La crisis del coronavirus, reveladora de nuestras debilidades

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Por: Barthélémy MICHALON

Mejor que cualquier otra cosa, las crisis revelan la naturaleza profunda de la gente. Esta aseveración aplica tanto para personas tomadas individualmente, como para grupos organizados y para sociedades enteras.

Frente a la noticia de la difusión de la enfermedad, algunos de nosotros reaccionaron con indiferencia, otros con preocupación, incluso algunos ahondaron en las teorías de la conspiración. Frente a síntomas gripales, bastante comunes en este momento del año, varios de nosotros imaginaron de inmediato el peor escenario, mientras que otros se las ingeniaron para poder descartar esta eventualidad a como diera lugar. En días pasados, ha sido notable el contraste entre quienes multiplican las precauciones y quienes siguen actuando con plena normalidad. Frente a un mismo reto, múltiples respuestas y estrategias para lidiar con él.

A nivel de gobierno, las instituciones políticas y quienes las encabezan también sacaron a relucir su naturaleza profunda: en los albores de la crisis en China, la primera reacción del gobierno de Beijing consistió en tratar de silenciar a aquellos que trataban de informar acerca del surgimiento del Covid-19: una señal adicional a las drásticas restricciones que se imponen en el país asiático sobre el ejercicio de la libertad de expresión.

En Estados Unidos, el presidente Trump estuvo aplicando sus recetas tradicionales: una mezcla enfermiza de incompetencia, mentiras y recuperación oportunista. Cuando la crisis ya alcanzaba niveles álgidos en otras partes del mundo, él pretendía que el discurso acerca del peligro que representaba no era más que una maniobra de sus oponentes políticos.

Más adelante, se encargó en un tuit de desestimar las dimensiones del problema, que según él ni estaba al nivel de una gripe clásica. Una semana más tarde, tomó a muchos por sorpresa al prohibir el acceso al territorio estadounidense a toda mercancía o persona originarias de Europa, con una incomprensible exención para el Reino Unido e Irlanda. Poco después, tuvo que contradecirse a sí mismo: en realidad, la medida no aplicaría para el comercio, mientras que la isla británica y su vecina no contarían con un trato preferencial.

Además de estas incongruencias, que aumentaron el pánico en la población y los mercados, varias de las decisiones que tomó en años pasados aumentarán las dimensiones de la crisis en el país, como la disolución, al inicio de su mandato, del Centro de Estudios sobre Pandemias encargado de asesorar a la Casa Blanca ante este tipo de situaciones. Y quizá más grave todavía, sus esfuerzos para socavar el famoso “Obamacare” dejarán a muchos de sus compatriotas desprotegidos ante el brote.

Si observamos la tendencia global, es notable el carácter disparejo de las posturas adoptadas por los diferentes gobiernos. Por supuesto, tomar medidas drásticas tiene implicaciones de tales dimensiones, que cualquier dirigente lo piensa dos veces antes de proclamar la suspensión de las actividades que rutinariamente constituyen la vida de una nación.

Tomar decisiones siempre ha sido un rol ingrato ─legítima contraparte de la sensación que genera el ejercicio del poder: en este caso, como en tantos otros, cada responsable político busca evitar las acusaciones opuestas de la inacción y de la sobrerreacción─.

Sin embargo, la crisis ya lleva más de tres meses, desde que la existencia de una nueva cepa de coronavirus fue identificada y reportada en la provincia china de Wuhan en diciembre pasado. Desde ese momen to, la enfermedad se ha ido esparciendo progresivamente, hasta ser calificada como pandemia hace pocos días por la Organización Mundial de la Salud. Por consiguiente, en la actualidad ya se cuenta con información referente a los medios y a la velocidad de propagación del virus, o respecto al porcentaje de casos con desenlace mortal. También existe conocimiento acerca de las mejores prácticas para reducir su alcance o retrasar su dispersión.

Aun así, sorprende la lentitud con la que las autoridades de varios países adoptan las medidas que la situación exige: pocos parecen querer aprender de los aciertos y errores de sus homólogos. Hasta muy recientemente, el gobierno mexicano daba la impresión de esperarse a que la situación se saliera de control para actuar con firmeza. Afortunadamente, las noticias de las últimas horas parecen indicar que se empezó a tomar conciencia de la urgencia de la situación, con la decisión de adelantar y alargar las vacaciones de Semana Santa y con la cascada de cancelaciones de eventos masivos.

Es altamente probable que estas iniciativas, por parte de actores tanto públicos como privados, se multipliquen en los próximos días. Sin duda, esta tendencia deseable y necesaria trastornará nuestro modo de vida. Nos corresponderá mostrar lo mejor de nosotros durante este periodo de crisis: su profundidad y su duración dependerán en buena medida de lo que hagamos, y de cómo lo hagamos.

*Profesor de tiempo completo del Tecnológico de Monterrey en Puebla, en la carrera de Relaciones Internacionales – bmichalon@tec.mx

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla.

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