Poniatowska se perdió en el Bosque

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Luis J. L. Chigo


03 Abr 2020

No podríamos negar que las unidades habitacionales del INFONAVIT son espacios de convivencia social en donde puede suceder de todo. Lo mismo una balacera un lunes por la madrugada –como sucedió este 30 de marzo eterno – que un Fandango por la Lectura el 10 de diciembre de 2019, con Elena Poniatowska como parte del conjunto de promotores de esta actividad.

Así sucedió en el Centro Integral de Prevención y Participación Ciudadana, ubicado sobre Bulevar Gaseoducto casi esquina con Bulevar Xonacatepec en Bosques de San Sebastián. No sé si la escritora de La noche de Tlatelolco, premio Cervantes en 2013, sabía dónde estaba parada. En un atuendo sencillo, hizo aparición como si de un truco de magia se tratara; en un descuido, cuando miré hacia el podio, ya estaba ahí, escoltada por todas las demás personalidades.

La mirada recorría en semicírculos el espacio adaptado como auditorio, lleno de alumnos de las escuelas cercanas y otros tantos que, como yo, habían visto la publicación en Facebook. Comenté los posts de las dinámicas para conseguir lugar en el evento. Al final, deseosos de mi silencio, respondieron: “Ya dimos respuesta a tu solicitud”.

Llegué temprano y tuve lugar en primera fila. Se leyeron cuentos y poemas de Elena Garro proyectados en una pantalla gigante. Emotivo escuchar a los presentes recitar –como nos siguen enseñando a hacerlo, desde hace décadas– las Explicaciones a Helena en la montaña.

Puebla es una ciudad repleta de unidades habitacionales, habría que replantearse cómo se experimenta la cultura en estos sitios. Viajo todos los días desde Bosques de San Sebastián hasta San Ramón. Puebla está rodeada de santos, pero para encontrar los eventos culturales hay que moverse, al menos desde los puntos mencionados, en trayectos de aproximadamente 40 minutos.

Por eso, cuando Elena Poniatowska se perdió en el Bosque de San Sebastián, al pie de un cerro con playa y zona arqueológica, una especie de Tulum proletario, sabía que tenía que estar ahí. De noche vienes estaba escondido en la bolsa interna de mi chamarra, no fuera ser que quisieran prohibirme la entrada al sospechar mis intenciones.

Al terminar el evento, Poniatowska se quedó mirando el techo-horizonte de plástico industrial, con la eternidad de quien lo ha escrito todo y lo ha visto todo, ya sea lavando a mano mezclilla de obreros en Oaxaca o del brazo de Carlos Salinas de Gortari haciéndola de consejera política.

Asalté en el momento preciso. Le pregunté desde abajo si podía firmarme mi libro. Sonriente me preguntó si tenía con qué. Ignoré las escaleras y pegué un brinco para subir al templete. Saqué de mi chamarra la versión de bolsillo y se lo extendí. Y su mano, con letra cursiva me dedicó, aparte de los cuentos, un abrazo.

Y como llegó, se fue. Después de mi asalto, las personas ya esperaban turno para tomarse fotos con ella. Vi a una chica con cuatro libros. Pero una mujer más joven envolvió a Elena en un rebozo y se la llevó. Una hoja que elevó el viento de diciembre, anunciando que iba a estar penetrante el frío.

Caminé sobre Gaseoducto, siguiendo el destilado de naranjas sobre la noche, como pato migrando sobre la isla de edificios todavía azules con blanco. Y con las cursivas de Poniatowska en la mano.

Aún no sé si Elena pudo salir del Bosque.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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