Tres ficciones

  • URL copiada al portapapeles

Invitada


07 Mar 2020

Auriga de Milos

A la sombra de un eco guardado, un hombre blanco marfil descansa en la esquina de una columna de oro. El hombre recuerda la espuma añil del azul Mediterráneo. Recuerda los bordes gastados de la barca, la arena. El hombre se toca la frente y alza su mano para tapar el sol. Alrededor, todas las columnas se desintegran, igual que ayer, en nubes o polvo. Auriga de Milos viajó. ¿Qué es lo que vio esta vez? No lo sabemos, no podemos. No hay palabras o imágenes que puedan enunciarlo. Aquello que observó durante su odisea es parecido a la figura del sol sobre su cabeza, a la sombra que lo siguió esta mañana hasta el Partenón.

Recostado en una de las columnas marfil, el hombre blanco se toca el cabello y, sobre sus brazos, observa sus venas parecidas a un río verde. El hombre piensa en sí mismo como un mar por el que cruzan varios caminos. La sombra de un ave negra se posa en una roca verde marina. El sopor del día le hace olvidar la manera en que ayer nombró a esa ave, aunque recuerda la roca verde porque el olor de aquélla lo acompañó todo el día anterior, mientras el hombre repetía el nuevo tacto, el nuevo color y el nombre del musgo. ¿A dónde fui?, se pregunta, mientras el ave retoma el vuelo y el ruido de sus alas ébano pareciera ser el de las olas.

Antes, el hombre no sabía si eran la marea o las alas las que libraban el sonido de las olas. ¿A dónde fui?, se pregunta. Las corrientes submarinas cuyas fuerzas se entrecruzan en una lucha violenta volverán a llevarse las palabras: ave, roca. Quedarán sólo los vestigios o la arena de algunas palabras, que serán el reflejo infiel de lo pensado.

Y quizá, en algunas tardes el hombre aún busque el refugio en las columnas de oro, blancas como el polvo de la Venus o las nubes de mármol. Seguirá buscando las partículas que crearán una nueva forma de hablar sobre lo que ha visto: la palabra. El hombre guarda el eco de una palabra no dicha dentro de la boca de su ser y siente la penumbra de no poder nombrar lo anhelado.

Oro verde

En un jardín medieval, un hombre y una mujer se toman de las manos. Un pequeño insecto se posa en el pecho de la dama. El escarabajo negro pasea sobre el pecho blanco. Un laúd suena. El animalillo camina al ritmo de los versos del trovador poeta mientras mueve sus alas tornasol. Al hombre le parece que el insecto lo mira de la misma forma que la amada; su cara –y es que este escarabajo tenía cara– se parece a la de una vieja cortesana, tiene el mismo rostro de los diablos que se queman en las pinturas de las catedrales.

Cuando el animalillo vuela, la mirada del hombre lo sigue y evoca la leyenda del oro verde, la cual refiere que dichos insectos son poseedores de un tesoro que hace vencedores a los hombres en la guerra, pero miserables en la salud.

El hombre pasa sus dedos por el pecho de la dama y, al levantar su mano hacia la luz del sol, cree ver los destellos de un color aguamarina, pero percibe un hedor parecido al de los ríos que fluyen detrás de las murallas del jardín.

Viñeta de una tarde medieval

Un gato juguetea sobre el mármol de la habitación. Las altas ventanas cubiertas de oro iluminan la habitación lóbrega. A veces, cuando alguien se acerca, el gato da uno que otro zarpazo al aire. El sonido de una mosca zumba en el lugar, el pequeño insecto vuela y se posa como una espora en el hilo de la rueca. Dentro de la habitación, un grupo de mujeres está hilando. Una de ellas, la del vestido rojo, inicia una pequeña conversación silenciosa con la mosca. La observa y envidia sus alas. El verde marino del cuerpo, el siseo de una lengua, el diminuto ser que es libre, que va y viene, posa su negro cuerpo en los aposentos más deliciosos, se posa sobre hombres, cuerpos y mujeres de todo tipo. El gato da un zarpazo al aire y la mujer del vestido rojo regresa en sí misma, le parece que la mosca o la musicalidad de los hilos han poseído su ensueño: ella misma se desea no una vida de mujer, sino de insecto, para volar a otros sitios en donde nadie más la posea, más que sus propios sentidos.

Ahora otra mujer, la de vestido púrpura, tensa el hilo sobre el huso; aquel sutil movimiento le recuerda el dolor del sexo. El gato se sienta en sus piernas. Siente el calor del animal en su vientre. La suavidad del pelaje le eriza el cuerpo. Continúa su labor mientras las otras mujeres apenas si alzan la mirada. El gato regresa al suelo y se echa a dormir en los adoquines fríos.

Se escucha el sonido de sus vestidos ir y venir. En la pieza hilada aparece una dama medieval que lleva un vestido celeste. Con su mano sostiene una daga. La daga corta unas ramas que atrapan sus piernas. Libertad.

Las mujeres han dejado la habitación y esta se llena de oscuridad. El gato ya no duerme en ella y la mosca descansa ahora en alguna parte de la rueca.

Amaranta Castro




Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

  • URL copiada al portapapeles