Por un gesto de amor que restituya la voz

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Decía un viejo maestro que las buenas notas periodísticas son breves, concisas y macizas. La misma descripción es aplicable para resumir la valía de algunas novelas. Así ocurre con Entre los rotos (Literatura RandomHouse, 2019), de Alaíde Ventura Medina. Al recorrer los pasajes de esta historia, solo queda parafrasear al inconmensurable Vallejo: “Hay brevedades tan grandes… ¡Yo no sé!”

Apenas se adentra el lector en el primer párrafo y ya queda claro que no habrá florituras narrativas, montañas de adjetivos, descripciones maratónicas ni diálogos dialécticos.

Esas primeras cuatro líneas son una declaración de principios, el llamado a la lucha, una profecía resignada: “Es importante tener un cómplice. No es indispensable, pero parece buena idea contar con alguien que también provenga de aquel lugar. Ojos que conocieron la misma guerra, que perdieron la misma patria.” Es decir, para hacer la relatoría de la batalla no viene mal contar con alguien que ha sido parte de la derrota. No es que eso le dé fidelidad a la memoria, acota la autora de inmediato, pero permite ver otros frentes, escuchar otros fragores y, sobre todo, “es fundamental no olvidar que caminamos juntos y que hoy nos aterrorizan idénticos monstruos”.

En este caso, el cómplice es el hermano de la narradora. No puede ser de otro modo, porque la autora relatará que “la primera guerra a veces es la casa. La primera patria perdida, la familia”.

¿Qué clase de cronista puede ser un hermano que se ha encerrado en su caparazón de silencio? ¿Cómo pueden empalmarse, complementarse o confrontarse las versiones de la conflagración compartida, si uno de los dos relatores cedió su palabra en prenda? Por medio de la memoria extendida: la fotografía.

Así, Julián, habitante del mutismo, aporta su mirada fija, delimitada, en apariencia inalterable. Por su parte, la hermana mayor descifra las imágenes y las narra. Se enfrenta entonces a las preguntas menores, esos tornillos que sostienen la gran maquinaria: ¿qué dice la fotografía de las personas que están en la imagen, y qué de quien accionó el obturador?, ¿qué oculta el retrato?, ¿qué sonidos fueron omitidos por el encuadre?, ¿cuántas peleas precedieron y cuántas mentiras sucedieron a la toma?, ¿cuánto hay de mentira en lo que permanece?

Es tan grande la tentación de construir un paraíso y ficcionar la vida feliz, el padre cariñoso, la madre protectora, la abuela dulce, la hermandad bulliciosa. Pero pesan más dos preguntas: ¿quién tomó esta foto? Y, ¿por qué conservar fotografías que sólo son “pequeños abismos personales, cicatrices mal sanadas”? En la búsqueda de respuestas a estas interrogantes está el recuento de las hostilidades compartidas.

Por lo tanto, las fotografías son el registro del conflicto ausente: enfrentamiento, retirada, choque, extravío, bombardeo, juicio, tortura, juicio sumario… Cada acontecimiento tiene como protagonistas o testigos a los hermanos unidos por la pertenencia al batallón y separados por la defensa de sus respectivos flancos, el valor para ir al frente, la prudencia para replegarse o el acopio de municiones.

Así, el devenir familiar registrado en las imágenes es el trayecto del desgarre cotidiano y el doloroso deseo de sobrevivir a pesar de todo y de todos.

Por las páginas de Entre los rotos deambulan los heridos, sin tiempo ni espacio para sanarse, uniéndose cada vez más a través de los precipicios compartidos, fortaleciendo su obligada identidad. Por ejemplo, el que ha sido general porta siempre el hambre de mando, el grito ofensivo, la violencia encarnada, el elogio envenenado; mientras que quienes han sido rotos llevan consigo el polvo de la derrota, la mirada huidiza, el enclaustramiento de la voz, la conciencia de ser un blanco, el síndrome del que busca pelea para revivir la claudicación: “Entre los rotos nos reconocemos fácilmente. Nos atraemos y repelemos en igual medida. Conformamos un gremio triste y derrotado. Somos la aldea que se fundó junto al volcán, la ciudad que se alzó sobre terreno inestable.”

Los rotos son el archivo de las alegrías impuntuales y las decepciones redondas. También son, como lo prueba la mano firme y parca de Alaíde Ventura Medina, la mirada, la voz y la encarnación que dejará testimonio de la contienda filial en la que pasamos los días.

Entre refriegas y fusilamientos, cada uno deberá reconocer a qué bando se afilió, las heridas que provocó y las deserciones que protagonizó. También tendrá que enlistar las voluntades quebradas que pisoteó al huir.

Tras la lectura de esta abismal novela breve, en LEM apelamos a la poesía de Roberto Juarroz para confirmar que el oficio de la palabra,/ más allá de la pequeña miseria/ y la pequeña ternura de designar esto o aquello,/ es un acto de amor:/ crear presencia.

Eso hace la autora: crear presencia, convocar a la mesa familiar los anhelos extraviados de nuestros rotos, para invocar un gesto de amor que restituya la voz. No es poca cosa.

* Centro de Producción de Lecturas,

 Escrituras y Memorias (LEM)

efren@lemmemoria.com

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