su entierro biográfico.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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